Tantadel

diciembre 12, 2014

Silvio Zavala, la historia como pasión

Comenzaré como es usual por el principio, es un lugar común con algún encanto: conocí al doctor Silvio Zavala en París, yo trataba de hacer el doctorado en Ciencias Políticas y él era  un luminoso historiador y embajador de México en Francia. Por razones administrativas personales, lo traté un poco. Su prestigio era inmenso y su obra, seria, profunda y amplia, desbordaba inteligencia y cultura. Era en esos momentos la antítesis de doña Eulalia Guzmán, la estudiosa que encontró los restos de Cuauhtémoc en una apasionada investigación que aún quienes no estaban de acuerdo con su hallazgo y lo negaron, como Arturo Arnaiz y Freg, reconocían su talento y tenacidad. Zavala por su lado, era visto como un historiador que no estaba de acuerdo con la leyenda negra que siempre ha pesado sobre los españoles al llevar a cabo la conquista y la brutal colonización.

En 1984 recuperé la relación con mi maestro el doctor Carlos Bosch quien fue alumno de Silvio Zavala y lo fue en la época en que el discípulo respetaba profundamente al maestro e iniciamos una hermosa amistad. Me rogó que  el trato no fuera de maestro y discípulo sino de pares, algo imposible. Bosch también era dueño de una obra monumental. 

   Durante la rica polémica que se dio en el suplemento cultural El Búho sobre el quinto Centenario, Silvio Zavala intervino con la erudición y sensatez que le fue proverbial. Sus “contrincantes” fueron Edmundo O’Gorman, León-Portilla, Leopoldo Zea, Andrés Henestrosa, quizás Ernesto de la Torre Villar y otros hombres sabios que daban sus puntos de vista de lo que realmente aquel choque o encuentro de culturas significó a la larga. Así que de pronto, Bosch y yo lo visitábamos en su casona de Las Lomas y lo oíamos exponer con brillantez diversos temas. Uno destacaba en esos momentos, la destrucción del Paseo de la Reforma, los pésimos cambios que las autoridades encabezadas por Manuel Camacho, llevaban a cabo con total impunidad. Quiero aquí recordar que Zavala demandó para la Diana Cazadora un lugar adecuado y una base razonable. El entorno debería ser boscoso, como están las Dianas en todo el mundo. El resultado fue una obra que editó, me parece El Colegio Nacional, donde escribía del tema con una impresionante cultura. Durante una visita de Juan Pablo II, en 1990, don Silvio fue designado orador merced a su altísimo rango intelectual. Su texto resultó largo para la ceremonia y lo publiqué íntegro en El Búho.

En el mismo suplemento, y gracias a la relación amistosa con Alejandro Finisterre, pude publicar algunas cartas entre Silvio Zavala y Eulalia Guzmán, ambas figuras jóvenes todavía y en proceso de elaborar sus mejores obras. Fue extraño. El tiempo había llevado a doña Eulalia a una veneración extrema por el mundo prehispánico, semejante a la de Diego Rivera que pintó contrahecho a Hernán Cortés.

El recuerdo que conservo del doctor Zavala es el de un hombre elegante, mesurado y erudito. Su larga bibliografía lo prueba. Carlos Bosch, quien por cierto, murió mucho antes que el profesor a quien le dirigió su tesis doctoral, bordaba sobre sus teorías. Mucho me impresionaba la relación de cariño y respeto que ambos se profesaban. La última vez que hablé con don Silvio, lamentó no poder ir más a Europa a investigar en sus prodigiosos archivos, los largos viajes le fatigaban en exceso. Fue aparte de firme historiador, acaso el mejor de los mexicanos, jurista y diplomático. Murió en este final de año devastador para nosotros, los medios mostraron poco respeto y dieron la noticia como por obligación, no fue velado en Bellas Artes por alguna razón misteriosa para mí. Tuvo una larga vida y recibió, entre muchos otros, el Premio Príncipe de Asturias. Fue un investigador riguroso, severo y una persona cálida y fina.

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