Tantadel

diciembre 10, 2014

Luis Herrera de la Fuente, el arte universal

Hace ya algunos lustros, por razones de afinidades culturales, formamos accidentalmente un grupo que se mantuvo hasta que muchos de los integrantes comenzaron a fallecer. Lo integrábamos Luis Herrera de la Fuente, Andrés Henestrosa, Griselda Álvarez, Sebastián, Bernardo Ruiz, Carlos Montemayor y yo. Juntos asistimos a diversos actos artísticos: una mesa redonda sobre literatura, artes plásticas, o presentaciones de libros. Obvio. También hacíamos vida social. La gran figura era sin duda Herrera de la Fuente.

En la UAM-X edité un hermoso libro, por su contenido y por su digna presentación, de Herrera de la Fuente. La obra contiene agudos aforismos de Luis y pronto se agotó. Adelante, me entregó una nueva serie y decidí ponerlos juntos. Se llama Notas falsas. El prólogo me correspondió hacerlo y allí escribí insistiendo en que el músico también dominaba las letras. Luego redacté multitud de páginas sobre sus dos facetas. Me ligaba a su persona y su talento, una lejana admiración y una estrecha amistad. He recordado lo que significó para mí el primer disco que le escuché: dirigía la Sinfónica Nacional y allí estaban obras cumbres de la música sinfónica mexicana, enriquecidas por la batuta de un hombre excepcional. Más adelante, las vueltas de la vida me permitieron conocerlo personalmente y disfrutar su conversación llena de inteligente cultura y salpicada de fina ironía. No pocas veces estuvimos en la mesa de conferencias para presentar libros suyos, sobre Sebastián o míos. Esto, aparte de mostrar su faceta de hombre generoso, manifestaba una sólida preparación literaria y artística en general. Alguna vez, en un programa radiofónico, lo interrogué: ¿De dónde, Luis, tu prosa tan bien trabajada, tan literaria? Su respuesta fue sencilla: Antes que músico quise ser escritor, ésa fue mi primera vocación.

Vi a Luis Herrera de la Fuente más rodeado de literatos que de músicos. Su amistad con el poeta Rubén Bonifaz Nuño, por ejemplo, era, aparte de antigua, cálida. De este modo, respondiendo a esa vocación inicial, dejó momentáneamente la música para satisfacer su pasión de escribir. Luis ha escrito no sólo artículos agudos y ensayos brillantes, sino también obras autobiográficas, libros que nos permiten ver de cuerpo entero al músico, al artista, al hombre irónico, al analista de su tiempo, con una enorme capacidad para distinguir lo negativo de lo positivo, lo hermoso de lo desagradable. Es, lo he puesto en otras palabras, un hombre cuya presencia enriquecía. Con exactitud precisé: Cada encuentro con él es una lección, una serie de enseñanzas poderosas que no se halla en la academia. Admiro su música y su extraordinaria sensibilidad, una inmensa sabiduría, su fortaleza usada para maravillarnos y todo aquello que implica existir en el sentido que Pavese concibió en El oficio de vivir: su música, su literatura, en esencia, su pasión por lo más hermoso de lo humano.

Su muerte me conmovió a pesar de que sus amigos y familiares la podíamos anticipar. Sin Victoria, su sensible y aguda esposa, Luis se aferraba a la música. Pensaba en dirigir nuevamente. Hace poco más de un mes le llamé para invitarlo a la entrega de la Medalla Bellas Artes del INBA. Me dijo, no será fácil ir en silla de ruedas. No insistí. Yo estuve cuando le entregaron la correspondiente por sus grandes logros en el campo musical. Quedamos en comer juntos en compañía del excepcional barítono Roberto Bañuelas, amigo común.

Luis ha muerto y siento una tristeza infinita. Casi al mismo tiempo falleció el notable historiador Silvio Zavala, a quien asimismo mucho admiré y quien colaboró conmigo en el viejo suplemento cultural El Búho. Fue uno de los brillantes polemistas cuando conmemoramos el quinto centenario del descubrimiento de América. Si a don Silvio Zavala lo conocí como historiador y decidido defensor de la belleza de la capital, a Luis Herrera de la Fuente lo vi siempre como un soberbio músico que le puso a las palabras un delicado ritmo musical.

Ambos dejaron un rico legado a México. Nos corresponde mantenerlo vivo.

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