Tantadel

agosto 10, 2014

La gozosa autobiografía de Stephen Hawking

Los géneros testimoniales sobreviven no por su veracidad sino por su calidad.

Amo tanto las autobiografías que alguna vez impartí una conferencia magistral en República Dominicana: La autobiografía como género de ficción, resultado de infinidad de lecturas y largas investigaciones sobre el tema. Puse dosis de distancia con Michel Tournier, a quien mucho admiro, pues en su espléndida obra El vuelo del vampiro, hace una separación tajante entre géneros testimoniales y literarios. De un lado autobiografías, diarios, memorias y misivas; del otro, refiriéndose a la ficción, dos: novela y cuento. Tengo conclusiones propias: los testimonios no siempre son sinceros, a menudo exageran o mienten. Al ser parte central, cualquier personaje cuenta su vida acomodándola a placer. Hay invención y suele escribir sobre lo positivo. Los géneros testimoniales sobreviven no por su veracidad sino por su calidad. Toda belleza es formal, solía decir Arreola. No es lo mismo leer las memorias de Evita Perón que las de Anaïs Nin. Tampoco es idéntica tarea introducirse en la autobiografía de un expresidente que en el diario del Che Guevara. La primera es justificación, el segundo documento dramático.
Debemos distinguir el libro testimonial sincero de aquel que sólo pretende embaucarnos con su imaginaria vida plagada de acciones afortunadas. Borges dice que todos somos Mr. Hyde y el Dr. Jekyll. En tal sentido, mientras el político hace charlatanería con mala prosa, el poeta o el pintor suelen narrarnos bellamente intimidades que a los funcionarios les están vedadas. O, en el mejor de los casos, autobiografías, diarios y misivas tienen utilidad en la investigación social, no en la parte artística.
Otro es el caso de científicos y filósofos. En principio no tienen mucho tiempo para contar intimidades; lo que desean es mostrar cómo trabajan sus mentes. Pienso en dos ejemplos británicos: R. G. CollingwoodAutobiografía, y la reciente obra de recuerdos, Breve historia de mi vida, deStephen Hawking. Estas dos obras son más que anécdotas personales, la evolución de sus ideas. Hazañas intelectuales.
El libro del físico Hawking está lleno de inteligencia y sentido del humor. Si algo lo caracteriza es la sencillez, una escritura bella y ordenada. Tiene un estilo brillante y claro que permite leer teorías complejas. La explicación del inglés sobre los hoyos negros y la expansión del universo es, como dicen que dijo Sherlock Holmes, elemental, comprensible para profanos como yo. Lo asombroso es que un hombre que a los 20 años le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica y una vida muy corta, a los 72 años, desde una complicada silla de ruedas, es considerado la inteligencia más asombrosa del siglo XX y ocupa la cátedra Lucasiana de Matemáticas que tuvo Newton en Cambridge.
Llegaría yo al extremo de extraer frases que podrían ser textos breves, inteligentes en exceso y que leídos como literatura son impresionantes: “La información no se pierde, pero no se devuelve de una forma útil. Es como quemar una enciclopedia: la información contenida en la enciclopedia no se pierde técnicamente si uno guarda todo el humo y las cenizas, pero cuesta mucho leerla.” O esta otra: “Aun en el caso de que se descubra una teoría distinta en un futuro, no creo que jamás sea posible viajar en el tiempo. Si lo fuera, a estas alturas estaríamos invadidos por turistas del futuro.” Una más, ahora sobre los límites del universo: “Así, la pregunta de qué ocurrió antes del inicio del universo no tendría sentido, porque no hay nada al sur del Polo Sur”.
Hawking no escribió para despertar lástima, lo hizo para mostrar su genio y coraje, sus descubrimientos y tramos de vida personal. El recuento es prodigioso: resume sus proezas científicas, la evolución de sus ideas y la razón de por qué a él no le han entregado el Premio Nobel de Física: porque no ha probado sus teorías. Lástima, es un genio asombroso. Pero a cambio lleva una vida gozosa, plena de reconocimientos, un éxito semejante al de una estrella de rock (ningún otro científico contemporáneo, salvo Einstein, es tan famoso), sus libros se venden por millones y no puede salir a la calle porque la gente lo asediaría solicitándole fotografías. Pese a la discapacidad, se ve como ejemplo de vida exitosa: “Me la he pasado en grande estando vivo y dedicándome a la investigación de la física teórica. Soy feliz y he aportado algo a nuestra comprensión del universo.”

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