Tantadel

octubre 20, 2014

De Tlatelolco a Ayotzinapa

El movimiento estudiantil de 1968 fue exitoso y dejó huella no sólo por sus demandas sensatas y necesarias, sino porque tuvo una organización inteligente. Ante la brutalidad del Estado, los jóvenes respondieron con acciones atinadas que desconcertaron y que les dio una enorme simpatía de parte de la sociedad. Hay que insistir que tal movimiento no fue una sola noche, fueron meses de gozosa lucha política, con música, cantos, lemas novedosos y sentimientos fraternales de gran intensidad. Históricamente fue un triunfo costoso cuya mejor herencia fue convertirse en vanguardia de las sucesivas luchas sociales que ya no dan los sindicatos ni los partidos políticos. La guerrilla no parece tener cabida, aun suponiendo que hubiera ciertas condiciones; ya hemos comprobado con la llamada guerra sucia y el levantamiento del EZLN que ha pasado el tiempo de las guerrillas y que ahora hay que hurgar en el camino abierto por Salvador Allende, que buscaba lo mismo que Ernesto Guevara, sólo que por otras rutas: la vía electoral.

La caída del socialismo a escala universal y la incapacidad de una nueva e insensata izquierda hace indispensable buscar nuevos rumbos para encontrar un sistema justo, equilibrado, donde la rapiña, la corrupción y las injusticias nos permitan encontrar en el pensamiento más avanzado de todos los tiempos formas de gobierno donde el Estado no sea un verdugo ni estemos a merced de partidos que únicamente persiguen sus intereses. A éstos hay que oponerles ideas avanzadas y acciones audaces. Las utopías todas, socialistas, anarquistas o marxistas, son útiles, pero hay que ponerlas en razonable orden, extraer lo más positivo de cada una, alejándonos de los dogmas que fallaron.

El 68 queda como un hito histórico, pero ya no es posible salir el 2 de octubre a gritar consignas inútiles y a destruir cuanto monumento o negocio se topa uno en el camino. Eso no funciona si realmente se quiere transformar a México y no sólo vandalizar lo que se halle al paso de personas insensibles. Las recientes protestas guerrerenses muestran que la lucha seria ha comenzado. Los estudiantes convocaron a marchas organizadas, ordenadas, con demandas agudas y a su paso por las calles de Acapulco la gente se sumó o les apoyó con carteles improvisados y palabras de aliento.

Eso me convence de lo que he escrito en otros artículos. La lucha definitiva ha arrancado y la encabezan jóvenes con ideales y propuestas vigorosas. Ello acaso permita que los obreros salgan del marasmo ancestral y ocupen su lugar junto a los estudiantes, lejos de sindicatos corruptos y oportunistas, con líderes que aprovechan sus cargos para eternizarse. Nace un nuevo movimiento que puede y debe alejarse de los políticos profesionales que triste huella de su paso han dejado y mostrarnos que no todo está perdido, que hay esperanzas de cambio real.

Ayotzinapa ha mostrado el camino. A la violencia oficial hay que oponer la organización de masas y un adecuado proyecto ideológico que logre hacernos salir del rumbo que nos han marcado y que poco o nada nos sirve. Se requiere un movimiento que sepa crecer y pasar de demandas escolares a las políticas. La brutal matanza, ahora cometida en complicidad con autoridades que decían ser de izquierda, deja ver más clara la situación. Ni la izquierda así autoproclamada ni tampoco el centro y la derecha podrán ir más allá de políticas de dádivas, de un populismo ramplón. Los trabajadores actuales y del futuro necesitan una retribución justa y no limosnas. Hay que eliminar el mundo de sucias complicidades que nos obligan a vivir dentro de un cerco, humillados, donde tenemos empresarios de fortunas escandalosas, funcionarios incapaces y corruptos y millones de personas en pobreza extrema a los que matan a balazos como a los normalistas guerrerenses o de hambre.

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