Tantadel

junio 02, 2014

Mi vida personal como profesor

He insistido mucho en mis antepasados: abuelos maternos y paternos fueron maestros, escribieron y enseñaron, particularmente en los tiempos de la educación socialista. Del lado Avilés, ser maestros de niños y teorizar sobre metodologías educativas fue obligatorio. Si bien aspiraba a ser lo que soy, escritor de literatura, era imposible sustraerme a mi destino magisterial. Comencé a dar clases de secundaria antes de casarme, siendo un joven que cursaba Ciencias Políticas en la UNAM. Mi padre, quien trabajaba en la Comisión del Libro de Texto Gratuito, presidida por Martín Luis Guzmán, me ayudó a obtener trabajo como maestro de Educación Cívica, la que en cuanto pude cambié por una materia más adecuada: Español. En poco tiempo, antes de recibirme, pasé a ser profesor en mi escuela, Ciencias Políticas. Allí estuve unos quince años y luego fui en busca de un método más atractivo y por salones menos poblados. Llegué a la UAM-X.

Puedo decir que pasé mis años de formación rodeado de maestros, los míos y los amigos de mis padres. Mi primera salida amorosa fue con una joven recién egresada de la Normal: Isaura, la recuerdo perfectamente, morena, distinguida, atractiva y excelente maestra, lo supe porque iba por ella a su escuela primaria, donde se encargaba de sexto año. Era poco menor que yo, pero la necesidad que tenía la SEP de poblar de maestros al país les permitía a los egresados normalistas tener plaza en cuanto concluían sus estudios. Eran todos maestros de profunda vocación, querían a los niños, creían en los viejos principios de la Revolución Mexicana que tanto énfasis le dieron a la educación con el artículo tercero constitucional, descendían de luchadores que habían resistido la guerra cristera y mantenían una profunda y maravillosa mística. Así veía yo a mi madre, cuando me llevaba de la mano a su propia primaria, donde tenía niños encantados por su manera de impartir clases. Eran tiempos inmejorables para la educación pública. El nivel de los maestros era tan alto que revalidaban sus estudios, equiparándolos a bachillerato, para ingresar directamente a la UNAM. Grandes maestros como José Luis Ceceña o Ricardo Pozas egresaron de la Normal. Los ricos merecían nuestro desdén cuando nos decían los nombres de sus escuelas, eran de santos o de conservadores abominables, para colmo, hacían énfasis en cuestiones religiosas.

Luego las cosas cambiaron. Los nuevos tiempos permitieron que la educación pública se rezagara, los salarios se hicieron miserables y la impartición de clases se hizo lamentable, aparecieron los líderes corruptos, la pereza y ausentismo reinaron, sin que los maestros fueran capaces de estar al día con nuevos métodos y técnicas pedagógicas. El Estado, ya en manos poco sensibles, fue perdiendo el interés que merecía la educación o imaginó acaso que los particulares suplirían su descuido. La irresponsabilidad, el autoritarismo, el sindicalismo al servicio del poder, el estado lamentable de las escuelas y muchas cosas más, fueron creando las condiciones que hoy padecemos los capitalinos a manos de personas que no desean ser educadores dignos. Los resultados han sido fatales y en parte explican el atraso que padecemos.

De pronto comenzaron los estallidos de profesores. Hartos al fin de dirigentes perversos y de mandatarios incapaces, han creado condiciones peligrosas para la seguridad del sistema político mexicano. Los maestros que vemos violentos y decididos son el eje de diversos movimientos que parecían destinados al fracaso en su choque con el gobierno. Es verdad: poco conseguirán actualmente siguiendo la ruta de la brutalidad. Tendrían que producir la maduración del malestar antes de sentirse bolcheviques asaltando el poder zarista. Las condiciones no son adecuadas para pensar en cambios radicales. De tal suerte que por ahora tendrían que perder animosidad y ganar en experiencia y preparación política. Sus agresiones contra una ciudad sin control no son suficientes para modificar la situación que pasan. Tendrían que hacer alianzas con sectores serios, no con grupos facciosos y políticos rencorosos. La CNTE no supo usar las tácticas apropiadas. Fue aconsejada por lo peor de la llamada “izquierda” y así perdió la oportunidad de llegar a acuerdos con grupos marginados y producir una amplia lucha popular.

Esperemos que tanto la CNTE como algunos de sus aliados desinteresados sepan aprovechar las experiencias para enfrentar de nuevo a sus enemigos o rivales y hacerlo con mejores argumentos. A la fuerza se llega cuando las condiciones lo exigen. Antes sólo obtienen desprestigio para su causa y el acercamiento de los peores políticamente hablando. Al utilizar indebidamente la violencia sólo consiguieron que los medios y la opinión pública los “lincharan”. Pero, perdón, la responsabilidad de lo que ellos llaman “linchamiento mediático” es sólo culpa suya. En el 68, los estudiantes consiguieron neutralizar tal conducta usando tácticas inteligentes como marchas silenciosas que mucho conmovieron incluso a los afectados por su causa, la que sólo fue aplastada por la verdadera violencia gubernamental. El método elegido por la CNTE, una minoría de maestros, es semejante a la marcha de Mussolini hacia Roma. Los expertos precisan una dudosa hazaña suya: le restaron posibilidades a Mancera de ser candidato presidencial. Para colmo, obtuvieron una profunda aversión hasta de aquellos que votaban por el PRD y que pasan días tormentosos para llegar al trabajo a o casa.

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