Tantadel

julio 14, 2014

¿Viviremos sin izquierda?

Nada más complejo en estos tiempos de aplastante capitalismo que definir o precisar la izquierda. Al derrumbe del bloque socialista encabezado por la URSS, siguió un dominio absoluto de la economía de mercado, el neoliberalismo, para que suene menos agresivo. En los países comunistas que restan, lo que prevalece es una suerte de economía mixta (usemos la terminología del presidente Adolfo López Mateos), donde coexisten ambos sistemas. En esas naciones, encabezadas por China, el comunismo es desplazado lenta y seguramente por su contraparte. Marx, Engels y Lenin desaparecen.

Pero hay izquierda hasta en la derecha, de tal modo que seguimos hablando de esa tendencia que antes vimos como amenaza a la propiedad privada, a la estructura económica y a la superestructura social. Sin embargo, la izquierda ha perdido sus aires revolucionarios de cambios violentos y se adapta con dosis de oportunismo charlatán a la nueva época. Una brillante ex alumna mía, militante comunista hasta que la ideología desapareció, me dijo que la solución para la izquierda es el Estado de Bienestar. No más la toma violenta del poder, no a la dictadura del proletariado, tan enajenado casi siempre; hay que considerar a la ecología como un valor destacado… Luego leí sus tesis en una revista que por tiempo pregonó la guerra de guerrillas en América Latina y en general en los países pobres como única solución política, económica y cultural. Ya en palabras impresas, bien escritas, me pasmaron: pudo haberlas redactado la madre Teresa de Calcuta o una persona experta en autoestima. La terminología usada por unos dos siglos, más si pensamos en el anarquismo, se había dulcificado. Todo es problema educativo, ético y cultural. Si cambiamos es posible edificar países justos, democráticos, en los que no existan graves diferencias de clases. En los famosos y envidiables países que disfrutan del llamado Estado de Bienestar, como Finlandia, Dinamarca, Holanda o Suiza, apreciamos el fenómeno. Pero el Estado subsiste y siempre es un elemento represivo, para colmo, muchos de esos países son gobernados por monarquías hereditarias, lo que implica una elegante contradicción. Un plebeyo, pobre por añadidura, jamás será un príncipe, a menos que se case con alguien que posea título nobiliario. Al parecer el Estado, puedo apreciarlo en el ensayo de mi ex alumna, nació para ser inmortal, pese a que sea siempre represivo, en mayor o menor medida. Sepultó el trabajo de Engels y Marx sobre el surgimiento del Estado cuyo objetivo es defender la propiedad privada.

Su alegato, bien sustentado en muchas páginas, suena convincente dentro del contexto que vivimos. No obstante, no parece ser la mejor definición de izquierda. Sin duda como la conocemos, proveniente de épocas complejas, las rutas violentas y las propuestas incendiarias no funcionan más, lo que indica que es necesario darnos a la búsqueda de nuevas tesis y una praxis novedosa, estudiar a fondo la realidad política y social y hacer una mejor propuesta y no confundirla con los argumentos de autoestima, que hablan de bondad y de cómo superarse individualmente, comenzando por uno mismo. Marx dio con las contradicciones y buscó la ruta científica para eliminarlas. Es seguro que los paradigmas revolucionarios por ahora hayan muerto en la mitad de la humanidad, ¿y en la otra? ¿Dónde están los palestinos, los iraquíes o los haitianos? ¿Para ellos se avecina el Estado de Bienestar? ¿Es más fácil llegar a esa situación privilegiada a través de doctrinas que invitan al amor al prójimo y el respeto a la propiedad? En México podría llamarse Sedesol. Repartir caridad y no justicia social y trabajo.

No lo sé, será una tarea para las nuevas generaciones.

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