Tantadel

diciembre 01, 2014

El tramposo regreso del presidencialismo

En los últimos años del PRI, antes de perder las elecciones del 2000, los mexicanos comenzamos a ver que era una lacra. Si bien tiene lógicos y muchos antecedentes en la historia nacional, era ya una conducta ridícula, desafortunada y atrasada. Era el mayor obstáculo para el desarrollo democrático de México. El presidente tenía en sus manos demasiado poder, lo hereda de una suma descomunal de caudillos, emperadores, altezas reales, tiranos, dictadores de larga duración. La Constitución de 1917 quiso recomponer las cosas y supuso que bastaría una consistente división de poderes. Eso no evitó la concentración del poderío en sólo las manos del Poder Ejecutivo, concretamente en las del Presidente de la República. Tendríamos que añadir que aparte de las muchas facultades concedidas por la Constitución, estaban las metaconstitucionales, las que por la fuerza de la costumbre heredaba el llamado primer mandatario. Fue, en rigor, un presidente absolutista.

Con el PAN, y en especial con Fox, la presidencia se convirtió en una burla y la respetabilidad se perdió entre malas bromas y pésimos chascarrillos. Sin embargo, la aportación, en tal sentido, de Vicente y Felipe no fue raquítica: desmitificaron sin quererlo a la temible silla presidencial, la que Emiliano Zapata rechazó cautelosamente ante el ofrecimiento del impetuoso general Villa. Cuando regresó el PRI con Peña Nieto a la cabeza, el sitio mágico carecía del inmenso poder que tuvieron los mandatarios anteriores al 2000. A cambio, la sociedad se había hecho crítica.

Sin embargo, el presidencialismo retorna al “Sí, señor presidente, como usted diga” lentamente. A pesar de los medios y de las redes sociales, Peña Nieto, un político de escaso rango, crece en el ánimo de la clase política. Uno se preguntaría ¿y los medios? Ya no hay censura desde Los Pinos o Palacio Nacional. No, pero eso no significa que haya desaparecido, simplemente se mudó de casa, ahora está en cada uno de los dueños de medios de comunicación. Reporteros y articulistas se solazan elogiando las acciones del presidente Peña. De pronto aparecen voces críticas, pero jamás son la mayoría. De muchas maneras hemos regresado al pasado, donde para evitar la acusación de censura, a muchos seleccionados se les permitía ser más o menos críticos.

Un caso que prueba sin dudas mi aseveración es el pasado mensaje a la nación. Una serie de lugares comunes y un estilo acartonado para dirigirse a una nación convulsa. Un proyecto para salir del atraso que durará muchos más que Peña Nieto en el poder y una declaración de que todos somos Ayotzinapa. Si la tomara en serio, tendría que ser su propio enemigo y del sistema. La verdad es que el estilo personal de gobernar, diría, Cossío Villegas, del joven mandatario es en exceso solemne e incapaz de conmover más que a la multitud de aduladores que lo escucha y que enseguida aplaude con entusiasmo. Para qué hablar del priismo, las declaraciones solidarias, las exaltaciones a un programa que no parece tener fin, sus comentarios en los medios, uf, lo mismo de siempre, lo que pensamos superado. No hubo ninguna autocrítica seria, no se dirigió a un pueblo ofendido, sino a la historia, pero los políticos de hoy no saben lo que significa el juicio de la historia, algunos ni lo sabrán nunca. Viven en un cómodo pragmatismo, todo es para hoy o si la comida se extiende, para mañana.

El anuncio del proyecto “salvador” de Peña Nieto despertó muchas expectativas e inquietudes. Era la oportunidad para anunciar verdaderos cambios estructurales, proyectos con sentido social auténticos. Fue un chasco para la sociedad y ello se ha reflejado más en las redes sociales que en los medios tradicionales.

Peña Nieto no busca salvar a la patria, busca su bienestar personal, el de su clase y su familia. No es un hombre sensible, tampoco tiene la enjundia de un estadista. Su equipo no le ayuda por más que se esfuerza. Algo queda claro: no habrá cambios comprometidos con la sociedad, con el pueblo. Propuestas vagas y de largo plazo. Una vez más, salimos defraudados del sistema político mexicano.

Seguiremos pacientemente en la espera de un sistema salvador. El problema de los mexicanos es que están siempre en espera de un enviado de Dios a sacarnos de nuestros problemas ancestrales. De un caudillo.

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