Tantadel

diciembre 03, 2014

La fama, el poder y la televisión

n la época en que el general Lázaro Cárdenas era presidente, un joven reportero y novelista, un intelectual de izquierda, viajó a Sudamérica a cumplir compromisos de trabajo. El escritor se llamaba José Revueltas. Uno de sus trabajos, recuperado por algún diplomático mexicano en Perú, descubrió que los mexicanos más populares y exitosos en América del Sur eran en ese orden: Lázaro Cárdenas, Vicente Lombardo Toledano y Cantinflas. Los tres son explicables en el contexto de esos tiempos. Cárdenas llevaba a la Revolución Mexicana a su punto más alto, nacionalizaba los medios de producción y tenía una postura política inteligente y acorde con los difíciles términos a los que conducía al mundo el ascenso impetuoso del fascismo. El segundo era un combativo marxista-leninista que creaba organizaciones políticas para frenar en América Latina el avance de la reacción favorable al nazismo. Era, además, un hombre cercano a Cárdenas. Bueno, Cantinflas era ya el cómico famoso que muchos imaginaron superior a Chaplin.

Traigo la nota de Revueltas a colación porque hemos descubierto que el mexicano más famoso en los tiempos de la globalización no es ningún líder político, sino Chespirito. Así como Pepe Revueltas descubrió la amplia popularidad de Mario Moreno, me ha tocado, no una, sino cien veces enterarme que el Chapulín Colorado es más célebre que Octavio Paz, Vargas Llosa o cualquier líder social destacado. Hace un año fui a Buenos Aires a la Feria del Libro. Un taxista celebró mi nacionalidad porque en México teníamos al más grande de todos, al citado actor de televisión y cine. Su muerte fue noticia internacional, apareció entre las notas destacadas de los medios del planeta. Los conmovió. En Argentina, España, EU, Reino Unido… presidentes, ex mandatarios, Maradona, Alan García e infinidad de figuras externaron su dolor.

Al parecer, según me entero, su fama era impresionante. Cuando abrió su cuenta de Twitter, tuvo una reacción inmediata de 170 mil respuestas. El Chavo del 8 tuvo una audiencia continental de más de 350 millones de personas y sólo en 1975, su rating era de 60 puntos, algo insólito en la TV mexicana. Sus programas se repetían por todos lados. En Italia, Rusia y Angola, naciones muy diferentes y todas distantes de México. Llenó el famoso Luna Park de Buenos Aires y fue velado en el descomunal Estadio Azteca, donde unos 40 mil asistentes externaron su dolor, el de un país que vive no de milagro, sino del espectáculo televisivo. Pocas celebridades han tenido tanta popularidad, ni contado con el abrumador apoyo de una poderosísima empresa televisora.

Chespirito no era brillante, sino trabajador, tampoco era muy ingenioso y sus frases son repetidas por todos. Era un hombre cordial y amistoso, lo traté en la Sociedad General de Escritores de México. Para su inmensa fama, podemos decir que era un hombre sencillo. Sus logros eran amables refritos mexicanizados de grandes humoristas o influencias de los lugares comunes de la comicidad mexicana que se originó en las carpas y la televisión y el cine tomaron como suyos. Solicitó préstamos al Gordo y el Flaco, a Chaplin, Cantinflas y a multitud de talentosos cómicos. Políticamente simpatizaba con el PAN y le dio su apoyo abierto a Vicente Fox. En la SOGEM supe que su plática era amable y graciosa. He sido reacio a mirar televisión mexicana, sus valores me repugnan.

Nunca dejará de asombrarme y hasta de provocarme envidia su popularidad. Lamento su fallecimiento, como he lamentado los de otros mexicanos, amigos o no. Su fallecimiento casi fue asunto de Estado y tragedia nacional. Si la muerte de jóvenes mexicanos y la desaparición de estudiantes en Iguala hubiera conmocionado al mundo como lo hizo la de Chespirito, sin duda ya tendríamos a los asesinos y podríamos decir: “Todos somos Ayotzinapa”. Pero está visto, a juzgar por el dolor planetario, que, a cambio, “Todos somos Chespirito”.

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