Tantadel

noviembre 10, 2014

Todos queremos la paz

Así como la llegada del PAN a Los Pinos hizo que millones de mexicanos imaginaron que la anhelada transición modificaría profundamente el rostro de México, ahora aquellos que creyeron que el retorno del PRI, representado por un joven al parecer distinto al viejo y perverso priismo nos salvaría, pensaban hasta hace unas semanas que íbamos al progreso, la democracia, la justicia y todo lo que prometen los políticos. Nada. Las cosas no siguen igual, están peor porque los desastres llamados partidos políticos han envilecido por completo a la nación. Ahora tenemos claro que no era el PRI, que son todos los partidos. Prueban su amor y devoción por el poder y el dinero cuando están en la cúspide.

El país está irritado, confundido. Aquellos que pensaban que el PRD y Morena estaban a salvo, ya tuvieron forma de comprobar su equívoco. No hay diferencias de los demás: mienten y roban como los panistas, priistas y toda clase de lacras que deciden conformar un partido político más como negocio, como una próspera empresa que recibe dinero sin arriesgar un peso. Como es usual, los jóvenes son más sensibles por diversas razones, una de ellas porque están en un país sin futuro, a no ser la palabrería infinita de los políticos. El gobernador interino de Guerrero acaba de pronunciar una frase sublime: “Somos más los que queremos paz”. Es sin duda un acierto dirigido a tranquilizar la violencia en su estado. Pero de inmediato surge una pregunta: ¿Para qué quieren ellos, los políticos, los poderosos, la paz? La respuesta está sólo en la pareja Abarca: para hacer negocios, acumular cifras inauditas al amparo del poder. En el DF, por ejemplo, vemos a los delegados salir con las manos llenas de dinero. ¿Proviene de sus sueldos y gastos de representación que no son pocos? No. Sale de los negocios que hacen, de las pillerías que cometen. Y sin duda, en la paz los negocios marchan mejor, pues nadie está en la lupa de los medios y de la sociedad.

La mayoría de los políticos llegan pobres y todos salen ricos, convertidos en propietarios de auténticas fortunas en inmuebles, empresas y abultadas cuentas bancarias. Quienes muestran su indignación en estos días son los que ven en la paz una forma de edificar un México justo y todo lo que ello conlleva. Pero saben que para ello tienen que recurrir a las protestas.

El gobierno de Peña Nieto fue poco imaginativo. Pensó que la llegada de un grupo de personas más o menos nuevas en las tareas estatales bastaría para mejorar la realidad. Pero ignorantes de la historia y de los grandes errores políticos, se concentraron en dos o tres tareas que al ponerlas en acción los hizo creer que la patria estaba a salvo, que sus manos eran mágicas. El error de los priistas es que no pensaron en otros escenarios que no fueran los promisorios que ellos suponen. No consideraron los siglos de corrupción acumulada, su larga y antidemocrática estancia en el poder. No vieron que su mal ejemplo estaba ya en poder del PAN, del PRD, de Morena y de los demás partidos que son negocios, como el Verde Ecologista o el de Dante Delgado. Corrupción: juntos la llevan a cabo mejor.

No bastan ya las frases hechas de llegaremos hasta el final, caiga quien caiga, ni hablar del estado de derecho… Hay que actuar finalmente. Hay leyes, ¿no? Bueno, pues hay que aplicarlas. Revisar a cada político no sólo cuando llega al cargo sino durante su mandato y volver a revisar sus cuentas al concluir su periodo. Es posible que a muchos les preocupe que el malestar de los jóvenes aumente. Sin duda es el resultado de muchas décadas de pobreza, injusticias, corrupción y sobre todo impunidad.

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