Tantadel

julio 09, 2014

Efraín Huerta: poeta de la ciudad

Realmente no llegué a ser amigo de Huerta tal como lo fueron, por ejemplo, Dionicio Morales, Carlos Bracho y Leopoldo Ayala, tal vez por una timidez de fondo. Pero lo vi en reuniones poéticas y en fiestas donde el alcohol era desaforado y oportuno. En más de una de esas reuniones, Huerta improvisó poemas o modificó los hechos jugando con los acentos.

Efraín Huerta nació en Silao, Guanajuato, en 1914 y murió en la ciudad de México en 1982. Ingresó en 1935 al Partido Comunista, de donde, siguiendo costumbres estalinistas, lo expulsaron en los años cuarenta. A pesar de ello, igual que muchos otros izquierdistas, permaneció fiel a la causa y no distante del legendario PC. El periodismo lo atrapó y dedicó mucho esfuerzo a su práctica, especialmente a la crítica de cine. El Fígaro no era un periódico de especial peso en México, pero allí, en sus páginas escribía Efraín Huerta de cine y eso nos hacía comprarlo.

La poesía de Huerta tiene deudas con la generación del 27, quizá con la de Contemporáneos y sin duda con la enorme poesía de Pablo Neruda. Es una poesía a veces dura, amarga, callejera, de un mundo sórdido, de camiones y ciertas nostalgias, una poesía poco esperanzadora, escrita desde una brutal zona urbana que ya se anticipaba terrible. Dionicio Morales ha dicho que Huerta es “un poeta original, un poeta realista que le inyecta a la poesía mexicana rabia, algo que le hacía falta a este género en esos años, y lo cual se puede advertir en su libro Los hombres del alba, sin olvidar su sentido del humor sarcástico y su honestidad para ganarse la vida”. Yo añadiría a las palabras de Dionicio, que se trató de un caso, como el de José Revueltas, de enorme e intensa congruencia política.

Dada la situación internacional, de un lado el ascenso del fascismo y del otro una Unión Soviética que se debatía entre su pasado leninista y su presente donde Stalin se aprestaba a una brutal guerra con Alemania, el debate era sobre literatura y compromiso. Octavio Paz hizo una detallada relación de sus admiraciones y polémicas en obras autobiográficas; en algún párrafo se detiene en Efraín: “…con la excepción de Huerta, los poetas mexicanos que escribíamos en Taller, vimos siempre con recelo a la poesía social”. Nuevas metáforas más audaces e insólitas aparecieron en sus trabajos, acaso por la poesía de Maiakovski: La nube en pantalones, La flauta vertebral y La guerra y el mundo, un marxista soñador que decidió culminar sus días cometiendo el único acto de libertad que los humanos podemos darnos: el suicidio. Su vida fue una gran tragedia y su poesía revolucionaria influyó en muchas generaciones, por qué entonces, Efraín Huerta iba a dejarlo pasar desapercibido. De modo que escribió un ensayo destacado sobre el legendario personaje ruso: Maiakovski, poeta del futuro (1965).

Recuerdo que algunos de los libros de Huerta, Línea del alba (1936), Poemas de guerra y esperanza (1943), Los hombres del alba (1944), Farsa trágica del presidente que quería una isla (1961), El Tajín (1963), Barbas para desatar la lujuria (1965) y Poemas prohibidos y de amor (1973), hicieron de él uno de los poetas mayores y le dieron para siempre la reputación de un escritor comprometido con las grandes luchas sociales y con los sueños de una época que, por desgracia, no llegaron a ser realidad.

Sus últimas hazañas poéticas fueron escribir los célebres poemínimos (un género inventado por Efraín que quizá descienda de las famosas greguerías de Ramón Gómez de la Serna, del haikú de Tablada y de las jitanjáforas), bajo el título de Estampida de poemínimos, en 1981, ingeniosos juegos verbales, frases irónicas, breves y burlonas. Su obra lo trascendió.

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