Tantadel

septiembre 03, 2014

Lo que nos faltaba: resucitó la Revolución

Mi niñez y adolescencia transcurrió entre discusiones sobre la Revolución Mexicana. Era el tema. Todavía vivían villistas, carrancistas, zapatistas, obregonistas, la Novela de la Revolución Mexicana nos conmovía y con razón, allí están algunas de las mejores obras literarias de México, eran frecuentes los corridos sobre el tema y el cine la tenía como tema destacado. La cereza estaba en la “ideología” presidencial; obvio: era “revolucionaria”. No en vano el PRI significa Partido Revolucionario Institucional. Hasta Carlos Salinas, la palabra “revolución” era repetida mil veces al día. Pero para muchos el épico movimiento social había sido asesinado en 1968. Pese a todo, todavía el presidente López Portillo dijo que los últimos presidentes “revolucionarios” fueron él y Luis Echeverría. Sí, olían a pólvora.

Para mi generación literaria, la que alguien denominó de “La onda”, no existían más rastros de la Revolución. Era demagogia pura. Pero ella ha sido persistente. Cuauhtémoc Cárdenas bautizó a su partido como Partido de la Revolución Democrática, lo que indica que podríamos fundar uno antidemocrático o contrarrevolucionario.

En los tiempos en que existía el socialismo, los mandatarios mexicanos lo rechazaban con vehemencia afirmando que nuestra revolución era la primera del siglo XX y la más justa e importante. Era, en otras palabras, entrañablemente nuestra. La otra, la soviética, era exótica, opuesta a nuestros sagrados valores. Lo curioso del caso es que los campesinos que se levantaron en armas por millones estaban abandonados y desdeñados, servían para los mítines priistas. Aplaudían con desgano por el hambre. De pronto, algún presidente como Echeverría los utilizaba y a cambio les daba algunas tierras como si fuera la solución para paliar su miseria ancestral. Al triunfo del neoliberalismo globalizador las escenas dramáticas del movimiento social, captadas por Casasola, quedaron en bares y tugurios pretenciosos. Ahora, la Revolución ha vuelto y retomado la senda de la charlatanería en Morelos, la cuna del zapatismo. Peña Nieto se ha puesto las cananas y mandó a la “izquierdista” Rosario Robles, disfrazada de adelita, a repartir justicia. Los beneficiarios son 33 viudas y más de 250 descendientes de revolucionarios que pelearon con Zapata. En un acto de inusitada generosidad les entregaron a los zapatistas tarjetas del Programa Pensión para Adultos Mayores. En la ceremonia nostálgica, Jorge Meade Ocaranza, delegado de la Sedesol en Morelos, entregó las tarjetas bancarias en una reunión con la Fundación Zapata y Los Herederos de la Revolución, AC, celebrada en el Museo Casa de Morelos, en Cuautla. Allí, Edgar Zapata, titular de la Fundación y bisnieto del general Emiliano Zapata, dijo: “Con el respaldo proporcionado por México a través del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, se hace un acto de justicia a las familias zapatistas”.

Sólo tengo una duda: ¿qué tanto les alcanzarán unos mil pesos mensuales a cada descendiente de zapatistas? ¿Podrán comer en uno de los restaurantes de lujo que han poblado al estado de Morelos, donde Zapata no pidió limosnas, sino justicia social, la devolución de las tierras que ahora son clubes, campos de golf, hoteles elegantes?

Mientras escribía esta nota, recordé que Rosario Robles, según explicó cuando era perredista, es de izquierda porque el corazón está del lado izquierdo, como el de Hitler, Mussolini o Gustavo Madero. Es evidente que también el de Peña Nieto..

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