Tantadel

octubre 24, 2014

Jóvenes sin futuro

Hace todavía algunas décadas, los padres pensaban que la asistencia a una universidad era garantía de éxito. Una forma de asegurar un buen futuro. Toda mi generación, salvo aquellos que impusieron sus búsquedas fuera del ámbito académico, tuvo algún éxito. Los demás quedaron en un mundo de altas y bajas dependiendo de sus habilidades para hacer negocios modestos. Yo llegué a la UNAM en buena medida obligado por mi madre, quien quería neciamente darme posibilidades de éxito. Tenía razón: no me ha ido mal gracias a un título universitario.

Pero las cosas han empeorado, no bastan los grados académicos. Veo a personas con doctorado hacer fila para hallar empleo. Los profesores jóvenes que me rodean difícilmente tendrán las oportunidades que tuvo mi generación, que por cierto es también la de Carlos Slim, apenas un par de años mayor que yo. Con frecuencia dramática me topo con taxistas que tienen una licenciatura. El asombroso ambulantaje es la solución que evita en las urbes un estallido social de enorme magnitud. En dirección opuesta, hacia una amplia discreción camina la educación y la cultura. Cada vez más los oprime la frivolidad del espectáculo, como ha señalado con brillantez Mario Vargas Llosa en su obra: La civilización del espectáculo, reflexiones que nos permiten ver que la globalización, entre otras cosas, nos ha dado un cierto desdén por la cultura. Carece de interés, no produce ganancias enormes.

Digo lo anterior porque en días pasados escuchaba las quejas de docenas de jóvenes en distintos foros donde trataban la violencia desatada por las autoridades de Guerrero en contra de los jóvenes estudiantes. La mayoría de los muchachos pasaba de los crímenes cometidos en dicho estado a plantear públicamente su futuro. No lo hallan promisorio. Se ven desde ahora mal pagados, sin muchas ofertas laborales e instalados en una globalización que no pidieron, simplemente llegó y todo lo envolvió. Los globalizados mostramos distintos grados de resistencia, pero al final somos derrotados. La escuela pública, que fuera uno de los orgullos del sistema emanado de la Revolución Mexicana, hoy subsiste a duras penas. Debido a mis más de 50 años en la docencia e investigación, tengo un sueldo que algunos juzgarían decoroso. Si me jubilo me queda una pensión en verdad ridícula. Por ello la planta académica ha envejecido (nadie se quiere jubilar) y los nuevos profesores, con nuevas ideas, llegan a cuentagotas.

El joven de hoy no ve un gran futuro, al menos desde la perspectiva de la educación pública. La vida se ha hecho demencial, llena de trámites y papeleos inútiles, odiosos. Y el camino para escalar es lento y como es normal sólo destinado a unos cuantos.

Entiendo, pues, la situación de los jóvenes en rebeldía. Están justamente indignados. La política y los partidos son sus peores enemigos, el sistema es uno y no lo rompen las imaginarias diferencias. Pueden polemizar aquí o allá, a la larga los une el poder y los beneficios materiales que produce en esa suerte de casta social.

Para muchos jóvenes, miles y miles, lo que el país les ofrece en el discurso no basta, quieren algo más que pintar fachadas y conceder dádivas a los muy pobres. País sin empuje ni posibilidades de grandes cambios, los muchachos son llevados por meras promesas y por una clase gobernante en verdad lamentable, penosa. Por ahora el malestar comienza, se organiza, reflexiona. Mañana, de seguir como van las cosas, podría haber una revolución y no una simple revuelta a la que un político puede tranquilizar saliendo en mangas de camisa, ante la ridícula emoción de los gastados medios de comunicación.

México no presentó gran resistencia a la globalización, dejó de lado valores fundamentales, la educación pública, la que ha edificado al país, entre ellos. Estamos en un laberinto. A los jóvenes no les gusta. No quieren más sumisión a otros poderes, quieren crear el suyo propio y tienen razón. El actual es vergonzoso y por más que pregonen sus conquistas, escasamente es exitoso.

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