Tantadel

diciembre 21, 2014

En busca del héroe perdido 1/2

El idealismo y el materialismo podrían encontrarse dentro de lo posible y hasta hermanarse en algún aspecto.

Un año antes de que Karl Marx obtuviera el doctorado, el 15 de abril de 1841, en la Universidad de Jena, un hombre diametralmen­te opuesto, Thomas Carlyle, preparaba una serie de conferencias que le conseguirían la fama: Los héroes, que luego se convirtiera en su más prestigiada obra. Pasaron muchos años, Marx se ha transformado en uno de los más brillantes pensadores universales con una doctrina coherente que se propone darle al hombre su completa libertad. A su vez, Carlyle es un pensador igualmente respetado, acaso no tan célebre.
El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte es uno de los más lúcidos y acabados trabajos de Marx, escrito entre diciembre de 1851 y marzo de 1852. Tal vez el historiador inglés no llegó a conocer seriamente el pensamiento de Marx, pese a que su cultura y su devoción eran alemanas y es probable que tampoco Marx se haya preocupado mucho por su contemporáneo inglés, aunque pasó gran parte de su tiempo creativo trabajando en la Biblioteca Británica. Hoy, a la luz de nuevos acontecimientos, me parece que podríamos hallar en el trabajo de ambos el comple­mento necesario para entender que es un héroe y cuál es su función en la historia. De esta manera el idealismo y el materia­lismo podrían encontrarse dentro de lo posible y hasta herma­narse en algún aspecto.
Recuerdo una plática con un marxista de talla, Ernest Mandel. No resistí hacerle la pregunta acerca del héroe, del gran hombre que cambia el curso de la historia. La respuesta me asombró, pues en ella me parecía hallar ecos de las dos obras citadas. La suma de Carlyle y Marx hasta hace unos años podría resultar des­cabellada, supongo que ahora las objeciones podrían ser menores.
Para Thomas Carlyle es “la historia universal, la realizada por el hombre aquí abajo, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo, todo lo cumplido que vemos y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que nos enviaron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero”.
Qué duda cabe de que Carlyle era un admira­dor de las grandes hazañas humanas, que detestaba la pequeñez porque suponía —no sin cierta razón— “que jamás pudieran des­arraigar del corazón del hombre cierta peculiar o innata reveren­cia hacia los grandes hombres, genuina admiración, lealtad, adoración, si bien empañada y pervertida”.
Carlyle trata de probarnos su teoría mostrándonos una serie de personajes legendarios: OdínMahomaDante,ShakespeareLuteroKnoxJohnsonBurnsRousseau,Cromwell y Napoleón. Sólo que a este último, como buen inglés, lo presenta como a un falso héroe.
Sus argumentos, los autores seleccionados, son realmente fascinantes. Es difícil resistirse, diga­mos, a no admitir, al menos en mi caso de escritor, que un héroe de las letras como Shakespeare no transformó la literatura de su tiempo, como ProustKafka y Borges lo hicieron con la del siglo XX.
Sin embargo, Carlyle no mira más allá de la hazaña del héroe. Deja de lado, quizás a propósito, las acciones de grandes masas, de pueblos que se levantan en armas y son capaces de derribar el antiguo orden y establecer uno nuevo, distinto y con frecuencia mejor. No toma en cuenta la silenciosa colonización de América del Norte hecha por modestos carpinteros, herreros, maestros que dejaban atrás el pasado mundo aristocrático de Inglaterra.
Y es aquí donde entra la principal refutación de Marx: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo las circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestado sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representa la nueva escena de la historia universal. Así Lutero se disfrazó de apóstol Pablo...”.

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