Tantadel

julio 11, 2014

Antonio Rodríguez, un portugués en México

México carece de buena memoria, es un país que olvida con facilidad y suele partir de cero. No es fácil tampoco mantener en el imaginario colectivo a los grandes mexicanos o a aquellos que llegaron a nuestro país a enriquecernos y ayudarnos. Muchos españoles republicanos de la talla del poeta Juan Rejano han sido olvidados y lo que llama más la atención es que tampoco hemos sido justos con los propios mexicanos. ¿Quién recuerda hoy, por ejemplo, a los talentosos comunistas Juan de la Cabada y Ermilo Abreu Gómez, ambos autores de libros fundamentales para el país? Pocos.

No hay recursos para mantener fresco el recuerdo de quienes contribuyeron grandemente al desarrollo cultural y educativo de México. En lo personal, tengo afecto por ellos y en especial por el escritor Antonio Rodríguez, quien naciera en Portugal, muy joven se afiliara al marxismo y estudiara historia del arte en la Unión Soviética. Expulsado por la dictadura de Oliveira Salazar fue a España a combatir por la República, a la derrota, vino a México para hacer una larga y hermosa carrera en el IPN, la UNAM y en muchos diarios nacionales. Cuando me asomé al mundo intelectual, él era una figura distinguida: crítico de pintura, notable narrador, periodista político, polemista incansable, su personalidad se hacía sentir. Los jóvenes queríamos leer su trabajo y, si era posible, hablar con él.

Un compañero de la Facultad de Ciencias Políticas dijo que me lo presentaría. Era 1962. Mi amigo acababa de publicar, en una revista que hacíamos un grupo de poetas y cuentistas que iniciaban, un ensayo sobre El Quijote, mensaje oportuno, de Rodríguez. Así fui presentado con el inmenso crítico que había analizado a profundidad la plástica mexicana y escrito páginas memorables sobre el petróleo mexicano.

Esperaba a un hombre solemne y distante, incapaz de compartir sus secretos con un joven escritor. Me equivoqué. Desde el principio fue generoso. En ese momento la polémica sobre arte y literatura, causada por la severa declaración de Jruschov, “en arte pienso como Stalin”, estaba en su punto más alto. Unos y otros tomaban partido por el realismo socialista o en contra de tal corriente. Antonio Rodríguez vio en ello un dogmatismo inútil que en nada ayudaría al desarrollo del arte y pronto escribió artículos de gran severidad contra la postura del PCUS, algo poco frecuente en esos años de subordinación infame. Tengo la impresión de que fueron las pláticas con este hombre las que me orientaron mejor en materia de cuestiones estéticas y políticas al poner cerca de mí a autores y libros que evitaban la confusión entre los gustos personales de Marx, Lenin y Stalin y aquello que debería ser una poderosa y eficaz estética marxista, basada en ideas, no en apreciaciones individuales. Esto lo afiné con las lecturas de Adolfo Sánchez Vázquez.

La presencia de Antonio Rodríguez en México fue fundamental, sin su trabajo hoy no podríamos explicarnos muchas cosas, entre otras los méritos de Orozco o la pintura de Goitia. Pero una de sus mayores contribuciones fue desenmascarar a los dogmáticos y a los hipócritas. Sus intervenciones sobre arte y compromiso ayudaron a desterrar el peligro que entrañaba el realismo socialista, donde todo el tiempo aparecían obreros llenos de gozo. En este caso, en México sólo había una persona semejante, José Revueltas, quien asimismo luchó contra un marxismo atrasado y dependiente de la URSS.

Lo veo como un gran hombre, un intelectual de alto rango, preocupado por los grandes valores universales y por sobre todo un ser generoso y profundamente espiritual. Su mayor obra como profesor la llevó a cabo en el IPN.

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