Tantadel

octubre 01, 2014

Juan Rulfo como maestro*

No es fácil hablar del Juan Rulfo maestro, en una universidad, ante académicos. Era narrador, no profesor con formación pedagógica. Las clases de literatura para novelistas, cuentistas o poetas son de otra índole. Se carece de metodología o en todo caso el maestro explica su propio método y estilo, los que son imposibles de repetir exitosamente. El lenguaje no es formal, el trato es distante de lo universitario y con facilidad las relaciones son ajenas a los buenos modales y al rigor científico. El método como el estilo se posee o no. De tenerse, es parte de la magia. Fernando del Paso me dijo en una entrevista: El estilo se lleva en la sangre. ¿Cómo explicar literatos notables, Gorki en Rusia, Rulfo en México, que carecieron de largos estudios formales? Mi única clase de literatura castellana la recibí de Ermilo Abreu Gómez. Le llevé mis cuentos iniciales y luego de estudiarlos preguntó qué leía. Mi lista se centró en autores norteamericanos, rusos y franceses. Irritado, me dio una larga hilera de escritores de habla hispana, sobre todo del Siglo de Oro, y una recomendación aforística: El toro es fuerte, poderoso, come yerba. El león es asimismo fuerte y poderoso, come carne. Cámbieles la dieta y morirán. Usted tiene que leer a los clásicos españoles. Al preguntarle a Ricardo Garibay a quién me sugería para que fuera mi maestro en materia literaria, me respondió: ¿Y para qué quiere maestros? Cada libro es un profesor de literatura. No son escasos los grandes escritores que han hecho libros con recomendaciones para hacer novelas, cuentos y poemas. Es posible que tengan alguna utilidad. La mayoría muestra consejos que le funcionaron al autor, no es fácil que a los aspirantes a narradores o poetas les sea de gran utilidad, como los de Horacio Quiroga, Rilke, Sábato o Vargas Llosa. En la creación literaria el único método es que no hay método o en todo caso, el método, el estilo incluso, es el propio escritor. Con Rulfo la situación en tal sentido era, como su memorable literatura, única.

Rulfo supo permanecer imperturbable ante un éxito sincero y abrumador. Obtuvo infinidad de premios y reconocimientos. Nacionales e internacionales. Hoy su nombre prestigia concursos y premios. Como Borges, no obtuvo el Premio Nobel de Literatura, pero nadie duda que dentro de siglos, como Cervantes, Shakespeare y Borges, seguirá siendo leído y discutido, mientras los hay por docenas que lo consiguieron y hoy pocos recuerdan sus nombres y obras.

Sin embargo, Juan Rulfo sigue siendo enigmático. No he leído muchos trabajos que hablen de él como discreto empleado del viejo Instituto Nacional Indigenista, desde donde se empeñó en mostrar el dolor de los indígenas y tampoco aquellos que señalen las tareas del Rulfo gremialista, de su labor por defender los derechos autorales en la Sociedad General de Escritores de México, al lado de Rafael Solana, José María Fernández Unsaín y Luis Spota. Y tampoco su papel fundamental en el Centro Mexicano de Escritores. Todo se ha concentrado en su complejo universo literario y en su natural tendencia fotográfica. Acaso sobre las muy polémicas versiones cinematográficas de sus cuentos y de Pedro Páramo. Sabemos que Rulfo poco estuvo de acuerdo con las películas que sobre sus temas hicieron cineastas despreocupados, quienes no pudieron siquiera transmitir la atmósfera mágica y misteriosa que su literatura posee. Un universo imposible de reproducir o de captar cinematográficamente. De todos los filmes sobre Rulfo, es probable que sólo La fórmula secreta de Rubén Gámez haya sido capaz de apropiarse de esa atmósfera terrible y hermosa, solitaria y densa de claroscuros, que el rigor del narrador sabía producir.

Me han preguntado qué aprendí de Rulfo y Arreola, tan distintos, rigor y devoción por la literatura. El genio no se aprende. Se tiene, simplemente, y Rulfo lo tuvo y es probable que no se haya percatado. Me sigue pareciendo asombroso que solamente con dos libros perfectos haya obtenido la inmortalidad. A punto de concluir esta plática, vino el recuerdo de una importante periodista española que vino a México a preparar un reportaje sobre nuestras letras. Supo que en el Museo del Escritor que yo formé está la mesa donde docenas y docenas de becarios trabajaron para conseguir el éxito. Emocionada sólo pudo decir para la televisión española: Estoy sentada frente a la mesa donde estuvo Juan Rulfo, el más grande novelista, el más perfecto de los cuentistas…

* Fragmentos de la conferencia magistral que impartí en la Cátedra Juan Rulfo, llevada a cabo en la UNAM

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