Tantadel

septiembre 28, 2014

Mi amor por Marguerite Duras

La escritora francesa nos deja una preciosa herencia en cada obra suya

Admiro mucho a Marguerite Duras, está dentro de mis grandes amores literarios, la respeto, me gusta su prosa y me encantan sus temas. Amo también, y acaso mis lectores pueden recordarlo, a otra Marguerite, la Yourcenar.
En sus Memorias de Adriano supe más de política que en 20 libros especializados. Parece más poética, menos dura, probablemente igual de inteligente y más emotiva. Ambas tienen algo en común: gustan de lo autobiográfico, utilizan para sus cuentos y novelas materiales que han visto de cerca. Su propia experiencia. Más atrevida, Duras suele hablar de sus pasiones y habla de sus amantes con gélidos sentimientos y frases breves. Tal vez a su edad sea posible hacerlo.
En su libro Escribir, traducido al castellano por Ana María Moix, narra unos cuantos textos imposibles de clasificar. En el primero, EscribirMarguerite Duras reflexiona sobre su tarea fundamental, la literatura. Para ello recurre a una serie de elementos que en otro escritor serían simplezas.
Por ejemplo, la agonía y muerte de una mosca la conmueve y se extiende a lo largo de unos diez minutos, consiguiendo darnos una agotadora idea de la vida. En otra parte del mismo texto surge una idea notable. “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”. Y de esta manera penetramos en el mundo luminoso de frases cortas y párrafos telegráficos, de la Duras. Junto a sus ideas sobre el quehacer literario, surgen sus amigos y sus amantes.
Asimismo están algunos de sus mejores libros, los cita para confirmar o disentir. Cuando concluí la lectura de este texto inicial, no supe si sus reflexiones acerca de su manera de escribir coinciden con las mías o con otras que he escuchado de bocas o palabras de novelistas y cuentistas, de poetas y dramaturgos. Creo que son muy personales, muy propias. Como lo es su duda de regresar o no al Partido Comunista. O su afecto por la familia Gallimard.
Lo importante es que, como la Yourcenar y Simone de BeauvoirMarguerite Duras nos deja una preciosa herencia en cada obra suya. El libro está dedicado a un joven aviador (como lo fueron André Malraux y Saint-Exupéry), quien falleció el último día de la Segunda Guerra, a los 20 años de edad, por una batería nazi, sobre territorio francés. La escritora nunca le conoció: se conmovió con la historia que en Vauville cuentan sus habitantes. Resta la leyenda y la gris lápida que lo recuerda en un panteón pueblerino. Gracias a este hermosísimo texto, el piloto inglés W. J. Cliffe, cuyo nombre está en la tumba, un huérfano que combatió por la libertad, ha alcanzado celebridad. La prosa de Marguerite Duras se dulcifica y se hace protesta por esta injusta muerte. La autora lloró ante la tumba de un niño que falleció “a una hora para siempre indeterminada”.
Pensé que si un anciano inglés, probablemente profesor del joven aviador de combate, no buscaba la tumba y le decía a los generosos habitantes de Vauville de quién era, la lápida hubiera tenido la palabra “desconocido” y quizás el niño guerrero no habría sido admirado y amado por Marguerite.
Hoy millones de lectores saben su nombre y que murió combatiendo: una batería alemana lo acribilló y su avión, un pequeño caza Meteor, cayó sobre las copas de inmensos árboles, en esas ramas el piloto agonizó. No falleció en tierra, pero más adelante la tierra le sirvió de mortaja. Puede estar orgulloso. Su sacrificio tuvo un sentido: el de la heroicidad y la valentía.
Para Marguerite Duras aquel día fue trágico, doloroso. Si el joven piloto inglés llega un poco más tarde a ese encuentro con la batería alemana, seguiría vivo. La guerra para Francia terminó casi al momento en que el caza atacó furiosamente. Esto la escritora no lo perdona. Se rebela contra un destino perverso. El aviador debió sobrevivir a la guerra. No fue así. Ahora su recuerdo, el de un combate que nadie presenció y una agonía que a nadie conmovió, está en las soberbias páginas de una de las mayores escritoras de nuestra época.
No es sencillo escribir, se requiere talento y cultura, sí, pero asimismo una absoluta sinceridad y devoción por la humanidad. El sufrimiento o el disfrute del mundo son propiedad del escritor. A veces como un castigo, otras como una merecida alegría. Ella dijo: “Yo soy una escritora. No vale la pena decir más”.

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