Tantadel

noviembre 26, 2014

México, como los cangrejos

México parece una nación decidida a no avanzar. Participa en un extraño juego de las esperanzas perdidas. Cada seis años afirma que avanzará, que ahora sí vamos a dejar atrás el subdesarrollo. Pero siempre por alguna enigmática razón fracasa. En los años recientes la apuesta para progresar y dejar para siempre la miseria, las desigualdades y la ausencia de democracia, era el PRI. Una dictadura que sabía conducirse con habilidad. Hasta los muertos votaban por dicho partido. Llegó el hartazgo y votó por el PAN, organismo que desde 1939 decía que en su triunfo estaba la solución. Pues ganó con un caudillo bonachón, ignorante y rudimentario. Comenzó lo que muchos califican como la docena trágica. Fueron dos periodos en manos de la derecha. Sin embargo, los conservadores resultaron un fiasco. Una vez en el poder, no eran tan diferentes a los priistas. Simplemente eran mejores mentirosos y perfectos charlatanes e igual de corruptos.

El PRD no ganó la presidencia, pero a cambio, en manos de caudillos salvadores, obtuvieron la ciudad capital y varios estados. Su presencia, que asimismo parecía esperanzadora, fue más de lo mismo. Sus militantes insistían en que eran la izquierda y eso simplemente los ponía a salvo en un país crédulo. Sus niveles de corrupción y de fracasos culminaron con los sucesos recientes de Guerrero, los que hacen padecer más al DF que a ese estado. Al parecer el antipriismo capitalino es muy fuerte y hasta tintes violentos posee.

Pero quizás lo más grave del sistema político que se ha consolidado y cuyas culpas son responsabilidad de los partidos existentes, es su falta de previsión. Ninguno, al llegar al poder, cualquiera que sea su nivel, ve el futuro. Algo peor: tampoco analizan el pasado. Su pragmatismo es para hoy, ni siquiera para mañana. Los altos índices de inseguridad, la miseria creciente, el triunfo de una doctrina ajena al país, el neoliberalismo, las desigualdades, la falsa democracia, pésimos medios de comunicación y políticos ignorantes, insensibles y con una marcada devoción por sus haciendas personales, es lo común, la tendencia dominante. La masacre del 68 fue sólo para que los Juegos Olímpicos pudieran transcurrir sin obstáculos. La terquedad de un mandatario, Díaz Ordaz, y la tendencia al gobierno dictatorial, de brutal presidencialismo, acabaron con el intento juvenil por democratizar a México. En tan sólo una noche.

Hoy hemos llegado a algo más dramático, a descubrir que el sistema no asesinó de un golpe un medio millar de jóvenes, sino que ha permitido que la República sea un inmenso cementerio, a donde las complicidades políticas nos conducen. La palabrería es ya fastidiosa, detestable, no importa el color del político o funcionario que la exprese. El caso es que ahora tenemos a una sociedad harta no de un partido, sino de la totalidad. Se ha percatado que la lucha no es entre partidos, sino contra ellos. Parece tarde, ellos tienen en sus manos la forma de conducir al país y decirle que todo va bien, que es cosa de tiempo y listo. De nuevo las promesas y la insistencia de que vamos hacia un futuro luminoso.

Pocos lo creen. Los estudiantes y amplios sectores de la sociedad escuchan con legítima incredulidad a los políticos. Ninguno, por siglos, ha hablado con la verdad, a lo sumo ha prometido un buen día, acaso la certeza de que la semana entrante las cosas mejorarán. Pero nada cambia. Sólo el color de los partidos en el poder y la nación sigue rumbo a la ruina. Como dice la frase común: en México no pasa nada y cuando pasa, no pasa nada.

¿Despertará? Lo dudo, no hemos sido capaces de avanzar unos metros. Que hay grandes fortuna, es obvio, el problema es que la miseria y las desigualdades han empeorado. El PRI de hoy es tan malo como el que perdió el poder en el año 2000, el PAN fue algo peor y el PRD ha mostrado su verdadero rostro sin llegar a Los Pinos. Bueno, sigamos avanzando hacia atrás. No hay obstáculos.

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