Tantadel

noviembre 02, 2014

Horacio Quiroga, la tradición del suicida

Sus cuentos son de extremada perfección; cada uno es una obra maestra.

De los personajes que investigué para escribir mi novela Réquiem por un suicida, ninguno tan dramático como Quiroga. De niño leí dos de sus más aterradores relatos: El almohadón de plumas y La gallina degollada. Luego adquirí sus cuentos completos en la edición de Porrúa. El prólogo de Raimundo Lazo fue esclarecedor: pocos autores podrían caber más cómodamente en lo que Muschg tituló Historia trágica de la literatura: “La vida de Horacio Quiroga, que se extiende desde el último día del año 1878 hasta que él mismo le pone fin la noche del 18 al 19 de febrero de 1937, constituye un relato que, por sus notas de intensidad, de dramatismo y rareza, puede incluirse entre los de sus Cuentos de amor, de locura y de muerte”. Y es exacto. Era un chiquillo cuando su padre muere accidentalmente al escapársele un tiro de su arma de caza. Adelante, su padrastro, al saberse dueño de una enfermedad incurable, se suicida. Como si esto fuese poco para un joven sensible e impresionable, en su juventud, revisando una pistola, se le dispara y mata a su mejor amigo,Federico Fernando, también escritor. En su adultez, su primera esposa se mata y su hija Eglé resulta asimismo suicida.
¿Significa acaso que el suicidio es hereditario o que la muerte voluntaria atrae fatalmente a otras? ¿Qué habría pensado Quiroga si hubiera tenido la posibilidad de anticipar el suicidio de su hija, ocurrido tiempo después de que él tomara la determinación de acabar con su vida para evitar los dolores de una enfermedad cancerosa? Imposible saberlo, pero no existe duda de que fue un escritor poderoso, imaginativo y renovador. Sus cuentos son de extremada perfección; cada uno es una obra maestra.Quiroga planeaba cuidadosamente sus relatos, los llevaba a momentos de gran intensidad y la culminación solía ser sorpresiva, como en los dos cuentos citados. Como nadie, dentro del mundo de habla hispana, y siguiendo el ejemplo de su maestro Edgar Allan Poe, teorizó sobre el texto corto y resumió sus ideas en una obra formidable: al final llamada Decálogo del perfecto cuentista. Diez recomendaciones magníficas para todo aquel que quiera adentrarse en los secretos de un género rico y maravilloso como el cuento.
Pero aunque su vida aciaga ha llamado la atención de sus seguidores, el citado Lazo, junto con Alberto Zum Felde y María Kodama, prefieren destacar sus grandes aportaciones literarias, su prodigiosa imaginación, el hábil manejo de sus personajes y la inteligente estructura que les concedía tanto a sus cuentos como a sus novelas. La honestidad literaria lo llevó a reconocer públicamente a sus maestros: amaba en especial a PoeMaupassant y Chéjov. Como ellos supo convertir el cuento en un género poderoso y capaz de triunfar sobre la arrogante novela.
Quiroga fue aventurero, uno de esos raros hombres (hoy en extinción) que combinan el arte con la acción. Exploró con Lugones el solitario norte argentino, sus selvas y desiertos llenos de peligros. Vivir en la región de las misiones jesuitas le dio a Quiroga el gusto por la soledad. Pese a que contaba con distinguidos amigos intelectuales e incluso llegó a presidir un grupo literario, Anaconda (como su relato), prefería poner distancia con la civilización. Era huraño, impredecible, de mal humor. No obstante supo escribir escenas maravillosas de amor, sobre todo en las novelas, que muchos consideran inferiores a sus cuentos. Raimundo Lazo lo mira como una mezcla de primitivismo y refinamiento (un varón apuesto y distinguido) y así lo puede uno imaginar cuando observa sus fotografías. Un inmenso escritor y un fracasado rotundo en el amor. Su última esposa, mucho más joven que él, no pudo resistirlo y lo abandonó mientras Quiroga daba rienda suelta a sus características selváticas y se alejaba de las ciudades para adentrarse en los escenarios de Anaconda y Lanceoleada.
Horacio Quiroga es de mis escritores favoritos: amo dos novelas suyas:Pasado amor e Historia de un amor turbio. Nunca me impactaron tanto como sus relatos cortos, pero le debo a esta última sentimientos que usé en mi novela La canción de Odette. El demonio de los celos lo recibo de la literatura: me llega sobre todo de Shakespeare y Sabato, pero con Quiroga fue más claro. Comprendí la desesperación de un hombre que le dice a su amada: “No me veo junto a ti, veo al otro”. Frase inolvidable que utilicé como epígrafe en tal novela.
Quiroga renovó el cuento en América Latina y nos puso en la tradición de la fantasía y del terror, una estética misteriosa que nos atrapa inevitablemente. Su vida pertenece a la historia, su literatura al arte.

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