Tantadel

agosto 22, 2014

Hacer la guerra, no el amor

Napoleón no escribió ningún libro, ocupado estuvo haciendo la guerra y gobernando. Leyó, eso sí, una gran cantidad de obras y algunas como El Príncipe de Maquiavelo, las acotó. Fingió amar a muchas mujeres, pero lo que en realidad idolatraba era el poder. Pese a ello, hay un libro que lleva su firma. Lo publicó Editions Champ Libre y se titula Comment faire la guerre. Se trata de una serie de sentencias y máximas militares y de gobierno extraídas de sus discursos, leyes y proclamas. Sorprenden por su penetrante agudeza y el talento con que están concebidas y expresadas.

Napoleón era un genio militar y político. Utilizó los restos de la impetuosa Revolución Francesa para destruir a la nobleza y el feudalismo por Europa entera. En donde quiera que sus tropas pusieron el pie, quedaron leyes y acciones más acordes con los tiempos de una burguesía en ascenso, una nueva clase social que todavía era republicana y revolucionaria. No son los historiadores quienes mejor han hablado de este hombre audaz y prodigiosamente inteligente que en la cinematografía han interpretado, entre otros, Marlon Brando, Rod Steiger y Charles Boyer; son los literatos. Pensemos en un momento en Víctor Hugo. En su novela Los miserables, le dedica algunas páginas memorables al Emperador. Son un emotivo homenaje a su derrota en Waterloo. Un poeta y un guerrero juntos. Nada más opuesto. Pero así son las cosas de la historia, o de la vida, para ser más sencillos.

Napoleón no fue como Karl von Clausewitz, quien aunque militar modesto fue un gran teórico de la guerra. Tampoco como Maquiavelo, un pensador vigoroso en el arte de hacer política, hasta hoy no superado, ni como Sun Tzu, guerrero y filósofo. Cercano a Alejandro Magno y a Julio César, era un inmenso soldado y un excepcional gobernante que consiguió destruir con grandes golpes militares el antiguo sistema. Ya no tuvo tiempo de edificar uno nuevo; Napoleón se quedó sepultado entre las ruinas del antiguo. Pero al irse a Santa Elena al destierro consiguió lo principal: transformar a Europa y dejar como un glorioso centro político y cultural a Francia.

En París todo, a los ojos del visitante atento, lo recuerda y lo festeja: desde la N con guirnaldas que aparece en muchos de los viejos puentes del Sena, hasta el Arco del Triunfo pasando por la pequeña calle Bonaparte y la magnífica columna de Place Vendôme, hecha con los cañones tomados en la batalla de Austerlitz. Por último, cómo no visitar Les Invalides, uno de los mayores museos militares del mundo y la majestuosa tumba del Emperador, rodeada por los símbolos de sus grandes campañas. Hay que inclinarse para verla desde la parte superior. Esto hace que propios y extraños, admiradores y enemigos de Napoleón tengan que reverenciarlo respetuosamente. ¿Qué hubiera pensado ese genio de la guerra de la expresión hippie hagamos el amor y no la guerra? ¿La habría tomado en cuenta? Lo dudo mucho. Nadie como él encontró satisfacción sexual en los grandes movimientos bélicos. La victoria en este guerrero nato debió ser equiparable al orgasmo.

En México, a menudo he escuchado la idea que los políticos encuentran el mayor placer, casi orgásmico, en el poder. En consecuencia pensaríamos que no requieren de las mujeres. Pero si los púdicos panistas las buscan en tugurios y las acosan hasta en Brasil, que será de aquellos que dicen ser de izquierda o de centro.


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