Tantadel

octubre 15, 2014

Unas palabras a Miguel León-Portilla

Admirado doctor Miguel León-Portilla: durante el cumpleaños 50 del Museo de Antropología, su discurso, directo, inteligente, erudito y sencillo, me hizo repasar mis lecturas de sus libros todos memorables y, desde luego, los breves encuentros que con usted he tenido. Primero fueron sus colaboraciones en El Búho, suplemento cultural de Excélsior, con motivo de los 500 años del descubrimiento de América, del encuentro de dos mundos o de la invención de América, según la terminología que se prefiera. De todos los participantes en el debate, Silvio Zavala, Edmundo O’Gorman, Leopoldo Zea, Carlos Bosch García y otros no menos brillantes, sus artículos tenían la presencia poética y dolida de los vencidos y la idea de edificar un ser distinto, suma de dos civilizaciones. Así lo sentía yo al leerlo como editor y lector. Se apoyaba en obras fundamentales, que mucho han contribuido a la compleja búsqueda de nuestra identidad, una mezcla de triunfadores y derrotados, lo que en su hermosa obra La visión de los vencidos es posible comprender.

Más adelante compartimos la presentación del libro de Ángeles González Gamio sobre Manuel Gamio. Hablamos poco y no pude expresarle la emoción que su obra me ha producido a lo largo de mi vida, al grado de pasar sus análisis históricos a novelas. Nos limitamos a conversar sobre el Premio Gamio, que usted había recibido, y el memorable libro Forjando patria.

Su discurso improvisado en Antropología fue sin duda el más ovacionado, de mayor duración y sincero. Ante el acartonamiento de la alta academia y los funcionarios pomposos, el suyo fue una obra maestra de sencillez, cultura, talento y sensibilidad. Conmovedor, en una palabra, que permitió comprender que con frecuencia las grandes decisiones, en este caso la creación del Museo de Antropología, nacen de necesidades apremiantes y cuestiones simples.

Hablar de usted es una tarea no difícil, sino imposible, su trabajo es amplio, único y fundamental para entender al México de antes y de hoy. Al salir del Museo de Antropología, quise decirle tantas cosas y tampoco pude. Su historia curricular es abrumadora, lo mismo que sus premios y reconocimientos. ¿Qué decirle a un sabio bueno y sencillo que ha escrito, entre otras muchas obras fundamentales: Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, Tiempo y realidad en el pensamiento maya, México-Tenochtitlan, su espacio y tiempos sagrados, La multilingüe toponimia de México: sus estratos milenarios, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Cartografía y crónicas de la Antigua California, Quince poetas del mundo náhuatl, Bernardino de Sahagún, pionero de la antropología, nada, sino expresarle una silenciosa admiración?

Cuando mi compañera Cecilia Ezeta y yo fuimos a buscarlo para que aceptara un homenaje más, miró indeciso su abultada agenda; fue cuando recordó la juventud de nuestra universidad y que de ella había recibido uno de los muchos doctorados Honoris Causa que posee y le pidió a su secretaria una fecha y a nosotros una condición: que lo acompañaran sus alumnos. Salimos felices. Usted, que en ese momento releía obras de Octavio Paz y atendía llamadas de El Colegio Nacional, nos dedicó momentos deslumbrantes. México es gracias a usted más rico e intenso. Visto a través de sus ojos, nos resulta esperanzador. Su presencia en la UAM-X nos enaltece y se suma a las muchas personalidades que han venido a vincularse con nuestra comunidad, con el único objeto de que los jóvenes sepan distinguir lo valioso de lo fútil. Usted nos hereda una obra fundamental, la postura equilibrada entre Eulalia Guzmán y Silvio Zavala. Somos el resultado de una conquista brutal, donde predominan los valores de los triunfadores. Sin embargo, el largo y tenaz trabajo de multitud de mexicanos nos ha permitido valorar lo propio, sabernos dueños de un pasado ilustre que no debemos perder. Los pueblos originarios, como hoy llamamos a mayas, aztecas o zapotecas, dejaron un legado que asombra al mundo. La identidad del mexicano en su mirada nos permite comprender su complejidad y riqueza.

Gracias, don Miguel. Nuestra deuda con usted es impagable. Nos ha dado el sincero orgullo de descender de culturas fabulosas y bien podemos parafrasear a Carlos Pellicer: Los españoles no trajeron la cultura, trajeron su cultura. La nuestra estaba y está aquí y no sólo en museos, sino en el espíritu de todos nosotros.+

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