Tantadel

julio 18, 2014

México, DF, en deuda con Salvador Novo

Muchos lectores recuerdan a Novo como dramaturgo, otros como poeta, acaso los más como cronista y, en general, pese a su extraordinario talento, cultura y agudeza, es una figura que se ha ido diluyendo en el imaginario colectivo del país, al que le preocupan las modas y las figuras, muchas realmente superficiales, que entre una pésima función mediática y un Estado sin memoria han sobrevivido. Buena parte de ellos sin mayores méritos ni obra significativa. Los mejores han sido arrumbados. Hace poco escuché en una mesa redonda de corte académico, donde se supone está la inteligencia suprema del país, elogios sin medida a un escritor cuya fama le viene de excelentes relaciones con el poder. Entre otras cosas, ha sabido dejar paso preciso de sus vinculaciones económicas con presidentes y empresarios, aunque en este campo la lista es larga. Tres aduladores profesionales o acaso amigos sinceros del intelectual homenajeado, principiaron comparándolo con Martín Luis Guzmán, y era superior a Hemingway y Truman Capote.

Éste es oficialmente el año de Octavio Paz y merced a la generación a la que perteneció: Taller, se consiguió (seamos sinceros) que dos grandes más, olvidados por años, Revueltas y Huerta, fueran asimismo recordados. Pero nuestro nacionalismo literario no tiene remedio. También este año el inmenso Julio Cortázar cumpliría cien años, Neruda, un poeta sin par, ciento diez años, y Bioy Casares, un prosista perfecto, dueño de una cultura excepcional, el mejor amigo que tuvo Borges, asimismo nació en 1914. ¿El presidente, los legisladores y en general la clase política nacional tendrán nociones de alguno de ellos? Lo dudo.

Salvador Novo perteneció a la célebre generación Contemporáneos, un grupo sin grupo que estaba lleno de talento y creatividad: Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta, José Gorostiza y otros más. Nacidos alrededor de 1904, se lanzaron a la aventura de renovar al país que se había estancado en un nacionalismo, como todos, barato y buscaron en Europa las vanguardias que revolucionaban las artes. Torres Bodet mezcló su sensibilidad literaria con la más seria administración pública. Dos veces titular de la SEP, una de Relaciones Exteriores y director de la UNESCO, dejó pruebas de su amor por la educación y la poesía. Novo, en cambio, dirigió sus pasos a una fina poesía irónica, la dramaturgia y la crónica. Escribió  libros memorables como Breve historia de Coyoacán, Nueva grandeza mexicana y, como nadie, fue el narrador tenaz de los vicios y virtudes del DF. Lo que era simple periodismo de sociales, en sus manos se hizo historia de impecable prosa y fino sentido del humor. Díaz Ordaz lo nombró en 1965 cronista de la ciudad de México. Hubo otros, ninguno como él.

Su ironía encontró víctimas formidables, Diego Rivera, Frida Kahlo, Eulalia Guzmán y Luis Spota. Nació capitalino y pasó su infancia en Coahuila. Fue, diría yo, el iniciador entre nosotros del Nuevo Periodismo. Sus crónicas y artículos, ya reunidos por José Emilio Pacheco y editados por Emmanuel Carballo y Rafael Giménez Siles, son historia del México de la segunda mitad del siglo XX. Vivió, como dice una canción famosa de Paul Anka, convertida en icónica por Frank Sinatra y cantada hasta en japonés, a su manera. No ocultó su homosexualismo ni tampoco dejó de utilizar su arma más temible: la mordacidad y la utilizó en brillantes versos y prosas.

Lo traté apenas, por mi amistad con Rafael Solana, pero fui su devoto lector, a su elegante humor me acercó Carlos Pellicer, a su poesía, Alberto Dallal. Nueva grandeza mexicana, segunda declaración de amor por la capital, me hizo escribir mi propia visión de la casona en que nací y vivo: el DF, al que veo cada día más ruinoso, en un libro llamado Antigua grandeza mexicana.

No hay comentarios.: