Tantadel

agosto 15, 2014

Rafael Solana, parte clave de la generación Taller

En casa, durante mi infancia, hubo nombres que se repitieron con frecuencia, Rafael Solana era uno de ellos. Así lo supe dramaturgo y periodista, poeta y cuentista, novelista y especialista en música. No recuerdo cuándo comencé a leerlo, pero debió ser antes de que publicara su afamada novela El sol de octubre, en 1959, una espléndida novela que, junto con La región más transparente, de Carlos Fuentes, Casi el Paraíso, de Luis Spota, marcan el abierto arranque de la novela plenamente urbana en México, como lo afirmó Gustavo Sáiz. Lo leía en los periódicos y particularmente en la revista Siempre! Muy pronto enfrenté sus maravillosos cuentos. Cuando comenzaba a hurgar en las librerías, ya sin el apoyo de mi madre, encontré un libro de Rafael Solana cuyo título me llamó profundamente la atención: El oficleido y otros cuentos. Lo adquirí y me impresionó tanto que decidí hacer una suerte de reseña crítica sobre sus relatos. La nota apareció en El Día, un periódico recién fundado por un grupo de periodistas encabezado por Enrique Ramírez y Ramírez, un diario que era un proyecto alternativo y que desde el principio atrajo la atención de lectores críticos, provenientes de una clase media con acceso a la cultura, donde escribían autores afamados como el propio Solana y otros que arrancaban como la notable María Luisa Mendoza, la entrañable China, y Edmundo Domínguez Aragonés. Uno o dos días después de la publicación, recibí una generosa carta del propio Rafael Solana. Me agradecía mis elogios y me hacía una confesión: él se sentía más dramaturgo que cuentista, más hombre de teatro que novelista y articulista, uno de los fundadores, con el legendario Pagés Llergo, de la revista Siempre!

Rafael Solana era parte de la hoy muy citada generación Taller, junto con Octavio Paz, José Revueltas y Efraín Huerta, entre otros. Lo había visto de pasada en la Secretaría de Educación Pública, donde fungió como secretario particular de don Jaime Torres Bodet, una de las cúspides de las letras nacionales.

En 1967 ingresé a un trabajo poco común en el Comité de Prensa de los Juegos Olímpicos de 1967, como responsable de la información cultural, pues en esa justa las autoridades habían decidido, paralelamente a las competencias deportivas, hacer un sinfín de grandes y memorables actividades culturales. Algo que llamaron Olimpiada cultural, en donde colaboraron todos los grandes artistas mexicanos y muchos invitados del extranjero. Un resultado de aquella época confusa, es posible vislumbrarla en el Periférico Sur, donde colocaron los más renombrados artistas plásticos esculturas monumentales. Mi fortuna fue grande. El titular de aquella dependencia era ni más ni menos que Rafael Solana, con él trabajaba un amigo querido de estudios y andanzas juveniles, Aarón Sánchez, quien de inmediato me llevó a la oficina del responsable. Así conocí personalmente a Rafael Solana, quien me habría de honrar toda la vida con su generosa amistad y a quien, fundamentalmente, le debo la entrega del Premio Nacional de Periodismo en 1991, en un jurado presidido por el cuentista Edmundo Valadés.

El resto fue una cordial amistad que Rafael Solana enriquecía con su conversación erudita y amena, con una generosidad poco común en un escritor de su nivel. De ello da cuenta el crítico literario y poeta Mario Saavedra en un libro que por fortuna pronto será reeditado. Esperemos que también Solana, quien nació en 1915, sea ampliamente reconocido, como lo han sido sus colegas nacidos en 1914.

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