Tantadel

agosto 03, 2014

Federico García Lorca: el poeta etéreo

En la generación del 27 había una fuerza desconocida por tanta herrumbre de siglos.

Al salir de la adolescencia, alrededor de 1958, me encontré con muchachos que también, deseaban ser escritores. Comenzaba yo a descubrir la deslumbrante poética de Federico García Lorca. Por esos años formativos conocí a Antonio Castañeda, asimismo admirador suyo, quien me regaló su obra completa. Arranqué aprendiendo el famoso “Verde que te quiero verde, verde pelo, verde carne”. Por Federico supe que la luna era de plata y que los costureros eran para regalar a las mujeres casadas.
Fue Poeta en Nueva York el que me produjo más honda huella. El enfrentamiento de un poeta de la talla de García Lorca con una ciudad deslumbrante y terrible como Nueva York no podía dar más que resultados memorables. Allí estaba García Lorca acercándose a Walt Whitman, alejado de pueblitos pintorescos, toreros y gitanos, tan comunes entre poetas y narradores del siglo XX español, una época a veces tan provinciana y atrasada que despertaba en Borges más de una queja.
La generación del 98, por ejemplo, vio las grandes transformaciones del planeta, guerras atroces, inventos malignos o maravillosos, y prefirió hablar de burritos, paisajes castellanos y campesinos ingenuos y lo digo con pesar porque mis deudas con AzorínJuan Ramón Jiménez,Unamuno o Pérez Galdós son impagables. Pero la generación del 27 era otra cosa. Allí estaba una fuerza desconocida por tanta herrumbre de siglos, un país que, como señaló Arrabal, no volvió a ganar una guerra después de la derrota de la flota invencible, de Santa Inquisición y franquismo, de monarquía atrasada y catolicismo desaforado.
Nosotros veíamos literariamente hacia Francia y EU; hacia la URSS y Cuba políticamente. España nada nos decía y el Siglo de Oro nos quedaba distante, atrapado en clases de maestros que al final preferían hablar deJoyceProustKafka y Borges.
Nuestro primer acercamiento a España fue a través de la República:AlbertiBuñuelDalíBergamínMiguel HernándezGuillénGerardo Diego... Poetas, narradores, músicos, cineastas, pintores, que se desarrollaron al amparo de un nuevo proyecto político y cultural queFranco y el fascismo asesinarían, tal como lo hicieron con García Lorcaen 1936, el 19 de agosto, bajo un olivo.
Conservo las pláticas que sobre este personaje legendario tuve con hombres de la talla de Juan RejanoOtaolaLeón Felipe y Francisco Pina, entre otros, en la tertulia sabatina de Libros Escogidos de Polo Duarte en la calle de Hidalgo, a un costado de la Alameda. Su obra maravillosa había sido talada de forma brutal por el franquismo. La aberración me indignaba. Por qué, si otros lograron escapar del fascismo, como León Felipe o UnamunoGarcía Lorca no pudo.
Qué duro golpe de mala fortuna. Sin embargo me estimulaba saber que, pese a su corta vida, “que pasaba mágicamente”, como “un genio alado”, según Vicente Aleixandre, el hombre nos había dejado poemas, obras de teatro de bella perfección y dibujos agudos. Era, en suma, un artista completo que sabía además de música, pintura, teatro y que apoyaba públicamente al Frente Popular. ¡Hasta dónde pudo haber llegado si un grupo de criminales no termina con su hermosa vida!
Suelo ir a sus libros. He puesto su fotografía en una pared y debajo de la foto, su firma. Ningún otro poeta del siglo XX, salvo Neruda, me ha conmovido tanto como Federico García Lorca. Por años ha sido uno de mis temas favoritos. Para mí es el poderío literario de una España que nada tuvo que ver con mi generación, o que en todo caso era un recuerdo heroico y triste, para quienes todavía nos formamos en el nacionalismo de Diego Rivera y Eulalia Guzmán, que en la escuela primaria nos hablaron con rabia de la destrucción implacable de los españoles sobre la cultura azteca. Nada de eso hoy me preocupa. Me quedan los majestuosos poemas de Federico García Lorca, esa “criatura extraordinaria”, como lo calificara Jorge Guillén.
En realidad, los franquistas jamás pudieron asesinarlo, sobrevive y crece todos los días. Era un ser mágico e invencible, sobre todo, un poeta único. Tal vez por eso, Pedro Salinas dijo. “Se le sentía venir mucho antes de que llegara, le anunciaban impalpables correos, avisos, como de las diligencias en su tierra, de cascabeles por el aire. Cuando ya se había marchado, aún tardaba mucho en irse, seguía allí rodeándonos aún de sus ecos, hasta que, de pronto, decía uno: ‘Pero ¿se ha ido ya Federico?’”

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