Tantadel

septiembre 24, 2014

El Juan José Arreola oral

Dentro de unos días participaré en la Cátedra Juan Rulfo en la UNAM. Me corresponde dictar una conferencia magistral sobre el maestro, una faceta escasamente analizada de un autor fundamental del siglo XX mexicano y sin duda del castellano. La tarea me obligó a también pensar en Juan José Arreola, en mi época de formación, amigos muy cercanos, tanto así que algunos críticos literarios dividieron las letras nacionales: en rulfianas y arreoleanas. Fue un exceso que acaso contribuyó a distanciarlos. En este momento sólo quiero señalar que los dos fueron perfectos, cada quien en lo suyo y que ambos fueron de mis escasos maestros de literatura.

Si el Juan José Arreola escritor fue breve, el Juan José Arreola oral fue extenso, un torrente verbal, un exceso tal vez. De este último, aparecieron más libros que aquellos que quiso y pudo hacer el Arreola escritor.

Juan José Arreola, lo afirma Emmanuel Carballo y lo cita Luis Leal, “nació adulto para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos —fábulas—, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento...”. Esto nos explica su perfección. En Juan José, efectivamente no hay inicios. En Carlos Fuentes se notan. No es lo mismo Los días enmascarados que Cristóbal Nonato. En cambio, hay la misma intensa calidad, belleza y perfección extrema en todos y cada uno de los cuentos de Arreola. ¿Qué ocurre entonces, por qué Arreola no fue la mejor carta nacional, lógico aspirante a los más altos reconocimientos del orbe? Una de las explicaciones podría ser por sus temas carentes de “nacionalidad”, excepción hecha de La feria y de alguno que otro texto. Lo universal es su reino y no todos lo comprenden en un mundo aún marcado por fronteras y peculiaridades exóticas. Además, Arreola se empeñó en vivir dentro de moldes clásicos, los que evidentemente ha renovado al construir cuentos en los que un lector atento puede descubrir ecos de Swift, Ronsard, Schwob, Borges y La Fontaine, bien sazonados con tratamientos innovadores cuya autoría sólo le corresponden a Juan José Arreola. Otra razón bien pueden ser las dificultades que a veces sus cuentos imponen al lector, obligándolo a adentrarse en otras literaturas y a buscar la doble o triple intención de la fábula o la parábola.

Arreola fue un maestro en todos los sentidos. Sabía más de los demás que de sí mismo, ahora estoy seguro, he podido confirmarlo con las relecturas y el recuerdo de sus largas conversaciones. Por tal razón se anticipaba a sus críticos de aquella época y que hoy son sus más rendidos fanáticos. “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo.”

Los críticos y los escasos lectores, en México siempre pedantes y demandantes, sin saber nada sobre los misterios de la creación, le pidieron a él y a Juan Rulfo más de lo que podían o querían dar y así contribuyeron a su silencio literario. Arreola, en todo caso, se salvó debido a que también era un escritor oral. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó una obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada. Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo, sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Beethoven o Wagner, sino Chopin, List o el Paganini de los Caprichos, no el de los conciertos. Ambicionó escribir, y lo consiguió, cuentos irrepetibles, textos de un virtuosismo maravilloso. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les deslumbra. Fue desde sus orígenes a la precisión, a la economía verbal, a las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente fue un poeta perfecto.

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