Tantadel

diciembre 07, 2014

Vicente Leñero, un justo

Fue innovador en su periodismo, hizo avanzar a la literatura con novelas, dramas y cuentos.

El poeta Marco Antonio Campos calificó a Vicente Leñero con tres palabras: Es un justo. Yo hubiera dicho ejemplar. Al enterarme de su fallecimiento y recordar su obra y vida, entiendo mejor la expresión deCampos.
Leñero vivió con dignidad y sin aspavientos. Fue innovador en su periodismo, hizo avanzar a la literatura con novelas, dramas y cuentos. No hubo prácticamente género que no cultivara. Dueño de una prosa esmerada y bella supo narrar historias en teatro, novela y diarismo.
Lo recuerdo presentado por José Agustín, ambos trabajaban en la revista ClaudiaLeñero era el director. Tenía pocos libros publicados: La polvareda y La voz adolorida. Pero en 1963, obtuvo con Los albañiles el Premio Biblioteca Breve y con ello, se convirtió en uno de los mejores narradores de México, pese a las críticas severas de algunos, Emmanuel Carballo, entre otros. Generoso con aquellos que se acercaban en busca de consejos, le mostré algunos cuentos y las primeras páginas de una novela. Seleccionó un relato y lo publicó. Nunca le dije lo feliz que fui al ver mi historia publicada bajo sus órdenes.
Tengo algunos recuerdos de esa época, incluso una larga entrevista que le hice para El Nacional, hace lustros desaparecido. Sus pláticas eran discretas pero tenían una profunda sabiduría y un elegante sentido del humor. Alguna vez caminamos por Avenida Juárez, buscaba una antología de cuentos de Luis Leal, donde Vicente estaba incluido. Lo hicimos lentamente. El resultado fue pasmoso, recibí una espléndida clase de literatura de un hombre que no había publicado muchos libros y cuyo éxito estaba por detonar.
De la entrevista que le hice conservo algunas respuestas que vale la pena reproducir más para conocer al ser humano agudo y decente, al escritor, acaso el primero en hacer en México Nuevo Periodismo. “Un autor valioso —no necesariamente un genio— termina publicando tarde o temprano…”. Otra respuesta: “Las ediciones de autor son como berrinches infantiles. Pero tal vez me equivoque”. En el mismo tono expresó: “Nadie rechaza un libro realmente bueno, si está convencido de que es bueno. El editor puede equivocarse, pero equivocarse ‘conscientemente’ obraría contra sus propios intereses literarios y comerciales”.
En este mismo tema, el editor y sus asesores, que Leñero llamaba “identificación literaria”, explicaba que pueden errar por diversos motivos. Y algo que llamó mi atención: “Un escritor que con tal de ver publicado un libro se esclaviza a las ideas ‘geniales’ del editor, es un escritor con más vanidad exhibicionista que talento, un escritor endeble. Pero si su posición ‘intervencionista’ responde a motivos de orientación al autor novel, estoy de acuerdo. La suya es una opinión de un hombre que conoce el terreno literario; es, a fin de cuentas, la de un especialista”.
De aquel diálogo distante (1966) conservo textuales sus palabras sobre la literatura mexicana en el extranjero: “Para Europa somos todavía literariamente pequeños; nuestra literatura es más objeto de curiosidad, de atractivo exótico, que de verdadero interés”. Esto lo probaba con las escasas segundas o terceras ediciones de los latinoamericanos traducidos. Finalmente, dijo: “Para conquistar las letras de molde es necesario escribir bien. Ésa es, en última instancia, la verdadera necesidad, el verdadero fin de un escritor”. Y eso hizo Leñero con cuentos, novelas, obras dramáticas, ensayos, artículos, libros memoriosos, escribir con un estilo elegante y natural. Muy cuidado.
Tuve el honor de ser su editor, publiqué sus trabajos periodísticos iniciales más emblemáticos en dos tomos en el antiguo Instituto Nacional de la Juventud, donde yo dirigía la sección editorial: El derecho de nacer y otros reportajes y La zona rosa y otros reportajes, aparecidos originalmente enClaudia. Ahora en un volumen de tareas periodísticas.
Mucho aprendí de él en breves encuentros, en pláticas cordiales. No he olvidado la aventura que fue leer Los albañilesLos periodistasEstudio QEl garabato. Sus preocupaciones formales contagiaban. Si debo definirlo ahora que ha muerto, revisando su impresionante obra literaria, dramática y periodística, su biografía, Marco Antonio Campos tenía razón, era un justo, dándole al término un sentido místico y literario. La otra pasión fue su familia. Políticamente fue severo, correcto y ajeno a la perversión intelectual, común en México.

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