Tantadel

septiembre 22, 2014

Los santos bebedores

A muchos creadores el alcohol les da una extraordinaria lucidez

Hace décadas José Revueltas me dijo que escribía deportivamente, sin alcohol ni tabaco. Aunque estuve muchas veces con él, jamás lo vi escribir. Una vez le pedí el prólogo para su Antología personal que publicó el Fondo de Cultura Económica, al día siguiente me lo entregó. Cuando le llevé el libro editado y un cheque, Emma, su última compañera, le permitió (su salud ya estaba quebrantada) que bebiera vino blanco para festejar. Yo preferí ron. Aunque tomamos juntos, no me consta que haya sido fiel a su prédica. De ser cierta, la suscribo.
La lista de escritores bebedores es infinita. Por razones que me son desconocidas, ahora abundan los abstemios, aquellos que, como decía Óscar Wilde, no beben ni fuman. Algunos fueron borrachos célebres: LowryHemingway,Faulkner; en fin, toda la generación perdida, la beat y la deCapote y Mailer. Pero ignoro si trabajaron ebrios o si el whisky lo dejaban para momentos menos trascendentes. Lo que sé es que a muchos creadores el alcohol les da una extraordinaria lucidez.
Habría que leer el hermoso texto que el propio José Revueltas escribió sobre Silvestre, su hermano, y la manera en que habla del alcohol sublime de Poe o deBaudelaire, aunque este último lo califica con desdén: las groseras alegrías del alcohol, dice defendiendo las flores del mal, el opio y el haschis.
Hace muchos años, cuando estaba en formación, traté de escribir borracho. Al día siguiente miré mis cuartillas: nada coherente puse. Mi generación en sus inicios era bebedora y algo más. Todos fueron dejando el alcohol y creo que hoy en día pocos toman, han sentado cabeza, obligándome a buscar nuevos amigos entre las generaciones más recientes. De cualquier forma, escribo siguiendo el consejo de Pepe, lo reservo para la compañía de mis amigos no abstemios. Por otro lado, no fumo ni me gusta el café. Así que mis errores y aciertos se deben a la sobriedad.
Joseph Roth sí gustaba del alcohol. En el epílogo de la edición española de La leyenda del Santo Bebedor, una novela por la que siento especial aprecio —escrita en París en 1939 y publicada de manera póstuma—, su amigo Hermann Kesten explica: “Yo quería mucho a Roth. A lo largo de 12 años había pasado con él buena parte de mi vida. Me sentaba, totalmente sobrio a escribir junto al Roth de la mañana, que, cuando escribía no bebía. Y me sentaba, totalmente sobrio, junto al Roth borracho de la noche, quien seguía bebiendo hasta la madrugada, y escuchaba, tan divertido como conmovido, su cordura del día y su locura de medianoche. Porque su locura poseía el sabor de la poesía”.
Un autor de esta clase no podía sino escribir una obra sobre borrachos alegres, festiva, llena de inteligencia y buen humor. Su personaje es un clochard, uno de esos seres simpáticos que beben y viven, supongo que es el orden, bajo los puentes de París. Los recuerdo bien. Ingeniosos, agudos, suelen hacer mofa de los cuerdos y abstemios que transitan por las hermosas calles de un París que se acaba bajo el peso de la subcultura estadunidense: McDonald’s y coca-colas sustituyen a los bistrôts, al vino y a las costumbres francesas.
Una guapa maestra mía en Ciences Politiques, tuvo la humorada de explicarme, en privado, que los clochards eran filósofos y personas exitosas que habían dejado la vida mundana para beber en las calles. La novela de Rothparecería darle la razón. Pero no se trata de elogiar ni alclochard ni de contar la novela de Roth, sino de exaltar las virtudes del alcohol. Y deben ser tales en algunos casos queRoth concluye la novela al expirar Andreas, personaje de aires autobiográficos, así: “Denos Dios a todos nosotros bebedores, tan liviana hermosa muerte”.
Joseph Roth vivió intensamente su terrible época. Escribió libros memorables como La marcha de RadetzkyJob,Confesión de un asesino y Fuga sin fin. En la edición española de La leyenda del santo bebedor hay una caricatura suya, acaso de su autoría, en la que lo vemos en un bar, con porte distinguido, algunas copas, un sifón y el rostro de ebrio empedernido. Está fechada en París, 1938, con un pie: “Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido”, y su firma.
Qué duda cabe, era un bebedor con sentido del humor, no uno de esos borrachitos tristes que abundan en México, como resultado de una cinematografía sufridora y tonta. Si usted lee la novela, no deje de acompañarse de una botella de buen vino francés. Salud.

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