Tantadel

enero 31, 2014

Lo que jamás pensé ver

El encuentro de Fidel Castro y Enrique Peña Nieto me trajo infinidad de recuerdos. El primero fue una conversación con el general Lázaro Cárdenas que sostuvimos un grupo de jóvenes admiradores de la naciente Revolución Cubana. Lo escuchamos hablar de la solidaridad y apoyo que México tendría que brindarle. El gobierno no hizo gran cosa, pero el hombre que había, en un gesto de arrojo, realizado la expropiación petrolera, llegó hasta La Habana y con el joven Fidel Castro se hizo retratar en el Capitolio isleño. Eso fue en 1959.

Fidel Castro siempre fue cauteloso con México. Aislado, cercado por Estados Unidos y la inmensa mayoría de países latinoamericanos, era la única puerta que lo comunicaba con su propio mundo. López Mateos no rompió relaciones con los cubanos, se limitó a apoyar a la revolución con discursos, mientras cedía espacio a los espías que vigilaban a Cuba y a quienes viajaban o utilizaban al país como tránsito. Más adelante, los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo tuvieron los primeros encuentros con Fidel Castro. El socialismo a escala global crecía. La muerte de Ernesto Guevara y el enorme peso del bloque soviético contribuían al prestigio de Cuba, la que llevaba a cabo acciones de solidaridad con otras naciones más débiles. Fidel vino a México a la toma de posesión de Salinas de Gortari. Ya estaba en peligro la Revolución y en lugar de fomentar guerra de guerrillas por el mundo capitalista subdesarrollado, buscaba la manera de sobrevivir al extenso y largo bloqueo impuesto por EU.

Con el PAN en el poder, Vicente Fox y Felipe Calderón, distintos en más de un aspecto, pero formados en un rabioso anticomunismo, se alejaron de Cuba, hasta entonces más o menos hermanada con México. La torpeza infinita de Fox fue justamente cuando le dijo a Fidel que comiera y se fuera, mostrando su servilismo a EU. Lo que no tomó jamás en cuenta, que en razón inversa a su incapacidad y escasa inteligencia, Castro era un estadista que había lidiado con los más grandes políticos de izquierda y derecha. Al dar a conocer la memorable conversación telefónica, Fox quedó en el mayor ridículo posible.

Pero, entre la mala pasada que la historia le jugó a la Revolución Cubana con el estrepitoso derrumbe del bloque socialista y el glamoroso triunfo del neoliberalismo, Cuba se quedó sola. Para sobrevivir ha tenido que hacer cambios, modificar el rumbo. Para colmo, la edad, la fatiga y las enfermedades se le echaron encima a Fidel Castro. Hoy en día, la añosa Revolución busca soluciones para mantener algunos de sus mayores avances. Las soluciones ya no están en las posturas marxistas sino en el amplio bagaje del capitalismo triunfante.

Es allí donde aparece Enrique Peña Nieto, impetuoso, joven, resultado de un proceso electoral extraño, proponiendo las viejas fórmulas de su paisano Adolfo López Mateos. La receta que desde allí le endilgó a América Latina fue la de la economía mixta, sólo que en el pasado, la parte privada quedaba subordinada a la estatal. La fórmula de Peña Nieto es prácticamente inversa aunque en el discurso se escuche bien y hasta avanzada. La fotografía que se toma con el anciano revolucionario, quien diera fieras batallas por el marxismo, es terrible. La elegancia del mandatario mexicano contrasta con la vestimenta cómoda, de tipo deportivo, del legendario combatiente.

La de ambos es la fotografía del mundo de hoy: el soberbio capitalismo, la arrogante economía de mercado, apabullando al viejo modelo pasado de moda. En México ni los que se dicen de izquierda en estos momentos romperían una lanza por defender al hombre que lleva 50 años en el poder. La historia suele ser dura.

Cambiando abruptamente de tema, quiero desde estas líneas, pedirle valor a mi amigo el periodista Rafael Luviano, quien yace hospitalizado, víctima de cáncer. Con Rafael estuve en Excélsior, trabajamos en la vieja sección cultural y más adelante en el suplemento cultural El Búho. Ahora que requiere ayuda de sus camaradas, pocos le apoyan, incluidos aquellos para los que trabajó eficazmente en calidad de comunicador social. Hablo del PRI del DF, donde Luviano pasó algún tiempo bajo las órdenes de Cuauhtémoc Gutiérrez. Es triste ver que los periodistas podemos ser desechables. Tenemos alguna utilidad para el poder y todo marcha, pero si se cae en desgracia, entonces basta con un portazo en la nariz. Espero que mi buen amigo Rafael Luviano encuentre apoyo y pronto se restablezca de su penosa enfermedad. Por lo pronto es una lección más de la bajeza de la política mexicana, claro está a menos que uno sea muy famoso. El PRI capitalino que jura recuperar la ciudad de México, da una buena muestra de lo que realmente es: un partido con mala entraña y en manos lamentables. No cabe duda, lo mejor es mantenerse lo más distante posible del poder, claro está, a menos que se trate de aduladores profesionales.

enero 29, 2014

José Emilio Pacheco

A José Emilio Pacheco lo vi por última vez hace unos cuatro meses durante un homenaje que la Fundación Sebastián le hizo a varias personalidades de la cultura, a Cristina Pacheco entre otras. Me correspondió hablar sobre la carrera de la distinguida periodista. En consecuencia, optamos por sentarnos los tres juntos. Hacía tiempo que no conversaba con José Emilio Pacheco. Lo hicimos largamente, antes y después de la entrega del galardón a su esposa. Tocamos infinidad de temas. Pacheco estaba, como lo vi siempre, de buen humor y con su habitual inteligencia y cultura. Como hacemos frecuentemente los mexicanos, al despedirnos quedamos de vernos lo más pronto posible.

Exactamente no recuerdo cómo nos hicimos amigos. Mi memoria arranca en 1962, cuando Edmundo Valadés y José Emilio fueron jurados de un concurso de cuento universitario y premiaron un cuento mío que más adelante, por recomendación del segundo, fue incluido en dos antologías internacionales. Luego hubo una llamada telefónica suya para invitarme a hacerle una entrevista a José Agustín, que iniciaba su impetuosa carrera literaria. Mi amigo no era tan famoso y pocos lo conocían. Yo era el adecuado para entrevistarlo para el suplemento fundado por Fernando Benítez. Hago un esfuerzo mayor y lo veo frente de la Alameda, dispuesto a entrar a una vieja sala de conferencias ya desaparecida. Platicamos sobre poesía. Deslumbraba. Era un sabio y un hombre generoso y permitía que le robaran su tiempo, tiempo siempre literario. Comencé a visitarlo. De pronto me topaba con Cristina, quien corría de un lado a otro arrancando su formidable periodismo.

Luego estuvimos un puñado de veces durante la formación del diario Unomásuno, encabezado por Manuel Becerra Acosta. Cuando iniciamos las tareas en ese diario, José Emilio había quedado finalmente en la revista Proceso, de Julio Scherer. Allí hizo un periodismo agudo, erudito, perfecto; ingenioso, por añadidura. Al final ponía únicamente JEP. La columna se llamaba “Inventario”.

Más que vernos a través de citas, yo tenía la fortuna de encontrarlo en reuniones, conferencias, mesas redondas y en un sinfín de actividades culturales. Me gustaba platicar con él, era mucho lo que se aprendía. Me llamaba la atención que siempre viera el lado positivo de las personas y los hechos.

Comencé a leerlo mucho antes de conocerlo. Me llevaba sólo dos años de edad, pero su literatura era magnífica. Sus cuentos perfectos, sus novelas impecables, su poesía hermosa y profunda. Ello lo condujo a ganar todos los premios y reconocimientos imaginables, dentro y fuera de México. Lo menos conocido o tal vez menos comentado es su periodismo cultural: pero fue de excelencia. Imagino que pronto lo tendremos recopilado y podremos observar cómo, en efecto, la literatura y la información pueden mezclarse y arrojar resultados mágicos.

El domingo, mientras José Emilio Pacheco agonizaba, yo estaba en la Sala Manuel M. Ponce, en una ceremonia dedicada al primer aniversario del doloroso fallecimiento de Rubén Bonifaz Nuño. Alguien comentó que Pacheco estaba muy grave a causa de la caída sufrida, todos pensamos que se repondría. Cuando la ceremonia dedicada a Rubén concluía, llegó la noticia vía electrónica de su muerte. Vi caras largas, dolor, escuché comentarios adoloridos. El resto es historia triste.

Tengo la impresión de que José Emilio supo llevar una vida intachable, no le conozco enemigos ni críticos. No era frecuente que circulara por salones y tertulias literarias. Era un hombre de gabinete, que pasaba días y semanas y años leyendo y escribiendo. Nos hereda títulos memorables. Deja, asimismo, una presencia bondadosa y respetable. No hay muchos escritores como él: dedicado a lo suyo, a redactar libros estupendos.

La vida no fue del todo justa con él: morir a los 74 años, en estos tiempos de ciencia avanzada, resulta una anormalidad. Con diez años más de vida pudo darnos novelas, cuentos y poemas como los que solía hacer: perfectos, impecables.

Su generación fue notable: Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Salvador Elizondo… Todos un poco mayores de edad, pero en cuanto a la perfección de sus páginas, es posible que ninguno haya sido como él: nació para las letras.

Alguna vez, Héctor Anaya tuvo la humorada de hacer un concurso en El Búho, cuando estaba en Excélsior. Se trataba de buscar al “culto más culto de los cultos mexicanos”. Los lectores eran los votantes. Luego de un par de meses, el gracioso concurso llegó a su fin: José Emilio Pacheco ganó con facilidad. Cuando supo del concurso, sonrió y nos preguntó si no hubo fraude. No, lo ganaste limpiamente.

Si alguien me preguntara qué obra me gusta más de Pacheco, no sabría qué decir: Los elementos de la noche, El principio del placer, Morirás lejos, Las batallas del desierto, La arena errante, No me preguntes cómo pasa el tiempo… Como Alfonso Reyes, Pacheco hizo una obra no tan abundante, pero perfecta. No hay caídas. El rigor siempre lo puso a salvo de los tropezones. Pienso que desde muy joven, José Emilio era un autor clásico, uno de los imprescindibles, quizás a pesar de su sencillez y modestia. Como otros, pudo tener poder político. Lo desdeñó. Creía en la fuerza y belleza de la literatura.

enero 27, 2014

¿Desaparecerá el Museo del Escritor?

En días pasados descubrí que el Museo del Escritor, situado en el hermoso Parque Lira, estaba semicerrado, rodeado de obras para mejorar los jardines. Nadie me avisó. El Museo a veces está cerrado, otras no, carece de vigilancia adecuada y no existe mantenimiento de ninguna clase. Es normal, fue trabajo de la anterior administración, ¿para qué apoyarlo? Los objetos están llenos de polvo de cemento y los sillones manchados. Me irritó saberlo por unos periodistas y no por las autoridades. Escribí mi malestar en FB. La reacción fue inmediata. Los usuarios llenaron mi muro con comentarios y muestras de franco apoyo. Excélsior hizo un espléndido reportaje ilustrado, entre otros, Ricardo Alemán y Juan Carlos Abreu tuitearon la información, algunos blogueros aportaron datos, fotos y dieron sus puntos de vista. Las autoridades de la delegación Miguel Hidalgo me llamaron para decirme que buscarían una solución. Poco después lo hizo Eduardo Vázquez, secretario de Cultura del DF. Hablamos del problema y a grandes rasgos le conté la historia del museo. Dijo que me llamaría para conversar el asunto. Sigo esperando su telefonema o correo electrónico.

Periodistas como Andrea Cataño Michelena, en El Sol de México, y María Luisa Mendoza, en Excélsior, escribieron sendos artículos sobre el caso. Algo me llamó la atención, en estas páginas de La Crónica, el pasado 22, en la sección “Buzón”, el doctor Xavier Gutiérrez, como padre de familia, envió una inteligente carta al jefe delegacional de Miguel Hidalgo, para expresar su irritación porque llevó a sus hijos al Museo del Escritor y lo encontró cerrado. Su malestar estaba bien fundamentado, es un padre culto que desea que sus hijos sean cultos. Del otro lado ve la indolencia de las autoridades.

Me parece que todo este ruido pudo ser evitado. ¿Cómo? Si a Romo no le interesa la cultura, bueno, tenemos un comodato amigable y según dice puede ser cancelado por cualquiera de las dos partes firmantes. La otra es más simple, que me hablara para decirme que para remodelar el Parque Lira, el Museo del Escritor tendría que ser cerrado y desde luego proteger su acervo. ¿Falta de tacto, de experiencia? Lo mismo le ocurre a Miguel Ángel Mancera, a quien personalmente le entregué el proyecto de ampliación del museo, o al flamante secretario de Cultura capitalino. ¿Tengo que ser Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska para que apoyen una propuesta ciudadana? Por desgracia, soy ajeno a todos los partidos. En rigor sólo pido un comodato para tener prestado o alquilado un lugar dónde llevar a cabo un proyecto ambicioso ya hecho. Le falta el sitio para poner la biblioteca y los talleres de cuento y poesía para quienes desean ser escritores.

Alguien me recordó el extraordinario día de la inauguración (las fotos reaparecieron en las redes sociales). Quien tuvo a su cargo la apertura del Museo del Escritor fue el doctor Salvador Vega y León, a nombre de la UAM, entonces rector de la Unidad Xochimilco. Ahora es el rector general de la distinguida universidad. En su discurso, Salvador Vega y León dijo: “Nuestra casa de estudios abierta al tiempo tiene un alto compromiso de fomentar el interés por la cultura y el arte, manifestaciones del pensamiento y el espíritu humano que por razón natural debe llegar a todas las personas… Nos congratulamos que en este espacio se inaugure el Museo del Escritor… Sabemos que es un proyecto por el que han luchado muchas personas… Este grupo de escritores, pintores, músicos y actores, desde años atrás, han tenido interés en crear un espacio vivo del escritor”.

El ahora rector general de la UAM prosiguió ante cientos de escritores, intelectuales, periodistas y estudiantes: “Sabemos que la base bibliográfica está conformada por más de 20 mil libros del acervo particular de René y más de 900 primeras ediciones de autores internacionales, principalmente latinoamericanos… En este sentido se replantea difundir la cultura y sobre todo el sueño de recuperar valores y utopías”. El doctor Salvador Vega y León concluyó precisando: “Es una gran alegría que comparto con todos ustedes, esta voluntad y acto de justicia para el escritor, es recompensada en este espacio, que, estoy seguro, muchos de nosotros disfrutaremos y que servirá de estímulo para nuestros jóvenes escritores. Deseo expresar mi reconocimiento por esta profunda sensibilidad que hoy se le rinde a los escritores”.

Me gustó releer el discurso del rector general de la UAM, Salvador Vega y León, porque refleja el interés de las universidades públicas en la cultura, al contrario de las autoridades del país que parecen cada vez más distantes de los valores fundamentales del país: el arte y la cultura.

Pienso que pasamos malos momentos, que el aparato estatal ve un México que la sociedad no alcanza a descubrir. El gobierno en su conjunto describe una imaginaria cadena de formidables conquistas, nosotros, la sociedad civil, temblamos ante un panorama incierto, donde los medios juegan un papel tortuoso y el Estado tiene un optimismo exagerado, o demagógico, para ser más claro.

El Museo del Escritor no desaparecerá, lo veremos nuevamente, con todo su acervo, sirviendo como escuela de literatos, como una institución moderna e interactiva, en cuanto haya mejores tiempos políticos en México

enero 26, 2014

La obstinada vocación del cuentista

En estos tiempos, los géneros literarios y los periodísticos se han mezclado.

e dice, y con razón, que el cuento es el género más difícil. Algunos críticos han señalado que William Faulkner, por ejemplo, se consideraba a sí mismo un cuentista frustrado o un autor que sabía valorar en su amplia dimensión al relato breve, y algo parecido se cuenta en relación con el novelista Ernest Hemingway, tan necesitado de grandes espacios para contar sus historias. No deja de ser interesante que ambos hayan logrado la perfección con relatos cortos. El segundo con El viejo y el mar, el primero con Miss Zilphia Gant.
Quizá sea necesario ir por partes. Un buen cuento puede ser alcanzado con relativa facilidad, sólo es necesario pulirlo una y otra vez hasta obtener algo notable. Lo realmente complejo es integrar un volumen de cuentos de sostenida calidad. El gran libro de historias breves tiene que estar conformado por siete, nueve o 12 muy buenas historias, enmarcadas cada una por una excelente estructura y una atmósfera intensa. De tal forma, Borges escribió Historia universal de la infamiaTorriDe fusilamientosArreola,ConfabularioRulfoEl llano en llamas; y CortázarBestiario. He aquí lo complejo: crear un libro de cuentos. Mientras que en la novela, el género rey para muchos, se tiene un puñado de personajes y una historia, acaso dos o tres, en el tomo de cuentos hay diez o 13 historias y una estructura para cada una de ellas. Es necesario conservar elementos que unan las historias, aires y ambientaciones, temas y tratamientos. De otro modo, no estamos en presencia de un gran cuentista. Es un escritor que se ha limitado a poner cuentos de diferentes subgéneros: uno policiaco, otro de ciencia-ficción y uno más de amor. En cambio, el que ha sabido trabajar con rigor y vocación logra que haya unidad entre sus relatos. Tal es el gran escritor, el cuentista verdadero.
¿Cuentos o textos?
En los tiempos actuales, los géneros literarios y los periodísticos se han mezclado entre sí mismos y entre ambos con una especial intención: buscar la novedad, la originalidad y una mayor riqueza. En periodismo, la crónica y el reportaje se han enriquecido con la presencia de la prosa narrativa, en ocasiones, con la poética. De esta fusión, toma o mantiene la belleza, pero no así la ficción, la que caracteriza a la novela, al cuento y a la poesía. Los trabajos literarios buscan mayor eficacia expresiva. Por ello, el cuento tradicional se ha resquebrajado al aceptar en su interior desarrollos ensayísticos, párrafos de prosa poética, supresión de diálogos o el monólogo interior como salida al relato habituado a contar en tercera persona o en un yo muy visible. A veces, hay que aceptarlo, el cuento carece de imágenes y metáforas, algo que en siglos pasados se utilizó con frecuencia, entonces de pronto uno siente la presencia del artículo periodístico, de un anuncio redactado para atraer compradores y clientes o de una historia que alguien urdió para terminar sus días en las páginas de un diario o revista.
O se trata de una simple y llana descripción, con frecuencia zoológica. O de una biografía inventada, como en el caso deMarcel Schwob, cuya benéfica influencia es visible enBorges. ¿Cómo llamar a este tipo de trabajos? Juan José Arreola solía calificarlo como textos o les decía varia invención. El caso es que ahora es difícil clasificar una historia. Ya no es la extensión lo que permite la precisión: de tantas páginas en adelante es novela, decían los “especialistas”. Pero y ¿dónde quedaba el relato que superaba las 50 páginas destinadas para ser novela o la historia de una línea, dónde? Lo importante de la literatura es escribir bien, la categorización vendrá después, es parte del trabajo de los críticos.
   En mis muchas historias cortas, no me he propuesto sino contar todo aquello que se me ocurrió, a veces como un ejercicio de literatura automática, otras como un acabado producto de conciencia literaria y reflexión, siempre bajo el influjo de libros, obras plásticas o música. Ignoro si llamarlos cuentos, croniquillas o de plano entrar en la terminología de reciente cuño como brevicuentos, minificciones o microrrelatos; los míos son textos, frases, bromas, ensayos, historias apócrifas, variaciones sobre temas universales, cuentos embozados, varia invención, y como tal, espero su lectura sin buscarles definición alguna, a no ser la de literatura, como lo hizo el inconmesurable Julio Torri.


enero 24, 2014

Algo más sobre Juan Rulfo

Para Joaquín Jiménez, amigo entrañable y colega universitario
Juan Rulfo fue un escritor que desde su arranque deslumbró a críticos y público en general. Joseph Sommers, crítico norteamericano, dijo que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el notable crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca han estudiado a Rulfo, insiste: “...los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le concede universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos. Álvaro Mutis, por su parte, platicó con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer la única novela de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad”. Es, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que aparezca el tema Rulfo. En Buenos Aires, en Coimbra o en París fui interrogado una y otra vez acerca del silencio de Rulfo. Les parecía angustioso, desesperante. En La Sorbonne, el crítico Rubén Bareiro Saguier, de origen paraguayo, me invitó a dar una conferencia sobre el espíritu de Pedro Páramo. Al final, jóvenes literatos franceses me bombardearon con la misma pregunta: ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué podía responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de “Comala”, proponía. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura necia. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Rulfo parecía ajeno por completo a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes buscaron como clave de éxito y poder. Sobre este punto, Emmanuel Carballo, autor de una obra crítica de relevancia en México, ha señalado que la humildad de Juan Rulfo, fingida o verdadera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Tanto en Europa como en su continente, disfrutó de hazañas soberbias: homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. El amor y el respeto de los mexicanos. Tengo la impresión de que alguien que intenta poner distancia real entre su fama creciente y su sencillez y modestia, no permitiría ser fotografiado tan abrumadoramente como él lo toleró, quizás pensando en la posteridad.

Las ventas constantes de Pedro Páramo y de El llano en llamas prueban la veneración de los lectores por su autor. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa ?y esto es algo fascinante? que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, José Hernández. En México elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos. Pero sin duda ya hemos hecho nuestra selección.

Posdata: Argentina, estoy convencido, modificó su criterio: ahora el representativo es Borges.


enero 22, 2014

Diputados: la estafa perfecta

Por décadas, ser diputado fue un premio de consolación, una dádiva, el inicio de una ampulosa carrera política, prueba de amistad con el Poder Ejecutivo, señal de influyentísimo, impedimento para ser detenido por cualquiera de sus excesos o pillerías. Pocas veces hemos tenido verdaderos legisladores por una razón: desde la Presidencia de la República llegaban a la Cámara baja los proyectos y reformas de leyes que los diputados se limitaban a aprobar. Nunca hubo mejores personas para levantar el dedo. La situación política ha sufrido más de una modificación. Los legisladores se han intentado dignificar sin éxito. Al menos no son más los levantadedos que conocimos.

Sin embargo, los seguimos padeciendo. Por lo pronto, tampoco constituyen el mejor ejemplo de civismo, cultura y dignidad. Pelean por su propia hacienda y su derecho de utilizar la curul de paso hacia mejores metas. Si la Cámara de Senadores es discutible, la de Diputados es demencial. Para probarlo, desde hace unos días, ante la indignación de la población y de algunos medios que mantienen el decoro y la dignidad ante el poder, conocemos las pillerías que realizan los diputados panistas para otorgarles recursos adicionales a los alcaldes, lo que no es privativo de ese partido, ya que también lo hacen los perredistas y priistas. También circulan spots donde niños y niñas, la mayoría de origen modesto, en algunos caso de procedencia indígena, van a San Lázaro y con sus caritas sonrientes, felices (actores estupendos), le dan las gracias a una larga serie de legisladores que se han hecho célebres como charlatanes y corruptos (claro, no todos, sólo la mayoría). Si antes los caricaturistas (pienso en el inolvidable Abel Quezada) los dibujaban empistolados, con sombrero, gordos y bigotes estilo revolucionario, ahora a todos se les ve elegantes, dueños de comitivas, camionetas lujosas, escoltas, guardaespaldas y mucho dinero producto de las trifulcas que allí arman, sobre todo los perredistas y los panistas.

Lo que deberían hacer los diputados es nuevos promocionales donde ellos vayan a las comunidades rurales y a las zonas urbanas marginales a pedirles perdón a los explotados, a los humillados y ofendidos: primero por los insultantes sueldos que obtienen y enseguida por su incapacidad para resolver los problemas nacionales. Pedirnos perdón a todos por la bajeza a la que han llegado sus intervenciones en tribuna, por los escándalos que hacen, porque se desnudan públicamente diciendo que eso es protesta cuando simplemente es prueba de vulgaridad y mal gusto, porque se lían a golpes entre ellos y se mientan la madre sin empacho, quizás como prueba de que no la tienen.

De nuevo uno se pregunta: ¿cuánto habrán gastado los diputados en esos anuncios canallescos, donde tergiversan las cosas? Si hay algunos avances en México, es su trabajo, solucionar los problemas, crear leyes que nos ayuden realmente a sortear los muchos baches que padecemos. Para eso les pagamos, y muy bien. Vivimos en un país costoso donde los servicios y los impuestos son muy elevados y los salarios ridículos, una nación de muchos multimillonarios y millones y millones de pobres. Entiendo que cientos de esos legisladores (que van y vienen, probando que sí hay reelección, aunque no sea en la misma cámara) están ya cerca de los muy afortunados y que por ello tendrían que ser menos prepotentes y no tan demagogos.

Insisto. No puedo creerlo. Las fotos muestran niñas y niños satisfechos, gozosos, agradeciéndoles a soberbios hombres y mujeres que pasan allí plácidamente la vida, y se ufanan de todo lo que les debemos los mexicanos. Vaya cinismo. Ni siquiera tienen sentido autocrítico y eso sí, una enorme capacidad para la demagogia.

Las muchas comisiones de derechos humanos en lugar de salvar a los marchistas, los manifestantes, los que invaden el DF para destruirlo y trastornar la vida de millones de personas, llenarnos de basura, desquiciar el tránsito y demás calamidades que les parecen hechos valiosos y democráticos, deberían reflexionar en las atrocidades que los legisladores llevan a cabo al contar con recursos ilimitados, todos provenientes de los que sí pagamos impuestos y además los padecemos.

No sé quién creó una frase célebre sobre esta nueva “clase social” que poco o nada tiene que ver con los constituyentes, por ejemplo, de 1917, yo se la escuché al político Jesús Salazar Toledano: Uno llega a diputado, el cargo dura tres años y la vergüenza siempre. Y ahora, si se aprueba su reelección, estarán apestados de por vida. Cuando llegué a Ciencias Políticas de la UNAM, los humoristas solían repetir una frase asimismo de autor desconocido, pero vox populi y acertada por completo. A la pregunta qué es lo ideal para vivir bien y tranquilamente, respondía la gente: Niño en la Unión Soviética, estudiante en París y diputado en México.

Vaya paradojas de la vida nacional. Ese tema merece una larga reflexión aparte. Por ahora sigamos yendo a la Cámara de Diputados, niños y adultos, para agradecerles el pasmoso número de mexicanos trabajando en EU, la terrible miseria del campo, los cinturones de miseria alrededor de las urbes, el ambulantaje, las marchas que oprimen a ciudadanos pacíficos, los bajos salarios y la permanente inflación, sus pleitos de pésimo gusto, sus discursos de raquítico nivel intelectual y su gusto por la buena y placentera vida. Me equivoqué: en lugar de profesor universitario, debí ser diputado, senador, asambleísta y luego a comenzar de nuevo: diputado, senador…

enero 20, 2014

Snowden, héroe para unos, traidor para otros

En mi concepto, el norteamericano Edward Snowden es un hombre valioso que de pronto cobró plena conciencia de su poder y decidió ayudar a todos aquellos millones de personas e instituciones que son vigilados por EU y que en el fondo son víctimas de las perversiones de los presidentes norteamericanos, tan proclives a hablar de libertad, democracia y justicia y siempre son exactamente lo contrario. Las esferas oficiales detestan a Snowden porque las exhibió, mostró su peor rostro. Son capaces de llegar a extremos de espiar a sus propios aliados. Carecen, para decirlo rápidamente, de dignidad y decencia. Han eliminado poblaciones nativas de América y han invadido, sin ningún pudor, países débiles y mal armados. EU es un imperio brutal que tiene apariencia de cordero. Snowden se limitó a dos cosas: exhibir las perversiones norteamericanas y advertirle a la humanidad de los riesgos y peligros de las nuevas tecnologías, algo que intuyen desde el principio los jóvenes usuarios de telefonía y computación.

Según el gobierno norteamericano, Snowden “robó” 1.7 millones de documentos secretos de inteligencia. Muchos de ellos los ha dado a conocer, otros seguramente no en espera de utilizarlos como protección. Es considerado un peligro y lo quieren aprehender. Sin duda su vida está amenazada de muerte.

Lo que hizo Snowden es un acto de decencia, no le era tolerable ver toda aquella información perversa y no ponerla en manos de los afectados. El escándalo ha sido mayúsculo. Los más importantes congresistas norteamericanos consideran que las filtraciones han puesto en riesgo a EU. Con todo rigor, el riesgo ha sido evitado con el conocimiento de tales documentos y los distintos casos de espionaje en Francia, Alemania, Brasil y México, por citar un puñado de naciones observadas.

Pero lo que ha hecho Snowden es solamente anticiparnos la monstruosidad: ya tenemos un Big Brother vigilándonos a cada país, a cada institución, a cada persona. Carecemos de privacidad. El colmo era la ignorancia del mundo, es realmente una modesta aldea supervisada por una potencia. En México, las autoridades del aparato judicial capitalino intentaron ayudarme a superar la extorsión que una familia trataba de hacerme. Una joven, Tania Martínez Su, que trabajaba a distancia con mi revista virtual, El Búho, decidió demandarme para obtener algún dinero extra. Su cuñada y abogada Lizet Sentíes, que trabaja en esa área, la ayudaba. Mi abogado cayó en una trampa de ambas mujeres corruptas y perdí el caso. Lizet es abogada y aprovecha el empleo en la Junta de Conciliación y Arbitraje, la que usa para allegarse recursos adicionales. Para mitigar el peso de la demanda, me sugirieron que la contrademandara y para ello necesitábamos probar que no trabajaba directamente en las oficinas de la publicación. Fue fácil. Ingresamos a Facebook y allí estaban docenas de pruebas de que Tania, que decía entrar a las 8 de la mañana y salir a las siete de la tarde, vivía tranquilamente en Querétaro: sus mensajes y pláticas probaron largamente que hacía una vida normal sin moverse de su casa. Ahora que lo recuerdo, me pregunto: ¿hasta dónde podemos llegar a enterarnos de cualquier gente tan sólo a través de las redes sociales? Sabemos que en nuestro país se graban conversaciones, intervienen teléfonos, redes sociales, computadoras… Nadie está a salvo. Cada persona, por modesta que sea, carece de secretos. Siempre estará sujeta al Big Brother, tal como lo anticipó Georges Orwell en esa terrible novela que es 1984. La cifra que han dado a conocer los medios mexicanos al respecto es realmente aterradora. Pocos se salvan de la vigilancia, de la intercepción de sus telefonemas o de sus correos. Desde mi computadora puedo perfectamente ver cualquier casa, ¿qué no hará el Estado?  

Por eso Snowden se reivindicó ante sí mismo y ante el mundo y decidió advertir del poder y del pésimo uso que algunos países le conceden a las nuevas tecnologías. Hoy los enemigos de EU representan un peligro mínimo. Desaparecida la Unión Soviética y el bloque socialista, sus enemigos sólo pueden hacerle daño a través de acciones suicidas en nombre de Alá y de las miles de víctimas palestinas o iraquíes. Esto es algo que fácilmente podría desaparecer si EU deja de jugar al severo policía mundial, sobre todo si deja de someter por la fuerza a los países que se oponen a seguirle el juego. No puede continuar jugando al líder del mundo, imposible que nos digan qué hacer y qué no. Es tiempo de permitir que cada país siga el rumbo que le parezca necesario siempre y cuando no agreda a sus vecinos. En todo caso, allí está la ONU, y aunque está bajo control norteamericano, bien podría fingir que se preocupa por los excesos de la Casa Blanca, la CIA, el FBI y demás corporaciones belicosas yanquis.

   Supongamos que al fin EU logra extraditar a Snowden y lo encarcela o lo mata. El daño está hecho, como le pasó a Putin con el caso de las Pussy Riot. Otros técnicos aparecerán y obtendrán información clasificada y la darán a conocer. Por otro lado, nadie ignora quiénes son los norteamericanos. ¿Para qué seguir jugando el papel de los buenos, cuando ellos son los malos de la historia?

enero 19, 2014

El dictador como tema literario

Esas novelas son de sobra conocidas o en su tiempo fueron muy leídas.


Cariñosamente para Aurora Ocampo y su Diccionario de Escritores Mexicanos
Si el dictador daña a las naciones que lo padecen, a la literatura la enriquece. De lo contrario, Shakespeare jamás hubiera escrito Julio César, trágico proyecto de perpetuación en el poder antes de caer acribillado a puñaladas. Asesinado, dice Bruto, no por quienes no lo amaban, sino por aquellos que amaban más la libertad de Roma.
América Latina es todo un caso. Algunos de sus más significativos narradores han recurrido al dictador para hacer obras de arte. El español Ramón del Valle-Inclán fue pionero en 1926 con Tirano Banderas. Otros partieron directamente de nuestro continente. Rafael F. Muñoz, con Santa Anna, el dictador resplandeciente (1938), inicia una saga de libros sobre el mayor villano que México ha padecido. Más adelante aparecerían El señor presidente, de Miguel Ángel AsturiasEl recurso del método, de Alejo CarpentierEl otoño del patriarca, de Gabriel García MárquezYo el Supremo, de Augusto Roa BastosOficio de difuntos, de Arturo Uslar Pietri; y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. La lista no es exhaustiva. Cito las cumbres del tema.
Habrá que precisar que el 68 es una tragedia que mueve más a periodistas que a literatos y algo más: Díaz Ordaz no era un dictador rotundo, como lo fueron quienes inspiraron las obras citadas. La tiranía estaba en el sistema que, en mi novela, El gran solitario de Palacio, es una suerte de personaje fantástico: cada seis años cambia de físico y personalidad, nombre y proyectos políticos. Es el despótico sistema político mexicano. Un gatopardismo perfecto: todo sufría una metamorfosis para quedar exactamente igual. 
Imposible comparar las novelas de dictadores entre sí, sólo las une el rechazo a la falta de democracia, la necesidad de libertad y la posibilidad de contribuir a la crítica del poder absoluto. En cuanto a la forma, son muy diferentes, cada uno de los narradores mencionados buscaron su propia estructura y se dejaron llevar por el estilo adquirido. Esas novelas son de sobra conocidas o en su tiempo fueron muy leídas y comentadas.
Dentro de dichas novelas, me gustaría rescatar la del venozolano Arturo Uslar PietriOficio de difuntos, Seix-Barral, 1977. Narra la vida de Aparicio Peláez, un hombre que busca la primera magistratura. Obtenida, sólo se la arrebatará la muerte. La novela comienza por el final. Con la muerte del general Peláez que ha gobernado por 30 años. Hay duelo colectivo. El país está incierto, como estuvo la Unión Soviética al morir Stalin. Ha comenzado la lucha por la sucesión. Los cambios se avecinan. “Los que habían tenido el poder se iban a convertir súbitamente en débiles y perseguidos, los ricos iban a huir a esconder su riqueza, las casas de los poderosos iban a quedar vacías y gentes inesperadas iban a surgir con duras caras de justicieros a cobrar, a reclamar, a vengarse de tantos años, de tantas esperanzas fallidas”.
El padre Solana, cura blasfemo, poeta afrancesado, conspirador y enamorado, lee a Bossuet buscando un golpe de inspiración para pronunciar la oración fúnebre en el entierro del opresor. En ese momento todo ha concluido, una etapa se ha cerrado, en medio del caos, comienza la historia de Peláez.
Nos enteramos de los complicados mecanismos que mueven al autócrata: apreciamos su ambición por el poder, su brillantez de estratega natural, la facilidad para conocer a sus semejantes, sus pasiones y manipular multitudes.  Junto con la vida del general Peláez vemos la radiografía de cualquier país latinoamericano. Estamos en los orígenes de naciones magníficas que buscaron su identidad a través de caudillos militares y tiranos civiles de toda laya. Los tiranuelos fabricaron proclamas y promesas de orden, libertad y democracia.
Uslar Pietri arrancó a los 25 años de edad con una novela estupenda: Las lanzas coloradas. En México, el Fondo de Cultura Económica editó una colección de sus ensayos, En busca del nuevo mundo. Nació venezolano y llegó a ocupar altos cargos diplomáticos y políticos.
La novela de Uslar Pietri está basada en la vida del general Juan Vicente Gómez, quien gobernó a Venezuela desde 1908 hasta 1935, año en que falleció rodeado de aduladores. Durante algunos periodos, no ocupó la Presidencia (como en México Santa-Anna), pero ejerció el control completo del ejército, factor que garantizaba la subordinación del país. Los autócratas dañaron la salud de las sociedades. Pero no los desdeñemos, engrandecieron el arte.

enero 17, 2014

La corrupta nobleza española

a primera vez que llegué a España, cuando estudiaba en París el postgrado, vivía Francisco Franco, era un anciano que cada tanto reactivaba el entusiasmo anticomunista de la mitad del país. Me tocó escuchar un discurso suyo en medio de una violenta gritería contra los “rojos”. Era el final de la dictadura, pero el terror fascista estaba vivo. La Guerra Civil reapareció ante mis ojos. Pensé en lo atroz que debieron ser esos días, la virulencia de las tropas fascistas y las mortales represalias del franquismo apoyado por las fuerzas de Hitler y Mussolini. Anarquistas y comunistas, separatistas vascos y catalanes recibían violentos castigos ante una opinión pública ya acostumbrada a los excesos del generalísimo Franco. En México, Luis Echeverría protestó inútilmente, del mismo modo que entre 1936 y 1939, el general Cárdenas había apoyado decididamente a la República. Toledo era más que una hermosa ciudad, era el punto de las nostalgias bélicas del franquismo: al no caer en manos republicanas, resultaba un punto heroico y museo fascista. Las esculturas de Franco abundaban y el Valle de los Caídos era y es una vergüenza nacional. Arropado con cartas de republicanos comunistas, como el inolvidable poeta Juan Rejano, busqué a algunos sobrevivientes de aquella guerra histórica, desigual y dolorosa. Todos eran, como los refugiados españoles en México y Argentina, optimistas. Muerto Franco, la república retornaría.

Mientras tanto, el anciano caudillo español, se dedicaba a preparar a Juan Carlos para que a su muerte, la monarquía volviera. Si mal no recuerdo por las noticias periodísticas, el joven veleaba, nadaba, estudiaba artes marciales y rezaba, como parte de una severa formación intelectual.

El resto es historia reciente y bien conocida. He vuelto varias veces a España como turista, como enviado del Partido Comunista Mexicano y en tanto escritor publicado en Madrid. Ante mis preguntas sobre si volvería la república, todos me decían con el aplomo que siempre ha caracterizado a los españoles: Claro, hombre, en España levantas piedras y salen republicanos. Yo no lo veía así, pero confiaba más en sus palabras que en mi conocimiento superficial. Total, por buena fortuna, siempre quedaba entre personas que de ninguna manera eran monárquicos, mucho menos franquistas. Los jóvenes, imagino que no todos, vivían de las leyendas de los heroicos combatientes izquierdistas, fueran comunistas, trotsquistas, los voluntarios que formaban parte de los batallones internacionales o anarquistas. Añado que simpatizante de los reyes, incluidos los Reyes Magos, jamás he sido.

Ahora sabemos que la monarquía española, acaso como las demás, son decorativas, gastan fortunas y le encantan los abusos del poder, los recursos del erario y adoran el dinero fácil de la corrupción. La monarquía castellana no desdeña los escándalos. La hija de los reyes católicos, la infanta Cristina y su marido, disfrutan de incalculables beneficios y abusan de su poder, herencia divina. No se limitan a cometer fraudes y a utilizar recursos públicos para comprar joyas, casas e invertir en empresas de dudosa reputación, como ha informado el diario español El Mundo, centrando su atención en el anillo de bodas que el príncipe Felipe le compró a Letizia, y La Crónica lo ha divulgado en México, sino que su propia majestad Juan Carlos, sale indistintamente a cazar elefantes con armas de alto poder, se fotografía con ellos muertos y conquista mujeres que no resisten su apostura, ante la cautela de su esposa Sofía.

De nuevo algunos medios, intelectuales y amplios sectores de la población se preguntan cuál es el objeto de tener una costosa clase social que ninguna función tiene, salvo la de engordar las páginas de sociales de medios frívolos.

No se trata de hacer el listado, de sobra conocido, de las acciones y negocios turbios de la monarquía española, la inglesa intenta ser discreta, acaso para diferenciarse un tanto o porque los ingleses aparentan mayor sensibilidad. Por lo pronto los catalanes apenas consideran a la monarquía, el discurso de Juan Carlos de fin de año no fue transmitido en ese país, lo pasaron como noticia. Los vascos tampoco se ven muy gustosos con los reyes y los madrileños comprueban muy de cerca los niveles de corrupción e inutilidad de una clase social que debería estar en extinción o asilada en EU, pero que resiste porque algún encanto social debe tener. Las visitas a los sitios reales, en España o en Inglaterra, forman parte muy socorrida de las preocupaciones turísticas.

No sé si al fin España regrese pronto a ser una república, lo que me queda claro es que las monarquías son costosas antiguallas que deben finalmente formar parte de una historia que hace tiempo se agotó. Mientras eso ocurre, sus figuras más prominentes pasean, gastan o hacen negocios indecentes, en un país donde gobiernan los conservadores del Partido Popular o lo hacen los muy progresistas del PSOE. Por ello la sociedad española, estimulada por fracasos económicos y sociales, desarrolla nuevamente su espíritu anti monárquico.

Su majestad Juan Carlos, en tanto, se repone de heridas conseguidas en lides amorosas o en cacerías, de vez en cuando lee mensajes a su pueblo, todos rebosantes de optimismo y felicidad.


enero 15, 2014

El Monumento a la Revolución, again

La doctora Martha Fernández, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, ha escrito libros destacados en defensa de nuestro patrimonio. En este momento me vienen a la memoria dos brillantes reflexiones suyas publicadas en la institución donde labora: el primero fue escrito para manifestar su malestar por las ridículas remodelaciones que ha padecido el Monumento a la Revolución, el segundo por la inexplicable tarea de “limpieza” que padeció el célebre Caballito de Tolsá a manos de oscuros empleados del DF, donde poco vimos las protestas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Su argumentación en ambos casos es memorable, resultado de largas investigaciones sobre la historia de nuestras obras más representativas de la ciudad capital. Como es costumbre, no hubo reacción, salvo la de los lectores y de aquellos que aman al DF. Las autoridades mantuvieron silencio. Obvio: de ellas provenían los daños irreparables.

Después de las sucesivas ocupaciones del Zócalo y la plaza que rodea al Monumento a la Revolución, las autoridades hacen un recuento de los daños sufridos. Son atroces, el funcionario encargado de las reparaciones habló largo y hasta dio precisiones de las pérdidas económicas y los daños materiales que en más de un caso son, podríamos decir, trágicos. Incluso habló de los malos olores que habían quedado en puntos clave de la ciudad que no están preparados para ser convertidos en barricadas y campamentos “revolucionarios”. El Zócalo es propiedad de todos los mexicanos, no del uso de un grupo de maestros que está a disgusto con los intentos de reforma educativa, elementales, por cierto, del gobierno de Peña Nieto que realmente no tiene idea de cómo modificar el rostro de una nación agobiada por largos problemas de todo orden.

En días pasados, los medios dieron a conocer no sólo los detalles de la ocupación de los dos puntos de la capital y las cifras que aquellos que trabajan o trabajaban (muchos negocios quebraron) demandan para recuperar las pérdidas. Algunos de los que han demandado información al respecto exigen saber cuánto gastaron las autoridades capitalinas en la rehabilitación de la Plaza de la República y de la Plaza de la Constitución.

   Por otro lado, nadie está seguro de que esos puntos más o menos reparados no sean nuevamente ocupados por la temible CNTE con los mismos resultados. Las extrañas organizaciones defensoras de los derechos humanos suelen ser un mal necesario, también severos enemigos del patrimonio del país y de la seguridad de quienes habitamos en la capital, punto clave de toda protesta razonable e irrazonable. Les preocupa la libertad. ¿La de quién: la de los que destruyen e impiden el libre tránsito o la de quienes padecemos las agresiones? Derechos humanos de aquí o de allá, ¿para quiénes trabajan, por quiénes se preocupan: por sus carreras respectivas o por la certidumbre de una vida normal, simplemente normal, dentro de ciudades no hostiles sin sus monumentos derruidos? Sigo sin entender (claro, no soy abogado) por qué demonios los intereses de los que ocupan violentamente puntos emblemáticos del DF tienen la razón y nosotros, los que padecemos las ofensas y pagamos nuestros impuestos, estamos mal.

Como minoría, como René Avilés Fabila, he acudido varias veces, con pruebas y testigos a la mano, tanto a la Comisión de Derechos Humanos del DF como a la que se ocupa del ámbito federal, al sentir mis derechos atropellados por funcionarios prepotentes e inalterablemente me dijeron que mis problemas no eran de su competencia. No he vuelto. Es como buscar la ayuda policiaca cuando uno es asaltado. Lo que resta es el silencio para evitar más despojos y la pérdida de tiempo.

En Europa, sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial que destruyó cientos de monumentos y edificios notables, de gran belleza y larga vida, se dieron a la reconstrucción. En todos los casos se ajustaron a los modelos originales. Nadie aprovechó la oportunidad para añadirles una pista de hielo o un salón de baile para quinceañeras. México es un caso especial. Tiene expertos para esas tareas, pero los funcionarios los evitan recurriendo a sus amigos o empresas corruptas, aunque sean inexpertos. De este modo, hemos visto alterado el panorama urbano, el Paseo de la Reforma ha perdido dignidad. Lugares históricos han sido transformados por políticos ignorantes y osados en busca de notoriedad. Un mausoleo se convierte en salón de fiestas y venta de tacos, en medio de fuentes saltarinas. Equivaldría a poner columpios alrededor de la llama que en el Arco del Triunfo en París recuerda a los soldados anónimos caídos en combate o que en la tumba de Napoleón, en Los Inválidos, pongan una pista de hielo.

Sin embargo, este listado mínimo de quejas es muy personal. Los daños al severo e impresionante Monumento a la Revolución, las mayores ofensas que ha recibido la tumba de varios revolucionarios como el general Cárdenas, no las hicieron los maestros de la CNTE ni los graffiteros, fue el ex priista Marcelo Ebrard al remodelarlo y convertirlo en divertido parque público, con un inútil elevador al centro que rompe la armonía de la estructura y no conduce a nada, como en texto de Kafka. ¿Llegará a presidir el PRD y luego a vivir en Los Pinos?  Esperemos que no. Es posible que convierta la casona presidencial, creación de Lázaro Cárdenas, en sucursal de Six-Flags.

enero 13, 2014

¿El DF realmente tiene gobierno?

Aunque no he leído un artículo de Juan Villoro (estuve varias semanas fuera de México) sobre Miguel Ángel Mancera, mucho me han llamado la atención algunos comentarios al respecto. La mayoría lo ve como un artículo severo y alguien lo calificó como páginas insólitas en el periodismo del joven y talentoso intelectual, ahora miembro de El Colegio Nacional, y si mal no recuerdo, egresado de la UAM. Leo y escucho que Villoro ve al jefe de gobierno capitalino como una esfera (sin duda de árbol navideño), es decir, como una pieza decorativa. A su alrededor, la capital pierde decoro, se hace caótica, nos invaden toda clase de “protestantes” y la verdad, para aquellos que nacimos chilangos, lo son por adopción o simplemente visitan la que fuera Ciudad de los Palacios, es una definición exacta. Ya no la calificamos con palabras de Humboldt, sino con las de María Félix, quien en tiempos más aciagos, los de Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, entonces orgullosos priistas del salinismo, dijo arrogante, con palabras sencillas y directas: Es un muladar, apesta, en pleno Zócalo.

No hace mucho, el periodista de La Crónica, Carlos Ferreira, buen conocedor del país, escribió acerca de la inmensa frivolidad de Miguel Ángel Mancera. Lo que nos lleva a una reflexión elemental: si llegó al cargo en medio de una aplastante popularidad, la ha perdido. El prestigio acumulado se ha ido evaporando entre plantones, manifestaciones, agresiones a los monumentos, vendedores ambulantes que rebasan al gobierno capitalino, inseguridad que no concluye, promesas incumplidas y eso sí, una intensa participación en eventos sociales. Voté por él porque lo escuché en los debates. Brilló, estuvo acertado, seguro y con un aparente proyecto de gobierno. Eso forma parte de los recuerdos en un país de pésima memoria. Se le mira más con Enrique Peña Nieto que entre los habitantes de una agobiada ciudad.

Mancera ha sido más que tolerante con los miembros de la CNTE, quienes han hecho una importante contribución al desprestigio de su gobierno. Resulta incapaz de explicarnos su tolerancia o incapacidad  a las agresiones contra el DF. Si él, como dice, es un hombre respetuoso de los demás, amigo de las leyes y un funcionario que no se confrontará con la sociedad capitalina, ¿por qué tolera a los que vienen a trastornar y destruirla. Entiendo que Mancera estudia la posibilidad de habitar en la casona presidencial, Los Pinos, al menos aspirante, como ya lo han sido Camacho, Cárdenas, López Obrador y Ebrard. El DF, por su importancia política y sus dimensiones colosales, sede de los poderes, es ya una plataforma para aspirar al mayor cargo político.

Pero eso es una cosa, la otra y bien distinta, es que trate de conservar algo de su peso a costa de pasar por sobre los intereses de la mayoría de los capitalinos, quienes sufrimos el vandalismo y las constantes invasiones de hordas provenientes de estados diversos. Se le paga para defendernos, no para hacerse pasar por un honorable leguleyo defensor de los derechos humanos de los vándalos disfrazados de luchadores sociales. Se apoderan del Zócalo, del Monumento a la Revolución, de las avenidas principales; aparte de la destrucción, cientos de personas, acaso miles, pierden dinero y sus empleos. Mancera apenas impide el desaguisado diciendo que es problema del gobierno federal. Ahora a la gente, con y sin conciencia política, organizada o no, que ha decidido saltarse los torniquetes para no pagar el Metro, le responde: Sigan, van bien, yo respeto la “libertad de expresión”. ¿En verdad es la reacción de un estadista? ¿Respeta a quienes irrespetan la ley? Mancera es abogado, y me dicen que brillante, entonces no puede salir con perogrulladas. Imponer la autoridad razonable, ¿es represión?

Mancera presume no ser del PRD, pero tal partido le dio la candidatura, ¿no podría con el organismo encontrar una solución para imponer el orden? Hace unos días vi a grupos de personas de diversas edades sin nada en común más que seguir una consigna inmortal de Martí Batres, no de Bakunin, saltarse tlos torniquetes de las estaciones del Metro. La policía estaba allí, leyendo alguna revista, ni siquiera los miró. Acabo de estar en París y en Londres, enormes capitales, asimismo con problemas y pluralidad acentuada, sobre todo la primera. A nadie se le ocurre violar las leyes para protestar por aumentos razonables. Me dijo un médico: La mejor medida de Mancera es haber quitado los saleros de las mesas de restaurantes y bares. Excelente para la salud. Basta con pedirlos.

Miguel Ángel Mancera se tomó en serio las viejas consignas perredistas: son una pésima herencia. El PRD trata de modificar su imagen y realmente servirle a la gente. Han aparecido buenos políticos y funcionarios responsables, ¿por qué el jefe de gobierno no hace una revisión profunda del año que lleva en el poder y modifica su estilo y sobre todo defiende los intereses de los capitalinos. Finalmente, resulta simplista decirnos que se defiende a la ley violentando los derechos de las mayorías. Nadie le ha dicho que reprima, sólo le rogamos que nos proteja de toda clase de agresiones con la ley en la mano. Vivimos al revés: es una ciudad donde las minorías gobiernan o hacen lo que les viene en gana y las mayorías nos limitamos a quejarnos y a ver el hundimiento de nuestra casa.

enero 12, 2014

Personajes celebérrimos que oscurecen a sus creadores

Es recurrente que la creación supere en fama al inventor.


La literatura tiene sentido del humor y una de sus mejores bromas es permitir que el personaje de una obra literaria se haga más famoso que el autor. Salta a la vista Don Quijote,quien ha superado con creces a Cervantes. Los artistas plásticos pintan al segundo con el rostro del primero.Shakespeare suele ser un nombre menos conocido que los de Hamlet y Otelo. Estos simbolizan enormes tragedias, el de William no tanto. Es recurrente que la creación supere en fama al inventor.
En donde viviera Charles Dickens, no lejos del Museo Británico, es posible ver entre sus pertenencias literarias un libro que sólo tiene en la cubierta el título Moby Dick, sin el nombre del autor: la temible ballena blanca es célebre, no tanto Herman Melville. El propio Dickens padece tal problema: lo opaca el inquieto Oliver Twist.
Gracias a la cinematografía norteamericana, Peter Pan es un huérfano tan prestigiado como el ramplón Santa Claus; sin embargo, tiene un creador invisible: J. M. Barrie. Y ya que estamos en el Reino Unido, que a veces no lo es tanto, escuchamos más el  nombre de Dorian Gray, con retrato incluido, que el de Oscar Wilde. Conocemos al bello monstruo, tanto o más que al bipolar, diríamos hoy, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y apenas sabemos de la existencia del novelista que le dio la oportunidad de ayudar a cineastas y siquiatras: Robert Louis Stevenson. Y Robinson Crusoe, ¿no es más famoso que su padre Daniel Defoe?
Existen, en ese fascinante reino, casos dramáticos, excesivos, como lo es el de la muy talentosa Mary Shelley: mientras que el planeta conoce a su creatura, Frankenstein, a ella no muchos logran asociarla con la aberración. Algo semejante le ocurre a Bram Stoker. Todo mundo conoce a Drácula, le temen incluso, pero no son muchos los que saben del imaginativo literato. Los lectores y, desde luego, los aficionados al cine, conocen al bebe sangre inmortal, hay una larga y fastidiosa manía por el vampirismo alentada por la cinematografía y la TV, no obstante, ambos gremios son incapaces de repetir su nombre y brindarnos datos sobre el escritor británico. El colmo está en esa isla magnífica, en donde los nativos dejaron huellas prodigiosas en Stonehenge y el impetuoso paso romano las abandonó en media isla. A Sir Arthur Conan Doyle apenas le rinden culto; los lectores de novela policial se concentran a raudales en su personaje, Sherlock Holmes, quien tiene en Baker Street un museo al que los turistas visitan por miles y miles a conocerlo sin preguntar, una sola vez, por el creador del detective y Watson. La apostura, su enigmática fortuna y la desconcertante fidelidad amorosa a una mujer frívola han hecho de Gatsby un personaje relevante que ha superado en fama a Fitzgerald y eso que Scott tuvo una vida igualmente dramática.
Quizás el caso más grave sea Madame Bovary: ha opacado por completo a su creador, al hombre que como pocos utilizóle mot justeGustave Flaubert, quien declaró, ante la abrumadora correspondencia de admiradores de la atormentada mujer, que él mismo era Emma. Semejante es León Tolstoi al ser menos famoso que Ana Karenina, una amorosa suicida.
Los franceses Alejandro Dumas, padre y su hijo del mismo nombre, escribieron al menos un par de libros cuyos personajes los han opacado: el padre, por Los tres mosqueteros, principalmente D’Artagnan. Dumas hijo fue arrumbado por La dama de las camelias, de donde han salido óperas y filmes memorables, trágicos y llorosos.
Werther borró a Goethe. En el siglo XIX el nombre del personaje sirvió para denominar al suicidio y hasta hoy, entre el primero y el segundo, me parece que resulta más identificable el suicida.
Los niños del mundo aman a El Principito, pero desconocen el nombre de Antoine de Saint-Exupéry, a pesar de lo mucho que se ha escritor sobre este último con motivo del aniversario del pequeño y agudo noble.
En México pareciera que sólo Pedro Páramo ha superado el prestigio de su creador: Juan Rulfo.
En cambio, a Jorge Luis Borges todo el orbe lo reconoce, ha escuchado su nombre como un asombroso escritor. Lo difícil para quienes lo admiran o identifican es citar más de dos de sus fascinantes libros. Su peso individual, su fina ironía y su sabiduría enciclopédica han hecho de sus geniales obras una multitud de piezas maestras de la literatura, ninguno de sus personajes supera al genial porteño.