Tantadel

noviembre 30, 2014

Apollinaire, el arte como pasión

Supo aprovechar su vida: conoció los placeres que su época podía brindarle.

Junto con MaupassantVilliers de L’Isle-Adam GautierApollinaire(desdeñado por algunos, respetado por el inmenso Baudelaire) es uno de mis autores amados.
En México la mayoría lo admira como poeta. Lo manejamos de modo imperfecto: sus ensayos, críticas de arte, trabajos eróticos, sus aportaciones a las corrientes vanguardistas de principios de siglo, no circulan suficientemente. Tampoco profundizamos en su prosa narrativa.
Conocemos buena parte de su luminosa poesía merced a las traducciones de Agustí BartraBestiarioAlcoholesCaligramas...; el primero con ilustraciones de Juan Soriano; mientras que sus obras de prosa tienen menor difusión. ¿Por qué? ¿Debido a razones de calidad? No. En su caso, tanto la poesía como la prosa son de imponente grandiosidad. Habría que buscar la respuesta en las veleidades del tiempo. A principios del siglo XX pocos recordaban a Sade ni le concedían mérito alguno y es justamente Apollinaire quien lo regresa al mundo a veces irresponsable de la fama.
Hace casi 100 años falleció Apollinaire. Poco antes había sido gravemente herido (un fragmento de obús en los bosques de los Buttes, donde tropas francesas trataban de contener el poderío alemán). Hay fotografías que lo muestran con la cabeza vendada. En 1918 lo afecta una tremenda pulmonía y se debilita. El 9 de enero, una gripe lo mata. Vivió 38 años, pero le fueron suficientes para trasformar la poesía y conquistar un magnífico sitio dentro de la literatura universal más escrupulosa. Descansa, como tantos otros notables, en Père Lachaise. Cosa curiosa, su hermano Albert fallece tres meses más tarde en México.
Apollinaire convertía todo en literatura, como Mozart en música. Cuando le toman una radiografía y la prensa lo ofende, bromea: “Mi cabeza ha sido radiografiada. He visto, yo, un hombre vivo, mi cráneo. ¿No hay en esto algo de novedad? ¡Vaya!” Por otro lado, busca el amor. En este aspecto, no es un hombre afortunado. Aparte de poco hermoso, sus posturas audaces desconciertan, su agresividad provocaba incertidumbre en las mujeres. Era “Mal amado”, porque amaba mal y era brutal y celoso.
Apollinaire supo aprovechar su corta vida: trabajó de manera infatigable, fue a la guerra a enfrentarse con valor a las balas, constante perseguidor de ilusiones en forma de mujeres, conoció todos los placeres que su época podía brindarle, el opio incluido. En la guerra, en las fangosas trincheras, rodeado de peligros y cadáveres, reflexionó y escribió con intensidad, igual que más adelante otro notable francés lo haría luchando contra los fascistas en todos los frentes posibles: André Malraux.
El fragor del combate no le impide escribir, mucho menos amar. Herido de gravedad y sin perder el sentido del humor, Apollinaire escribe el poema citado y va con su “cabeza estrellada” a París a casarse, cuando la muerte ya lo acechaba. Picasso Vollard fueron sus testigos de boda con Jacqueline Kolb RubyJean Cocteau los acompaña.
Al morir deja un enorme hueco. La calidad de su obra y lo audaz de sus concepciones artísticas lo eternizan. Fue, con sus arriesgadas metáforas y sus nada comunes formas poéticas, un escritor que puso cimientos de la cultura del siglo XX. El surrealismo, el último gran movimiento estético de Europa y quizás del orbe, lo recuerda como a uno de sus progenitores. Sus inauditos poemas serían piedra angular de sucesivos escritores, punto de partida y solución a más de un problema estético de nuestra época. Fue un revolucionario artístico que advirtió la importancia del cine, la inutilidad de la puntuación y el futuro éxito de Picasso.
Sin Apollinaire padeceríamos un terrible retraso en materia poética. Pero no dejemos de lado sus cuentos (“El judío latino”, “El caminante de Praga” o “El heresiarca”). Si uno los lee, descubrirá que en ellos asimismo se anticipa a su época, hay genialidad. También en este género resultó ser innovador. Su talento y cultura le permiten confeccionar relatos en los que la blasfemia, la herejía, la Biblia, el sentido del humor y la fantasía se reúnen para conseguir un alucinante trabajo. Ignoro si Apollinaire tenía estima por esta faceta de su literatura o si nada más escribía cuentos para salir de apuros económicos. Tal es el caso de “Los once mil falos”. Quienes aman la literatura deberán tomar en cuenta no sólo su poesía (que sigue siendo audaz), porque sus historias breves en prosa son parte distinguida de un ser que alcanzó la perfección artística.

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