Tantadel

noviembre 07, 2014

México, sociedad en movimiento

Como hemos anticipado en anteriores notas, el hastío por los partidos políticos ha crecido de manera alarmante. Hoy ninguno goza de cabal respeto, salvo de quienes viven del jugoso negocio. Los partidos pierden peso específico dentro de una sociedad que se agita, en lugar de aumentarlo. Si en el 2000 el hartazgo se concentraba en la larga noche priista, en 2014, no hay organismo que pueda convocar a muy amplios sectores de la población. La intensa corrupción alarma, como los recientes escándalos, las muertes, las desapariciones. La habitual pobreza que contrasta con la ruidosa presencia de muchos multimillonarios, hechos todos al amparo del poder, medios de comunicación escasamente críticos y un sistema de partidos que parecieran diferentes pero que en el fondo tienen intereses semejantes, producen un malestar que nada detiene.

Hoy viernes concluye el paro de 72 horas decretados por miles y miles de estudiantes. A las protestas juveniles se suman las de otros sectores marginales: campesinos y obreros que sufren las injusticias sociales de un país que poco se ha esforzado por sustraerse a los efectos de una globalización impuesta, mientras que la educación pública no cesa de arrastrar multitud de problemas. Por ahora han sido 72 horas de paro y protestas callejeras y dentro de las universidades. Las autoridades no son capaces de resolver las demandas de las mayorías. A diferencia de los jóvenes, carecen de flexibilidad y de argumentos contundentes. Ya no basta salir a recibir a los inconformes en mangas de camisa, las protestas crecen en la misma medida en que las autoridades muestran su incapacidad para atenderlas. Hoy no tenemos partidos inocentes. Todos tienen grados de culpabilidad, los antiguos y los recién llegados. Saben mentir y son cínicos. Por ello en las redes sociales comienzan a surgir más que simples protestas, propuestas de organización y exigencias de enfrentar a un sistema incapaz de resolver problemas ancestrales. Es evidente que el país comienza a mostrar su fastidio ante las respuestas demagógicas de los partidos.

¿Qué sigue? De no encontrar soluciones reales, que eliminen los graves problemas y vivamos una situación de transparencia, las protestas crecerán. Cómo es posible cavar en cualquier estado de la República y encontrar fosas clandestinas, restos de personas sin identidad, asesinatos que resultan perfectos salvo por un hecho: sabemos que los mató el sistema.

De seguir por la misma ruta, la colisión entre el poder y la sociedad será una realidad extrema, ya que la vía pacífica no acaba de funcionar. Los jóvenes aprenden y experimentan, se preparan. El poder hace otro tanto, a su modo, pero cuenta con antecedentes lamentables, historiales siniestros y un desprestigio que no le ayuda. En las redes sociales, en las instituciones educativas públicas y en las calles la gente indignada exige un cambio drástico de timón. Las ofertas de los partidos se agotaron, se fueron en palabras demagógicas y promesas que jamás llevaron a cabo. La realidad es preocupante, el futuro todavía más. Alarma la insensibilidad de los poderes político y económico, en el mejor de los casos ambos suponen que con dádivas aparece la tranquilidad social. Las limosnas que ofrecen los partidos a los muchos pobres de México, son sólo eso, limosnas que en muy poco mejoran nuestra condición de nación atrasada e indignada y nos hacen seres indignos, suplicantes. Las quejas son muchas y las promesas políticas siempre van cargadas de falsedad.

Así la situación, algo grave está a punto de suceder, quizás no mañana, pero sí, el poder está incubando su contraparte que puede ser brutal. Revolucionaria. Sólo tengamos presente que la violencia la provoca el Estado, no la sociedad.

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