Tantadel

julio 13, 2014

Las glorias del gran Garibay 2/4

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Con él no era posible sustraerse a la vida, sus conversaciones no eran de gabinete.


Garibay conversaba acerca de las mujeres con un sexismo admirable para mí, pero en sus libros hacía imágenes sublimes de aquéllas que se cruzaron en su vida. He contado algunas historias que juntos vivimos en mis librosRecordanzas y Nuevas recordanzas y he leído una extensa entrevista de Josefina EstradaSignos vitales, de Iris Limón, hace un retrato con las voces de los cercanos aRicardo.
Con todo ello lo veo de cuerpo entero. Sus amigos y conocidos hablan de él con admiración. Algunas opiniones son francamente memorables, como las de su gran amigo y maestro mío Fausto Vega o la de Rubén Bonifaz, porque fueron camaradas entrañables desde la juventud y supieron continuar el afecto hasta el final. Mientras otros encontraban el desprecio de RicardoFausto y Rubén eran blanco de su enorme capacidad amorosa.
La entrevista de Limón con Gastón García Cantú es valiosa, porque se trata de alguien con quien tuvo intensa relación durante sus últimos años y porque era un hombre sabio que observó con cuidado a los seres que lo rodeaban; un historiador que tampoco dio con facilidad su afecto.
Son enriquecedoras asimismo las de personas que lo trataron de cerca como Froylán López NarváezLa ChinaMendoza y Federico Ortiz Quesada: poseen una gran sinceridad y redondean los bocetos para una futura biografía de uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX mexicano. Incomprendido e iracundo que supo aceptar el precio de su carácter severo y lo hizo con dignidad y sin lamentos, con una hombría a toda prueba.
No hubo ni los merecimientos y premios que debieron darse en su caso ni los homenajes obligados que una muerte dolorosa exigía. La burocracia prefiere velar en Bellas Artes aLola Beltrán antes que a José RevueltasJuan de la Cabada o a Ricardo Garibay.
Con Ricardo no era posible sustraerse a la vida, sus conversaciones no eran de gabinete, eran del lector culto que convertía el arte en enseñanzas de vida, de humanidad. Le aburrían los escritores nacionales y solía poner en entredicho a las grandes figuras universales, como Flaubert.
Era, en pocas palabras, diferente, y así vuelvo a percatarme de su complejidad al leer las opiniones que sobre su obra y persona han vertido amigos y colegas.
Para mí no está muerto, permanece dentro de sus libros y comentarios radiofónicos que fueron transmitidos en el IMER, luego de fallecido. No estaba de acuerdo con mis gustos sobre sus libros que ponían a Bellísima Bahía y Beber un cáliz en primer lugar. A él le gustaba más La casa que arde de noche, pero aceptaba mis alegatos con benevolencia, porque sabía que no me los dictaba el juicio literario sino el sentimentalismo y una gran subjetividad.
En el libro de Iris LimónRicardo dice de modo espontáneo: Mira lo que dice este pendejo, o ése es un idiota, yo jamás declaré eso o aquello. Eternamente furibundo, descomunal. Lo echo de menos, los encuentros con él y La ChinaMendoza, quien no deja de llorarlo; extraño sus telefonemas para decirme a veces una simpleza que para mí era importante, porque venía de un hombre admirable, un gran escritor que combatió con palabras, las hizo suyas, entrañablemente suyas y que como amigo, a unos cuantos afortunados, nos llenó de su pasión por las letras.
He escrito mucho sobre Garibay y cuando murió varios diarios me hicieron preguntas no sobre su obra sino por lo que una reportera lerda llamó la “leyenda negra de Ricardo”. Me gustaría precisar la entrevista de Reforma: —Maestro, qué opina de la leyenda negra de Garibay. —No conozco esa novela. —No, me refiero a su estrecha vinculación con el poder político. —Desconozco esa relación, señorita. A cambio puedo hablarle de su maestría novelística.
Al día siguiente, entre mis elogios a la obra de Ricardo, estaban los comentarios destructivos de un escritor de mi generación. Después nos encontramos y le pregunté el porqué de su opinión: —Garibay ofendía a todos, nos minimizaba, nos veía como escritores menores.
Hace unos 18 años, Ricardo Garibay me dijo que quería regresar a Excélsior y publicar en primera plana una serie de hermosos retratos femeninos. Nada tengo contra Regino Díaz Redondo, añadió, apenas lo recuerdo. Le comuniqué la petición al entonces director y con escasa inteligencia dijo que no podía pagar la suma requerida, que en verdad era ridícula. Con frecuencia, el editor agrede sus intereses.Garibay está en la historia.

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