Tantadel

octubre 13, 2014

Los jóvenes de antes y los de hoy

El gratuito y torpe ataque a Cuauhtémoc Cárdenas y a Adolfo Gilly durante una manifestación de justa protesta por la desaparición de muchachos normalistas mueve a reflexiones más profundas que los comentarios periodísticos. La presencia de un líder político intachable y de un intelectual de larga tradición trotsquista en esa marcha la enriquecía. Le mostraba a los asesinos que no era una protesta de pares, sino algo más intenso: la rebeldía juvenil no está sola, hay quienes la entienden a diferencia de la actitud del aparato estatal y los partidos políticos.

El ataque a Cárdenas muestra desconcierto, falta de inteligencia, rabia sin dirección, impotencia. El fundador del PRD y por lo menos una vez despojado de la Presidencia de la República tuvo palabras serenas, pero no dejó de condenar a quienes se oponían a que la protesta fuera más amplia.

Este penoso incidente tiene otras lecturas. La primera es qué desean los jóvenes. Lo sabemos: cambios positivos. El problema está en los métodos para impulsarlos. La rebeldía juvenil del pasado, digamos la de 1968, tenía claridad en sus protestas y un rumbo de muchas maneras evidente. De un lado el sistema estaba exhausto, las promesas de la Revolución Mexicana concluyeron en un feroz autoritarismo y en mayores injusticias. Pero los jóvenes tenían esperanzas, las utopías estaban vivas y podían dejar de serlo. El bloque soviético parecía sólido y un punto de apoyo tímido, pero existía como antítesis del capitalismo que hoy ha triunfado y arrasa. Los jóvenes tenían a la naciente Revolución Cubana, la presencia del socialismo en Chile por la vía electoral, la eterna rebeldía del Che Guevara y hasta la música contestaría de Beatles, Rolling Stones, Janis Joplin y Bob Dylan.

Ahora el triunfo del capitalismo a escala mundial, la globalización feroz y un mundo cada vez más injusto donde la esperanza son monarquías añejas y ruinosas que muchos ven como “Estados de bienestar”. La educación pública disminuye en su calidad, los presupuestos la ahogan, sus problemas se han hecho barreras infranqueables. Sin apoyos ideológicos, con una globalización despiadada, a quién recurren los jóvenes. No tienen armas ideológicas, sólo indignación. Eso los hace pensar con simplismo, se autoproclaman anarquistas, lo que está bien si supieran lo que realmente significa y cuáles son las mejores ideas en cada autor, las diferencias entre sí. No basta mostrar el malestar suponiendo que es posible convocar a la nación a nombre de un imaginario “anarquismo” que nos sacará del atolladero. Anarquismo no es sólo la desaparición del Estado, hay pasos y luchas para llevar a cabo sus grandes proclamas. Entiendo el atractivo que ejerce sobre muchos jóvenes. Pero tal forma de pensamiento revolucionario no es arrojarles piedras a los mayores o pintarrajear o destruir comercios. Es algo que bien vale la pena estudiar, así como leer a Marx y saber si debe ser o no sepultado.

No recuerdo una sola manifestación del 68 en la que lanzáramos piedras rabiosas contra los comercios o que atacáramos a hombres o mujeres que deseaban unirse al movimiento. Todos eran bienvenidos a la lucha. Las consignas eran sensatas, justas las demandas. No podremos convencer a la sociedad a que apoye una lucha revolucionaria si actuamos como bárbaros sin ideología. Por años los muchachos han seguido líderes mesiánicos, entre ellos al propio Cárdenas. Es tiempo de sustituirlos por ideas, por reflexiones que nos permitan recuperar mucho del bagaje revolucionario que perdimos primero porque estuvo mal planteado y se hizo dictadura, segundo porque aprovechando esa falla monumental, el capitalismo, que sabe muy bien cómo sobrevivir, aprendió y ahora se ha impuesto de una manera agresiva y decidida.

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