Tantadel

julio 21, 2014

Zapata y Villa: de malvados a héroes

Cuando asistía a la secundaría 1, situada en Regina, todavía estaban presentes los grandes revolucionarios. No era difícil hablar de ellos. Nunca faltaba un nieto de alguno de los combatientes de la gesta de 1910 y tuvimos profesores, ya mayores, que resultaban hijos de alguien que peleó con Villa, Zapata, Carranza o Álvaro Obregón. Discutíamos sobre ellos como hoy los jóvenes platican de estrellas de cine y de rock. Mi caso era semejante: mi abuelo paterno fue mayor bajo el mando de Carranza. Muchos habíamos leído algún libro de la soberbia antología de Antonio Castro Leal: La novela de la Revolución Mexicana. Los jóvenes veíamos a Lázaro Cárdenas como el último revolucionario, aunque ya vivíamos en tiempos de Adolfo López Mateos. Haber pasado por las gestiones de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Ruiz Cortines dejaban ver que la Revolución agonizaba. Yo la vi morir el 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco.

Aquellos niños y jóvenes que detestaban el movimiento se ensañaban en Zapata y Villa. Traían a las incipientes y simples discusiones las acusaciones que se les hacía en las postrimerías de Porfirio Díaz y desde luego en la fugaz y violenta tiranía de Victoriano Huerta. Robavacas, ladrones, criminales. Sin embargo, con el paso del tiempo y mediante el apoyo de libros serios, investigaciones responsables, fue quedando claro que si hubo héroes revolucionarios fueron justamente ellos dos. Si en vida habían creado sus propias y notables leyendas, ya asesinados a traición pasaron al imaginario colectivo a través de corridos, obras de teatro, novelas y libros de incuestionable seriedad científica como los de John Womack y Martín Luis Guzmán, por sólo citar dos. El cine los llevó a la pantalla. Ninguno de los filmes que los mexicanos hicieron pudo impresionarme. Ni siquiera le creí a Pedro Armendáriz interpretando a Villa. En cambio Marlon Brando fue, dentro de la visión de un norteamericano, Elia Kazan, un personaje verosímil y poético. Entre Guzmán, Rafael F. Muñoz y un investigador de la talla de Friedrich Katz, surgió un Villa imponente. A su vez, John Womack consiguió un Zapata de carne y hueso maravilloso.

Por fortuna los Casasola y otros fotógrafos lograron imprimir placas que nos dejaron honda huella. A esas fotos habrá que señalar, por ejemplo, a Diego Rivera en el célebre mural de Cuernavaca, donde aparece Zapata de blanco tomando de la brida a un caballo asimismo blanco.

La modernidad los ha modificado. Ahora sus fotografías ilustran cantinas o bares para niños de medio pelo. Dudo que algún jovencito sueñe con aquellas cabalgatas de cientos de kilómetros en busca del enemigo de la Revolución ni se vean dentro de una afamada carga comandada por algún general villista o zapatista. Villa y Zapata eran opuestos por completo. El norte y el sur. Pero en materia de ideales tenían afinidades profundas. No soportaban las injusticias ni la pobreza y la explotación, el despojo y la tiranía, la guerra los llevó a tomar Palacio Nacional y allí, cortésmente, el segundo le cedió la perversa silla presidencial al primero. No fue difícil que ambos entraran en combate con Carranza y Obregón. Para vencerlos, los mataron a traición.

El México actual poco tiene ya que ver con la vida de esos grandes combatientes que supieron aprovechar a grandes intelectuales para redactar manifiestos de enorme envergadura. El Plan de Ayala firmado por Zapata ha cumplido 100 años con apenas algunas menciones en los medios. Es triste. Pero sin duda normal en un país cuyas condiciones actuales de vida, toda proporción guardada, son muy semejantes a la miseria y explotación de 1910.

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