Tantadel

septiembre 26, 2014

El Zócalo, salón de usos múltiples

No hace mucho, escribí sobre la Plaza de la Constitución, la que ha sido degradada y ofendida sin tregua. En un libro de nostalgias, Antigua grandeza mexicana, editado por Porrúa, escribí un par de páginas recordando el viejo Zócalo, con fuentes, palmeras, vegetación y una suerte de terminal de tranvías que solían dar la vuelta, provenientes de Tlalpan y Xochimilco, para regresar. Tenía su encanto, era un lugar grande y provinciano, donde estaban los dos poderes que han luchado por controlar al país: la Iglesia católica, y el Estado, representado por Palacio Nacional.

Con el paso del tiempo y las sucesivas “modernizaciones”, perdió la vegetación y las fuentes para convertirse en una enorme plancha que sólo verla produce sed. Se trataba de darle aires cívicos y el PRI la utilizaba para sus concentraciones políticas. Me tocó todavía, participar en el juramento a la bandera cuando hacía el servicio militar.

En el atrio de la Catedral solía sentarse el anciano sargento De la Rosa, veterano de la guerra de Intervención. Había ganado sus medallas combatiendo contra las tropas francesas. A los niños nos llevaban nuestros padres para saludar al viejo militar y darle la mano. Con alguno entablaba conversación. Había, como siempre, vendedores ambulantes, pero no constituían una plaga ni la ciudad padecía tantos millones de habitantes. Era menuda y con poca población, “donde la gente era buena”, tal como la recuerda Elena Garro en una hermosa página dedicada a su llegada a la capital.

Mi paso por esa céntrica zona, bien conocida como el Primer Cuadro o simplemente el Zócalo, me familiarizó con el “ombligo del mundo”. Mis escuelas estaban allí, hasta que al concluir el bachillerato en 1961, me cambié al sur, a la CU. En 1968 los estudiantes se apoderaron por momentos de la simbólica Plaza, era una forma aguda de protestar ante el autoritarismo priista. Acabado el movimiento estudiantil, el punto regresó a las manos del presidencialismo a la mexicana.

Gradualmente la oposición fue creciendo y pronto aparecieron nuevas fuerzas políticas. En lo sucesivo, no sólo los priistas sino también los panistas y los perredistas la utilizaron para gritar sus consignas y exigencias. Comenzó la democracia y aumentaron las penas del Zócalo. La lista de agravios es larga: ha sido baño público, dormitorio multitudinario, lugar donde un hombre mesiánico tomó posesión de una presidencia ilusoria y ridícula. Los nuevos gobiernos capitalinos decidieron que la mejor y más digna salida era convertirlo en sala de rock, conciertos rancheros, protestas de toda índole, lugar para preparar la rosca de reyes más grande del mundo y un sinfín de idioteces. El gobierno de Peña Nieto lo utilizó recientemente como estacionamiento, mientras que Mancera prefiere hacer concursos deportivos como antes era para pistas de hielo.

El Zócalo no es más el eje de la patria, el centro del país, el sitio donde moran grandes poderes. Puede ser cualquier cosa que el populismo demande. Ahora el gobierno capitalino nos anticipa que será peatonal,  que “el Zócalo no sea una zona de tránsito de vehículos, sino de disfrute”. Carajo, esta palabra en manos de los políticos, pone a temblar a la gente con sensibilidad. ¿Qué van a hacer: loncherías, changarros, venta de piratería, qué? De modo natural aparecen muchas preguntas. ¿Cómo cruzaremos la ciudad de extremo a extremo? Está mal planeada y peor comunicada. El servicio de transporte público es insuficiente y malo.

El Zócalo será para peatones y ciclistas. Me da la impresión que tal acción llega con retraso de muchos años. Tendrá que hacer terceros y cuartos pisos y según lo establecido, en varios de ellos cobrarán. Pero lo más grave es que todo tumulto en México produce una reacción natural: aparecen los vendedores ambulantes por cientos. En fin.

Falta saber si ese proyecto, Mancera lo  someterá a consulta o simplemente lo llevará a cabo por que le da la gana. Alguna vez un grupo de intelectuales y académicos de alto rango protestaron contra los desmanes de López Obrador en el Paseo de la Reforma. El jefe de gobierno repuso: Pero si los cambios están bonitos, ¿no?

Quienes nacieron hace muchos años, padecerán nostalgias naturales, los demás dirán que es una manera de modernizar la ciudad y evitar la contaminación. Una forma de rescatar la gran plaza para dársela a los ambulantes.

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