Tantadel

julio 20, 2014

Las glorias del gran Garibay 3/4

“Si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio.”

Cierro mis comentarios sobre Ricardo Garibay y, ante la indiferencia casi generalizada y los ruidosos homenajes a otros escritores fallecidos, reproduzco una entrevista que le hice en 1969, publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El NacionalRevista Mexicana de Cultura, el primero de julio de ese año. Vale la pena: lo refleja con precisión matemática. Fue coherente consigo mismo. Lo que no es fácil.
   RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?
   RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.
   RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?
  RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.
   RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?
   RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor, podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en  oficio de y con exclusión de todo y contra todos.
Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas?  Recuerdo que Bataillondecía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.
Ahora, si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.                            
RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?
RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes —racimo de terrores— se pierden en las honduras del suburbio.
   Probablemente en esta escena esté el sentido de la “perdida gente” que tanto le gustaba señalar a Alfonso Reyes.
   RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?
   RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.

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