Tantadel

noviembre 14, 2014

Café, bebida detestable

No viví con mi padre, pero lo recuerdo inalterablemente vinculado a una pequeña taza de café exprés. A eso de las diez de la mañana decía —dirigiendo sus pasos a una cafetería en Palma casi esquina con 5 de Mayo—, sin café no funciono. Acompañaba el contenido de la tacita con cigarrillos Delicados, de aroma tan fuerte como el del contenido de la taza. A eso del mediodía volvía al mismo sitio y de nuevo bebía café muy oscuro y denso.

También fue una costumbre de mi madre. Ella nunca fumó, su mayor gusto era el café. Si íbamos a un restaurante pedía como único postre (el dulce no le gustaba) un café negro o exprés, lo más cargado posible. Fuera de ellos, en mi familia nadie amaba tanto el café. Mis abuelos lo consumían en las mañanas con leche y pan dulce, conforme a las costumbres de las antiguas familias mexicanas. La verdad, nunca pude encontrarle el atractivo. De niño me parecía una bebida amarga y sin chiste alguno. Más de una vez di un sorbito al de mi mamá, el resultado era el mismo: qué asco.

Con el tiempo me hice escritor. A eso de los veinte años (en 1960) ya escribía y publicaba cuentos y artículos. En esos años de formación visitaba, en compañía del poeta fallecido Antonio Castañeda, al dramaturgo Hugo Argüelles, asimismo muerto. Nos recibía fumando ostentosa y satisfactoriamente y sólo se le ocurría invitarnos café. Acaban de prepararlo, añadía triunfante. Cuando vio que yo lo rechazaba con discreción, me ofreció un té negro o, prefieres una copa, aventuró con cautela.

El tiempo pasaba y yo me disciplinaba ante los rigores de la literatura pero siempre sin fumar y sin beber. Ésa era la definición de abstemio que con gracia daba Óscar Wilde. Observando el medio literario, concluí que para ser escritor era indispensable tomar algunas tazas de café al día o al menos durante el periodo de la creación. Me sentí desolado: por más esfuerzos que hacía, no lograba concluir una taza de café o, algo peor, de Nescafé, aclarado por la leche o crema y bañado de azúcar. Mi madre me vio hacer eso y me dijo con algún dejo de ironía: No sufras, mejor bebe chocolate y lo hubiera hecho de no ser tan incómoda su preparación.

Desde joven, en cambio, me gustó el ron y lo consumí como ahora bebo whisky, con placer. Sin embargo hay una frase de José Revueltas que me dejó desconcertado. Yo, querido René, escribo deportivamente, sin alcohol. ¿Eso presupondría que tampoco tomaba café ni fumaba mientras le dictaba a sus hojas blancas prodigiosas historias? No lo sé. El caso es que yo nunca pude tomar ni un sorbo de café con piloncillo en el momento de escribir, del mismo modo que jamás concluyo una comida con un exprés o un capuchino. Ni siquiera con alguna infusión de manzanilla o hierbabuena.

Imagino que el café tiene algún efecto sobre las personas o que por alguna razón les atrae el beberlo. Rosario, mi esposa, lo consume cuantas veces puede, sólo que lo hace durante la mañana porque después, explica, me quita el sueño. Ella misma me ha contado que de estudiante (es doctora en economía) para no dormirse en las noches bebía varias tazas de café y de esta manera se preparaba para algún examen.

Ciertamente alguna magia debe tener el café, hay pocas partes del mundo donde no lo consumen, en el Medio Oriente, digamos. Los turcos y los árabes tienen mezclas muy fuertes y esas mismas gustan en países europeos. Ignoro, pues, qué efectos pueda producir, más bien dudo de sus efectos. Alguna vez me dieron una taza enorme de café para que me pasaran los mareos del ron, pero me supo horrible y decidí no consumirlo nunca más. Leo libros sobre este enigmático líquido, escucho historias de amor y dramas en torno al café, otras más sobre mujeres que son capaces de leer los restos del café y predecir el futuro. Aparece entre grandes figuras de la ciencia y el arte, entre políticos y empresarios. Pareciera ser una bebida que tonifica, estimula creatividad y concede fuerzas. Cuando escribo, ocasionalmente tomo agua de frutas. Es todo. La mía es una historia de desamor con el café que todos aman.

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