Tantadel

octubre 17, 2014

¿De revuelta juvenil a revolución social?

1968 fue un año donde destacaron los movimientos estudiantiles. En Francia, en ciudades asiáticas, en EU y desde luego en México. En ellos se mezclaron distintos elementos políticos y educativos y alrededor de las inquietudes rebeldes, estaban diversas corrientes ideológicas progresistas. El marxismo tradicional, ya replanteado por personas como Lenin, Trotski, Stalin, Rosa de Luxemburgo y Gramsci, entre otros, no supo exactamente qué hacer. Seguían obsesionados con la idea central que el proletariado era clave en la revolución. Algunos pensadores como Jean Paul Sartre reflexionaron sobre la manera en que esas revueltas pudieran convertirse en detonadores de revoluciones. Atrás comenzaban a ser superadas las tesis que le daban un valor central al proletariado. En China, Mao Tse-Tung, había recorrido su inmenso país con campesinos. Los dirigentes obreros habían sido masacrados por el general Chian Kai-Shek. Y en Vietnam el peso de la guerra contra los imperialismos francés y norteamericano estaba en manos de soldados nacidos campesinos.

Toda inconformidad social debía provenir del proletariado. Pero la clase obrera se movía con pasmosa lentitud, no acababa de salir de la enajenación. En México, por ejemplo, sigue postrada. Bajo líderes que, buenos o malos, no piensan en cambios profundos sino en sus largas gestiones sindicales y en sus haciendas personales. En 1968, en medio de la revuelta juvenil, campesinos y obreros permanecían atados de manos, sujetos por el poder que confiaba en esta maniobra. Para el sistema, los estudiantes no son un peligro real, sus intereses rebeldes son momentáneos, ya tendrán que salir de las universidades y buscar lugar dentro de la sociedad. Esto es, ser asimilados. Perder el impulso revolucionario. Salvador Allende, en Guadalajara, llegó a decir que las revoluciones no pasaban por las universidades y así parecía. Los trabajadores creían tener las llaves que abrirían las puertas de las grandes transformaciones sociales, políticas y culturales. Hoy los estudiantes son la única fuente de sana rebeldía que tenemos. No importa que provengan de clases sociales no siempre explotadas como el proletariado y que esperen graduarse para insertarse en una sociedad imperfecta. Tampoco cuenta el cálculo que son luchas generacionales. Los muchachos de hoy, heredaron mucho del bagaje de inquietudes de aquellos que enfrentaron al poder en 1968.

Ahora, en efecto, no hay una ideología que los apoye. Pero los muchachos están conscientes de que el sistema político no funciona, la solución no es llevar al PAN al poder, o al PRD, menos a Morena ni mucho menos regresar al PRI. En Francia Sartre intentó una suerte de coalición entre los jóvenes en lucha y la clase obrera, y fracasó. Hoy vemos que en efecto la rebeldía juvenil, estimulada por malos gobiernos, leyes que asfixian y que nacen en países distantes dentro del mundo globalizado por el capitalismo cada vez más feroz, ya sin contrapesos, puede ser la mecha que conduzca al estallido revolucionario, en donde los trabajadores descubran su poder.

Las noticias son graves, las listas de asesinatos son infinitas, la violencia la ejercen el Estado, el crimen organizado y los partidos políticos. Todos ponen su grano de arena. En un contexto ingrato, los jóvenes dan la pelea. No saben cómo darla, lo hacen por instinto justiciero, pero aprenderán y encontrarán aliados naturales y entonces todo ese sistema que busca parches en las paredes que crujen, será demolido y pondrán estructuras nuevas y más vigorosas.

Por fortuna, ante un sistema doblegado por la globalización, en manos de la corrupción de toda índole, sin gran futuro, queda la rebeldía juvenil. La vemos luchar sin organización y mucha coherencia, más impulsada por la indignación. Pero se ordenará y entonces, pienso, la situación cambiará.

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