Tantadel

octubre 27, 2014

Edmundo Valadés, creador excepcional

Me recuerda Alfonso Pedraza, uno de sus más fieles discípulos, que Edmundo Valadés está por cumplir años. Nació en Sonora, 1915, y falleció en la ciudad de México, en 1994, luego de una intensa vida dedicada al cuento y al periodismo cultural. Imposible olvidar su bibliografía y su trayectoria generosa y cordial. Leí por vez primera La muerte tiene permiso, alrededor de 1957, todavía en medio de la emoción que le produjo a críticos literarios y lectores, la aparición del volumen de relatos en 1955. Junto con Arreola, Rulfo y Revueltas, pasó a convertirse en un autor obligado. Lo conocí personalmente en 1965, luego de  mi paso por el legendario Centro Mexicano de Escritores. Su trato gentil y su amplia cultura me cautivaron.

Su revista El Cuento, que hoy es pasión de coleccionistas y ha tenido descendencia en México y en Argentina, a través de Mempo Giardinelli, fue fundada en 1964, y quienes aspirábamos a ser escritores de textos breves la buscábamos ansiosamente. Allí estaban los mejores relatos y algo más, frases muy bellas extraídas de novelas, obras dramáticas, y ensayos que por sí mismas eran cuentos perfectos. La revista se enriqueció cuando Edmundo invitó a sus seguidores a participar en concursos cuya recompensa era el consejo literario del director y la publicación del mejor cuento breve. Ahora, gracias a la tenacidad de Alfonso Pedraza, nos damos cuenta de la titánica tarea de Valadés, al recoger en volumen todos los cuentos que muchos publicamos en sus páginas.

En los últimos treinta años de su fructífera vida, me acostumbré a los encuentros con Edmundo. Coincidíamos en tareas del INBA, tales como jurados en algunos de sus muchos concursos literarios (por cierto el de cuento de Puebla lleva su nombre y es un éxito notable), en conferencias y presentaciones de libros. La parte social era la más grata. Platicar con él era escuchar a un hombre con miles y miles de lecturas, bien reflexionadas, que desgranaba con voz plácida, tranquila. Tenía devoción por Marcel Proust a quien le dedicó un libro: Por caminos de Proust, publicado en 1974, me parece. Recuerdo un Año Nuevo en su casa, en compañía de su esposa, Adriana, y el poeta y prosista Jorge Ruiz Dueñas, con Arcelia, en la que conversamos largamente del novelista francés.

Mi deuda personal con Edmundo Valadés es muy inmensa. Baste decir que él presidía el Premio Nacional de Periodismo cuando lo obtuve en 1991, por el suplemento cultural El Búho, entonces en Excélsior. Otros de los jurados fueron, Rafael Solana y Margarita Michelena.

La influencia de Edmundo Valadés es más amplia de lo que a primera vista parece. Hace un año en Bellas Artes, el citado Alfonso Pedraza y un grupo de amigos de la obra del cuentista, presentó ante una sala repleta, un volumen conteniendo muchos de las minificciones que en la revista El Cuento algunos narradores publicamos allí. Días después, fui a Buenos Aires, a la Feria del Libro, y participé en un recordatorio a la revista y el trabajo infatigable de Edmundo en pro del texto breve. Me llamó la atención que muchos narradores ahora famosos, como Ana María Shua, habían publicado sus relatos breves iniciales.

El grupo de admiradores de Edmundo Valadés ha crecido merced a las redes sociales. Ahora están organizados y sin apoyos han avanzados mucho. Me alegra, Edmundo Valdés merece eso y más. Por lo pronto cuenta con el apoyo de cientos de sus más devotos lectores y el número crece. Felicidades, querido Edmundo. Tu herencia está en buenas manos.

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