Tantadel

octubre 08, 2014

Dionicio Morales, entre la poesía y las artes plásticas

Dionicio Morales ha dejado correr su vida entre la poesía y las artes plásticas, sin dejar de lado su sentido de la amistad, su lealtad a principios ideológicos y su fidelidad al vodka. Debería, sin duda, decir que ha corrido entre la poesía y el periodismo cultural, pero mi querido amigo le ha dado una especial importancia a las artes plásticas, pese a que ha escrito sobre libros de literatura y sus autores, los ha presentado y les ha enviado a más de un poeta y novelista sus acostumbrados recados donde analiza con cultura e ingenio sus respectivas obras. Yo mismo me he acostumbrado a verlo con pintores, críticos de artes plásticas, en exposiciones y en general atento a quienes utilizan pinceles, un cincel, el buril o la cámara fotográfica.

Dionicio, a juzgar por este libro espléndidamente editado por la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco, le encuentra muchas más virtudes a las artes plásticas que el resto de los mortales. El solo título de la obra, Música para los ojos, apoyado por algunos epígrafes de Octavio Paz (otro poeta que tenía especial interés por la pintura y quizá el primero en analizar seriamente a Tamayo), indica que en los colores, las figuras escultóricas, los grabados y las fotografías, él ve y escucha música. Debo reconocer, en vista de nuestra hermandad astrológica (ambos somos escorpiones y además del mismo día, sólo que, como él mismo insiste, con muchos menos años que yo), que a mí me ocurre lo mismo con la literatura: me sirve para leer música. Pero esto es normal: Rubén Bonifaz Nuño explicaba ante un pequeño auditorio que si uno sabía bailar y gustaba de la música, escribir poesía era, entonces, algo fácil. En su caso, puedo explicármelo con alguna brutalidad: él perdió la vista, no el oído y de allí que siga siendo el mejor poeta de México y una figura luminosa en el campo internacional cuyas traducciones de los clásicos griegos y latinos resultan insuperables.

En el prólogo, el poeta y crítico de arte (expresión que por cierto Dionicio rechaza tajante) explica el porqué de su deslumbramiento por la pintura, la escultura y la fotografía y cómo empezó a ejercer la puntual crítica de arte. Allí hay algo que me llama la atención: la mayoría de los creadores que analiza no tienen el enorme reconocimiento multitudinario del país. Están, en efecto, Diego Rivera, Sebastián, Héctor García o Gilberto Aceves Navarro, pero el resto son descubrimientos o redescubrimientos del propio autor. No quiero decir que no sean ya afamados, sino que la consagración absoluta está en camino. A cambio, significa que el poeta que ve música en la pintura, hace un permanente ejercicio por rescatar y revalorar artistas muy importantes que no llegan a los extremos de los nombres citados en el conocimiento nacional. Hay en sus páginas muchos nombres de autores jóvenes cuyas obras deslumbran o de otros que han preferido vivir distantes del escándalo o del ruido, más bien absortos en la creación de su obra. Aquí la lista es interminable.

Dionicio Morales rechaza en efecto la pretensión de ser un crítico profesional de arte, en su abono precisa que habla de aquello que le gusta. Pero hay algo más profundo, a diferencia de los críticos profesionales, cuyas formas de expresión suelen ser académicas y con frecuencia pedantes, la suya es una visión poética que le concede mayor profundidad al trabajo. Y algo parecido ocurre con su periodismo, por ello ha inventado un nuevo género: el recado, que le permite hablar desahogadamente del autor y su obra, preguntar, hacer una broma aguda y un recuento cordial y desenfadado.

Dionicio Morales es un gran poeta que merece más lectores y, desde luego, más premios de los que hasta hoy ha acumulado.

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