Tantadel

noviembre 16, 2014

Revolución y arte

Zapata y Villa han sido llevados una y otra vez a la cinematografía norteamericana.

El México que llegó a la gran rebelión que se transformó, junto con la rusa, en una de las grandes revoluciones del siglo XX, tiene peculiaridades. Viene, en efecto, por razones internas, luego de una larga dictadura y la entrega de recursos nacionales al extranjero, cuando los explotados sufrían y resentían la falta de libertad y democracia.
Francisco I. Madero es la mecha del enorme movimiento que se desató en pocos meses. Se acumularon fuerzas incontenibles: campesinos e indígenas con fuerte respaldo en las urbes donde intelectuales, estudiantes, profesionistas y obreros exigían cambios radicales. Con la nueva reelección de Porfirio Díaz, se establece que sólo dejará el poder por la fuerza de las armas. Madero lanza el Plan de San Luis, en donde reaparece la no reelección y hace un llamado a la insurrección el 20 de noviembre. En Puebla, Aquiles Serdánresiste y finalmente es asesinado mientras que en Chihuahua estalla una sublevación épica. Pronto aparecen los dirigentes que darán las grandes batallas contra las tropas gobiernistas.
Francisco VillaEmiliano ZapataPascual OrozcoPánfilo NateraVenustiano CarranzaFelipe ÁngelesÁlvaro Obregón y otras figuras alimentan la imaginación popular y se traducen en corridos y leyendas, murales, novelas y cuentos que desbordan las fronteras nacionales. Zapata yVilla, por ejemplo, han sido llevados una y otra vez a la cinematografía norteamericana.
Vale la pena citar la mejor versión que de Emiliano Zapatase ha hecho: ¡Viva Zapata! con Marlon Brando y Anthony Quinn, del cineasta Elia Kazan. Periodística e históricamente es el norteamericano John Reed con su obraMéxico insurgente, el mejor cronista que la naciente revolución pudo tener. También dejó un libro notable de relatos (1927) que en México publicó el Fondo de Cultura Económica en 1972, Hija de la Revolución.
Pero si en la primera y segunda etapas de la literatura de la Revolución se trata de una novela de reflejos autobiográficos, de cuadros y de visiones episódicas, de afirmación nacionalista y de esencia épica, como indica el distinguido crítico Antonio Castro Leal, en la tercera, apenas analizada, aparece marcadamente un amplio sentimiento de frustración (que es posible observar enCarlos Fuentes) y, desde luego, la parodia que destaca en la novela Los relámpagos de agosto (1964), de Jorge Ibargüengoitia.
El cine, a su vez, había regresado a los temas que la Revolución desechó de tajo y la literatura criticó rabiosa: elementos que despertaban nostalgias porfiristas: el hacendado y su bella hija, el cura de pueblo siempre generoso y lejos de Dios, los peones de perruna lealtad hacia el patrón y los valores conservadores.
Sólo algunas películas trataron de reflejar la extraña grandeza de la Revolución, con sus personajes complejos y causas perdidas. El compadre MendozaVámonos con Pancho Villa, de Fernando de Fuentes, acaso filmes dirigidos por Emilio Fernández, bajo la poderosa influencia de Eisenstein, quien vio con ojos atentos el México que despertaba: su experiencia en la actividad revolucionaria de la Rusia de los soviets le ayudaba a mejor entender el fenómeno mexicano. Su filme ¡Que viva México! es una obra de belleza singular que desde el inicio, según cuenta el propioEisenstein, encontró obstáculos.
La literatura de la Revolución Mexicana no fue ciertamente una literatura revolucionaria, un movimiento estético de gran envergadura, pero a nivel nacional consiguió profundos cambios. En la pintura, los ojos se volvieron hacia lo propio y apareció una gran preocupación por el muralismo. El estallido violento hizo que los escritores se fijaran en los indios, los campesinos, en los grandes problemas nacionales, lo cual le dio a la novela y al cuento una preocupación política desconocida hasta entonces y un impulso artístico avanzado.
Recordemos el célebre cuento de Rafael F. MuñozHombre, caballo y oro, así como el capítulo del libro El águila y la serpiente de Martín Luis GuzmánLa fiesta de las balas, o su novela La sombra del caudillo. Son trabajos memorables que dejan una profunda huella en los mexicanos. Todavía en los años cincuenta los escritores pensaban en ese movimiento. Lo que produjo fatiga no fue tanto el tiempo transcurrido como la instancia demagógica de hablar de la Revolución cuando estaba muerta y de nuevo entregaban a la burguesía y a los extranjeros los recursos por los que las masas campesinas lucharon y murieron.

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