Tantadel

octubre 29, 2014

La confusa política nacional

Leí un mensaje del combativo Luis González de Alba, respondiendo a un correo que le mandó la familia Taibo, donde le piden que firme un furibundo manifiesto exigiéndole a Enrique Peña Nieto que regrese a los estudiantes desaparecidos. Luis pregunta: ¿Y dónde los tiene, debajo de la cama? No, el crimen lo cometieron perredistas y da la lista de todos aquellos que en Guerrero han cometido asesinatos y actos de escandalosa corrupción. Hay reacciones favorables y otras contrarias a la actitud del escritor que estuvo preso en Lecumberri y que ha mostrado su enfado y malestar ante los actos de charlatanería de intelectuales y políticos que por extrañas razones son los héroes de miles de personas despistadas y poco críticas o acaso sólo críticas hacia donde su lógica elemental les indica, desde luego, conducidas por medios de comunicación imaginariamente avanzados.

Esa sola polémica, llevada a cabo en las redes sociales, me da una idea de las miles de opiniones que padecemos en materia de política. Imposible ponerse de acuerdo en algunas cuestiones centrales. En lo personal, no veo partidos limpios, dignos y dueños de una teoría y como decía Lenin, sin teoría revolucionaria no hay revolución. En estos momentos vivimos una paradoja, con medios de comunicación poco creíbles, estamos dentro de las redes buscando la “verdad”, allí, donde cada quien se expresa como quiere y puede. Del otro lado de la Luna, la globalización, llevada a cabo luego del aparatoso derrumbe del socialismo, no deja cabida a ideologías que puedan sostener acciones inteligentes contra el sistema político nacional.

Nos rodea y abruma la presencia de partidos turbios y corruptos, ninguno posee una ideología y sí a cambio tienen historiales siniestros, algunos a pesar de su juventud. Veo y escucho por todos lados personas, normalmente jóvenes (soy profesor universitario), que buscan mejorar la fachada, ponerle un poco de pintura, cuando la idea es, debe ser, derrumbarlo para hacer un nuevo edificio, acorde a las necesidades de una izquierda moderna, inteligente y capaz de llevar a cabo las exigencias de las grandes teorías avanzadas. He escuchado que el Estado debe desaparecer, en lo que siempre he estado de acuerdo, pero, ¿cómo? Los anarquistas proponen diversos medios, el marxismo tiene claridad sobre cómo llevarlo a cabo, sólo que en la praxis ha ido muy lejos. El socialismo deificó al Leviatán. Y así seguimos.

No parece fácil organizar a la sociedad para modificar el rumbo y desaparecer a los partidos que nos asfixian. Es sencillo insultar al Presidente, lo complicado es proponer proyectos para darle a México un rumbo distinto, especialmente si consideramos la globalización, más poderosa de lo que a simple vista se aprecia. Basta con mirar a nuestro entorno para ver cómo los valores impuestos nos han colonizado. La lucha cuenta con otro enemigo: la idea de poseer una hacienda familiar, de respetar ritos y religiones y de vivir supeditados al televisor que transmite como desesperado teledramas y futbol, programas idiotas, más que ayudar estorban. La publicidad enviada por los medios embrutece, enajena. Los culpables no son tres o cuatro figuras. Es tedioso culpar a Salinas o a Peña como responsables de la matanza de Ayotzinapa. No podemos mentir como lo hace López Obrador. La responsabilidad la tiene un sistema en su conjunto. Y eso es lo que debemos cambiar.

Por ahora tenemos al frente una serie de tareas de titanes. No tiene sentido recurrir a frases gastadas y a ofensas personales, a la destrucción de edificios públicos. Lo que debemos hacer es pensar en la teoría revolucionaria y en la forma en que deja de serlo para hacerse una revolución que modifique realmente el rostro del país. Sólo cuando sepamos del potencial que tiene la sociedad y le ayudemos a despertar, podremos avanzar hacia mejores estratos. Dejemos de imaginar que somos islas y tenemos la razón. Veamos el país en su totalidad. Qué nos ayuda y qué nos agrede. Sólo así podremos arrancar. De lo contrario, seguiremos acudiendo mansamente a las urnas electorales a votar por los mismos, sólo que de distinto color.

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