Tantadel

diciembre 26, 2014

Nuestras letras en Europa

Hace unas cuatro décadas en Europa sabían de los latinoamericanos, hablo de literatura porque ya Rivera y Frida anticipaban su reputación internacional y era fácil encontrar autores nuestros de alto rango: Rulfo, Fuentes, Donoso, Cabrera Infante, Borges, Carpentier, Vargas Llosa, Sabato, Lezama Lima, Cortázar y algunos más de los que llamaban, merced a la agencia literaria de Carmen Balcells, el Boom latinoamericano. Fue un extraño momento para América Latina, soberbio. Al fin casi masivamente sabían de nosotros, pues en España había un vacío provocado por el franquismo.

Con el tiempo, muchos de ellos afianzaron su reputación: García Márquez y Vargas Llosa obtuvieron el Nobel, que antes habían conseguido Neruda, Asturias y Gabriela Mistral. Pero eso no nos hizo entrar a los grandes mercados europeos, salvo por temporadas. Leñero me dijo en 1965 que en Europa y Estados Unidos éramos objeto de curiosidad exótica, no de estudios y reflexiones atentas.

Ahora descubro que sus palabras fueron proféticas. He buscado inútilmente obras de latinoamericanos, y apenas he hallado obras desde luego de Borges y García Márquez. No es fácil hallar algo más allá de Isabel Allende y si acaso de Laura Esquivel, como me sucedió en Dinamarca y en Finlandia con esta última.

Recuerdo mejores tiempos en que Paz estaba en las librerías francesas y españolas. Hoy, al menos en Italia, no lo vi, a pesar de tantos festejos mexicanos. En Venecia una señora curiosa me dijo: Habla español, ¿de dónde es? De México, respondí. Ah, ustedes si tienen cultura, mi esposo y yo amamos su país. Era de Nicaragua y se refería a la soberbia parte prehispánica. En Milán, en la Scala, durante una memorable presentación del virtuoso pianista Daniel Baremboin, me tocó al lado una persona preguntona. ¿Es usted músico? No, escritor, dije con estúpida pedantería. No tenía ni la menor idea de qué artistas había en ese enorme continente de más de quinientos millones de habitantes. Solo que Baremboin tocaba sonatas de Schubert y que había nacido judío en Argentina.

Me llama la atención que la globalización hecha básicamente a través de los medios de comunicación nos llene de información de escaso relieve. A cambio han desatado el nacionalismo. Me asomo a mi correo y tengo cientos y cientos de mensajes donde me hablan de problemas nacionales, muy locales y ninguno de Israel y sus brutales agresiones a Palestina, de la histeria occidental desatada por Corea del Norte o de un Oriente Medio abrumado por las fuerzas militares de EU. Recuerdo que hace cuatro décadas existía algo que se llamaba solidaridad internacional. Hoy apenas existe y la promueven los locales de cada país con problemas graves. En ocasiones los organismos internacionales y raramente encuentran repercusión.

Pero volvamos a la literatura. Sé que José Agustín, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y Carlos Fuentes están traducidos a varias lenguas, no los hallo cuando salgo de México. A cambio me topo con libros de García Márquez y sobre todo de Borges en distintos países, a nadie más. Hay best-sellers a montones, los que uno halla en cualquier Sanborns, la mayoría provenientes de autores norteamericanos de mala calidad. Es raro toparse con algo de talento. En Roma, en la casa Feltrinelli, antaño hogar de muchos latinoamericanos, hoy solo vi a Borges traducido al italiano, en español y en versiones bilingües. Me alegro mucho. Siempre lo admiré desde que en el bachillerato, en 1960, mi maestro de literatura, Fausto Vega, me hablo de él y de su inmenso talento. Cuando los cubanos lo excomulgaron, yo seguí fiel a sus libros. Los he coleccionado en cuanta lengua lo hallo. Tengo ediciones bellas y raras. Cuando lo vi dos veces en Buenos Aires en 1971, me sentí doblemente subyugado por su genio y sensibilidad literaria, por su fino sentido del humor.

Bueno, es lo que se me ocurrió escribir estando en Italia, donde se supone que aparecerán unos cuentos míos cuyo destino es en verdad incierto.

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