Tantadel

febrero 28, 2014

La izquierda mexicana del siglo XX

En la Feria del Libro de Minería, siempre muy concurrida y llena de gratas sorpresas, participé en la presentación de una obra fundamental, que debe ser analizada cuidadosamente: La izquierda mexicana del siglo XX, coordinada por Arturo Martínez Nateras. Es un esfuerzo colectivo ambicioso que va desde los orígenes de esta tendencia política hasta nuestros días en varios volúmenes. En la mesa estuvimos Enrique Semo, Gerardo Peláez, Barry Carr y yo. Semo hizo un brillante análisis de la obra y fue más allá al señalar los errores cometidos y precisar las conquistas de una ideología que hoy parece extinguida. Un periodista se acercó a mí: “¿Todavía existe la izquierda, René?” Sí, respondí, pero como siempre, fragmentada, dividida, desconcertada, en su mínima expresión y fuera de los partidos. El reportero insistió: “Lorenzo Meyer dice que no existe más.” Puede que tenga razón, él contribuyó a esa desaparición al creer en López Obrador como el salvador, concluí.

Minutos antes, un antiguo comunista, que como tantos pasó por el PRD, dijo la izquierda está mal desde que se incorporaron los ex priistas. Es verdad. La izquierda más seria, la marxista, la más combativa y la que sufrió las mayores persecuciones desde su fundación en 1919, fue torpe en las grandes decisiones, producto de una época confusa y difícil, luego de que Valentín Campa lograra la hazaña (trabajo de miles de marxistas) de darle el registro a un partido perseguido, acosado, con frecuencia viviendo en el clandestinaje, con un millón de votos, decidió suicidarse en 1981. Caudillos provenientes del PRI (Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Marcelo Ebrard…) e intelectuales oportunistas en búsqueda de poder, dieron al traste con las luchas ideológicas del comunismo mexicano. Entre ellos y buena parte de líderes sociales surgidos de la nada, corrompieron a la izquierda, le quitaron nobleza, la despojaron de méritos y acciones heroicas, la acabaron y es posible que hasta la hayan sepultado. Aumentaron sin duda las divisiones y las envilecieron al máximo nivel posible. Si antes eran diferencias ideológicas entre comunistas, lombardistas, maoístas, trotsquistas, anarquistas, hoy son tribus sin ética, ávidas de poder y básicamente pragmáticas. ¿Dónde quedó, por ejemplo, el internacionalismo, la solidaridad con los desamparados de otras partes del planeta, digamos con los palestinos? No existe.

Fue emotivo ver viejos rostros de notables luchadores comunistas. Al final, de modo natural, un público entusiasta cantó La Internacional. Hacía años que no la escuchaba.

La izquierda mexicana del siglo XX, irá apareciendo gradualmente. Su objetivo es que el país sepa que hay otra historia, una que no hicieron los conservadores ni tampoco los priistas. La hicieron personas sencillas, modestas, obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales, no pensaban en los empleos sino en un cambio radical de sistema.

La historia fue dura y caro pagamos nuestros errores. Desde el sometimiento al estalinismo hasta las divisiones y pugnas de matiz ideológico. Los intentos de unidad siempre terminaron en fracasos rotundos, las expulsiones del Partido Comunista eran frecuentes, el desconcierto producto de la situación internacional nos afectó mucho y no supimos, como alguna vez lo pidió Lombardo Toledano, buscar como hicieron los aztecas, un camino propio, recorriendo complicadas rutas.

La pregunta es ¿se podrá recuperar el legado de la izquierda, o de las izquierdas para usar el término ahora en boga, o seguiremos caminando azarosamente hacia la nada? Los jóvenes se manifiestan agresivamente pero sin un proyecto que los respalde, los viejos vivimos de nostalgias. En este contexto, la izquierda no aparece. Unos la ven en Morena, el PRD dice que es su postura, el PRI se confiesa ya no de centro sino reconstruido de pragmatismo puro. La letra “R” sobra en estos dos partidos. En absoluto les pertenece más. Revolución es un término sólo aplicado a las nuevas tecnologías. En lo personal vi a la Revolución Mexicana agonizando desde el periodo de Manuel Ávila Camacho. En 1968 estaba muerta. Habrá que recomenzar la compleja tarea de la reconstrucción de la izquierda, una nueva, moderna, vigorosa, que retome lo mejor de Marx, Engels, Lenin, Rosa de Luxemburgo, Gramsci, Mao, Guevara, pero que la vea dentro del nuevo contexto que nos rodea. Antes le llamaban revisionismo y era algo peyorativo, ahora es rescate y salvación ante el abrumador peso del neoliberalismo que parece haber triunfado definitivamente. Marx y muchos otros vieron a la propiedad privada y al Estado como aberraciones, hechos antinaturales. Es tiempo de organizarnos para que desaparezcan. Las nuevas generaciones lo exigen.

La citada obra, coordinada por Arturo Martínez Nateras no es para cultivar la nostalgia de las grandes luchas revolucionarias, lo es para buscar caminos que nos conduzcan a un mundo más justo. La solución no fue desaparecer al Partido Comunista ni acabar con los restos del trotsquismo ni llorar ante el derrumbe del socialismo soviético, el error estuvo en nuestra incapacidad de autocrítica y la falta de deseos por tomar lo mejor de las ideas socialistas científicas, que no sólo las confeccionaron Marx, Engels o Lenin, sino muchos pensadores lúcidos y las apoyaron millones de trabajadores en el mundo. Lo más grave fue dejarnos alcanzar por el priismo y enseguida imaginar que dos o tres iluminados salidos de ese organismo nos llevarían a la redención política.

febrero 26, 2014

Cultura digital en la UAM-X

El pasado jueves, la rectora de la UAM, unidad Xochimilco, doctora Patricia Alfaro, inauguró la primera exposición de artes plásticas de este 2014: una espléndida muestra del movimiento denominado la Ruptura. En su intervención, hizo algunas precisiones sobre las funciones sustantivas de las universidades públicas y anticipó algunos de sus planes de trabajo en tal sentido. “Con esta exposición iniciamos las actividades culturales de 2014. Empieza un nuevo ciclo en la UAM-X, pero no es un año más, ahora cumplimos cuarenta de actividades intensas en las que hemos procurado no descuidar ninguna de las tres actividades claves de la universidad pública: docencia, investigación y difusión de la cultura. Sin embargo, he llegado al cargo con la impresión que la tercera no se ha desarrollado cabalmente y ésta es una de mis preocupaciones: dotar a nuestra unidad de un amplio proyecto cultural y hacerla emblemática. Buscamos darle a Xochimilco un rostro nuevo, donde la cultura sea parte íntima de la vida escolar y administrativa. Señalo algunas de las futuras actividades: conciertos sinfónicos y homenajes a las grandes figuras de las letras nacionales e internacionales. Dentro de las segundas, está un merecido reconocimiento al periodista, promotor cultural y crítico literario Huberto Bátiz, quien festeja 80 años de edad y 50 de trabajo en la docencia universitaria y la difusión de la cultura y una mesa redonda sobre los tres miembros de la generación Taller que cumplen su primer centenario: José Revueltas, Octavio Paz y Efraín Huerta. La mesa llevará por título: Taller, una generación intensa: afinidades y diferencias”.

La doctora Alfaro hizo énfasis en una novedad notable: la UAM-X y la Editorial Ink lanzaron la convocatoria para un premio internacional de novela digital. Pueden concursar todos aquellos escritores de habla castellana. El tema es libre y el premio consiste en 4 mil dólares que contarán como anticipo de pago de regalías. El jurado está integrado por escritores de méritos indiscutibles. Mayores datos pueden encontrarse en www.editorial-ink.com y en www.xoc.uam.mx.

Las bases indican que podrán participar autores de cualquier nacionalidad y país de residencia que presenten una novela, original e inédita en cualquier soporte, escrita en lengua española y que puede contener elementos interactivos. La extensión mínima será de 120 cuartillas tamaño carta, en fuente Times New Roman de 12 puntos y doble interlineado. Los archivos de las novelas deberán ser subidos en formato PDF y con la indicación del título y autor en la siguiente dirección: http://www.editorialink.com.mx/premio.html. Los autores podrán participar con seudónimo. La fecha límite de envío será el 13 de marzo de 2014, a las 23:59 horas. El fallo del premio se dará a conocer el 20 de junio de 2014 y será inapelable.

Sin duda este concurso abre una nueva era acorde a los tiempos que corren. La doctora Patricia Alfaro posee clara noción de que así como el libro está mudándose de casa, los concursos literarios deben llevarse a cabo en internet: con su impresionante capacidad de globalización, será un éxito para la tarea que la UAM-X y la Editorial Ink se han propuesto llevar a cabo: dar un paso al futuro.

Es imposible no pensar de manera global y si el inglés es la lengua oficial, no es la que más se usa en el mundo. Entre los idiomas más utilizados, están en primer lugar los chinos, unos 1,200 millones se comunican en sus distintos dialectos. El segundo lugar lo ocupamos nosotros, los que hablamos castellano, somos alrededor de 406 millones y el inglés es el medio de comunicación de 333 millones de personas en la actualidad. Eso nos hace pensar que los escritores que pueden concursar no son cientos, sino miles y que el mercado del libro premiado puede llegar a millones de lectores. No lo sabemos con exactitud. Es un desafío interesante, y sin duda el ingreso a una nueva expresión literaria.

La UAM-X festejará los cuarenta años de edad con grandes tareas, acciones notables como ésta indicada por la doctora Alfaro y la Editorial Ink, cuyos representantes son Ana Lilia Cepeda (egresada de nuestro campus) y Diego Echeverría. El concurso es una gran noticia y parte de un proyecto ambicioso de política cultural de la flamante administración. La Editorial Ink lo precisa en los siguientes términos: “Este nuevo escenario de comunicación de la creatividad (digital y por completo mexicano) apenas está empezando y sus posibilidades son múltiples y muy ricas. Busca nuevos lectores, los que se están formando ya más en pantallas que en libros impresos.”

Las nuevas tecnologías son velozmente aprovechadas por las letras y las artes. Como universitarios, entendemos las polémicas que las nuevas tecnologías generan. Sabemos de la importancia del libro impreso. Cada paso de la humanidad en busca de un mejor futuro ha estado fundado en los libros. No podríamos explicar nuestra historia sin ellos. Hoy no corren ningún riesgo salvo modificar su ropaje. La novela, el poema, el ensayo, seguirán existiendo, pero los leeremos en tabletas, computadoras o en teléfonos celulares. No proseguiremos la destrucción de los árboles y cuidaremos mejor el medio ambiente. Podremos llevar en un objeto de menos de medio kilo miles de libros.

La UAM-X lo ha entendido: de allí su interés en esta novedosa forma de realizar concursos literarios, ahora con la Editorial Ink.

febrero 24, 2014

Palabras en la UPAV (fragmento)

Si la UAM me convirtió, por decisión del Consejo Académico, en Profesor Distinguido, la Universidad Popular Autónoma de Veracruz (UPAV) me honra al otorgarme el primer Doctorado Honoris Causa que recibo. Me enaltece, llena de orgullo y conmueve, sobre todo si pienso que mi madre, maestra normalista, fue quien se empeñó en hacer de mí un lector de tiempo completo y no vio con desconfianza mi decisión de ser escritor de literatura. La recuerdo acompañándome con Iris, mi hermana, a recibir uno de mis primeros premios, el de Colima, concedido por la Universidad de tal estado conjuntamente con el INBA, o cuando estuvo a mi lado en Los Pinos al recibir el Premio Nacional de Periodismo de manos del Presidente de México.

No me vi jamás como político o alto y severo funcionario, me imaginé escribiendo historias fantásticas, me vi como opositor y crítico del sistema. Siempre contrastando con el poder. He visto al Estado como lo que es: un monstruoso Leviatán y no me gusta. Me preparé para ser marxista y quizás tenga mucho de anarquista, finalmente ambos caminos anhelan la extinción del Estado. ¿Dónde iba a caber una persona de mis características? Únicamente en las universidades públicas, hogares donde la libertad de pensamiento y cátedra es total. En ellas vivo, en ellas me he desarrollado. Cuando me notificaron que la UPAV me concedería el máximo honor que puede recibir un académico, un científico o un hombre de letras, ser Doctor Honoris Causa, me produjo una honda emoción. Más al ver que en las invitaciones las autoridades habían hecho imprimir algunas palabras mías que no recuerdo dónde pronuncié: “La única conclusión a que puedo llegar, después de andar rolando estos cincuenta años en la literatura, el periodismo y la academia, es que hay que replantear seriamente al país. No me pregunte cómo. No lo sé, porque ahora sólo soy una especie de dinosaurio atrapado en el hielo”.

De mi doble estirpe, Avilés y Fabila, soy más Avilés que Fabila. Entre mis familiares que del Estado de México llegaron al DF estaban connotados integrantes del fantasmal grupo Atlacomulco, cuando lo conformó Isidro Fabela. No vivían lejos del poder. Ésta no es mi intención. Yo sí he vivido distante del Príncipe. El primer Avilés que recuerdo, Gildardo F. Avilés, solía decir, entre ellos a José Vasconcelos, que él no era subordinado de nadie y sí insubordinado de todos. Prefiero esa conducta, me va bien. Pero conlleva riesgos. Por ello la obra de mi abuelo se ha perdido. Al gobierno veracruzano anterior le di un libro que pensé que valdría la pena reeditar (dado a conocer por la antiquísima Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística): la correspondencia entre el discípulo y el maestro, es decir, entre mi abuelo y el pedagogo Enrique C. Rébsamen, como ejemplo de los méritos del antiguo magisterio. No hubo reacción. Más bien indiferencia total.

Mi parte veracruzana parece dominar. Me subyuga el poema y la conducta aguerrida del poeta Díaz Mirón, quien se vanagloriaba de no inclinar ante nadie su frente. En México eso tiene un costo y se paga. Nunca he tocado puertas, pero las mías están abiertas. Me regocijó que el entrañable novelista Sergio Galindo editara dos libros míos en la Universidad Veracruzana, uno ilustrado por José Luis Cuevas. Cuando recibí la Medalla al Mérito Veracruzano no fue más que un acto de cortesía de un político a un ocasional compañero de estudios en Europa. La  UPAV fue más lejos al publicar una edición conmemorativa  de mi novela El gran solitario de Palacio, concebida durante la matanza de Tlatelolco que presencié, escrita en París en 1969 y publicada en 1970 en Buenos Aires. Luego de más de cuarenta años mantiene su espíritu crítico.

Mención aparte merece mi amistad con el narrador y ensayista Juan Vicente Melo, a quien vi por última vez en esta ciudad. Cuando en 1967, los intelectuales de mayor peso criticaban con ferocidad mi novela contracultural Los juegos, él se atrevió a defenderla y a mencionar como importante el volumen de cuentos Hacia el fin del mundo, escrito con una beca del Centro Mexicano de Escritores, bajo la dirección de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde, publicado por el Fondo de Cultura Económica, junto a El ala del tigre, de Rubén Bonifaz Nuño, nacido en Córdoba, en un brillante ensayo que apareció justamente en el suplemento dirigido por Fernando Benítez.

Sobrevivo insumiso en el capitalismo salvaje elegantemente llamado neoliberalismo. No he olvidado el pensamiento de Marx, quien señalaba el flujo y el reflujo como si fueran parte de la dialéctica materialista, una imagen. Como el mar, las ideas socialistas van y vienen. Se derrumbó una mala puesta en escena, no lo fundamental del poderoso intelectual que dijo, osado y seguro, algo magnífico: Hasta hoy, los filósofos han querido explicar el mundo, yo quiero transformarlo. La idea, hermosa y atrevida, sigue esperando.

Deseo agradecer públicamente a la UPAV su gesto de hacerme Doctor Honoris Causa. No se ha dejado llevar por la corriente que premia y vuelve a premiar a no más de cinco escritores cómodos a los medios de comunicación y al sistema político. Lo agradezco sinceramente, de corazón.



Rock antisistema 2/2

Cada tanto vuelvo a la música de esa época, donde Lennon nos pidió imaginar un mundo sin religiones y sin violencia.

Desmembrada la banda de los Beatles, cada quien hizo lo que pudo por su lado y quienes más triunfos consiguieron fueron justamente Paul y JohnHarrison los siguió con discos formidables, el álbum All Things Must Pass, digamos, en cuyo interior estaban My Sweet Lord e Isnt’it a Pity, y Ringo puso en juego su simpatía para grabar viejas melodías que le iban a su estilo, supo conservar la relación con sus excamaradas y tocaba la batería con unos y otros.
Lennon y su eterna Yoko se fueron a posiciones más radicales y provocativas. Posaban desnudos, hacían música audaz y letras contestatarias, peleaban con los medios de comunicación atrasados desde las camas de hoteles famosos. Alguna vez le preguntaron a Lennon si era hippie y él repuso con sencillez complicada: “No, soy un Beatle”. Ya solo, compuso su propia y única música, de limpia protesta, como Imagine y Mother, asimismo volvió al rock and roll de los cincuenta. Se hizo un buen padre y optó, aferrado literalmente a Yoko, por vivir en Nueva York, una ciudad maravillosa, que para él fue letal.
Su asesinato es bien conocido. Yo estaba por viajar a la Universidad de Columbia, así que la noticia me impresionó todavía más. Fui al lúgubre edificio Dakota, donde filmaron El bebé de Rosemary, de Polanski. En la puerta estaban muchachos acongojados, flores, veladoras y fotografías del que fuera líder del grupo más exitoso del orbe. Caminé por allí, entre jóvenes y policías, pensando que (John era de mi edad) una época se había acabado. “The Dream is Over”.
Años después, Paul estuvo en México todavía con Linda, que sólo movía graciosamente un pandero. Atrás del ex Beatle aparecían fotos de Lennon y él, de Lennon solo. Lo sentí como un acto de oportunismo y escribí para el suplemento cultural de ExcélsiorEl Búho, un texto titulado: “Querido Paul, para qué demonios fui a verte”. El mejor momento del concierto fue cuando tocó las viejas canciones que firmaron Lennon y McCartney.
Poco después, Paul reclamó que deberían estar al revés, pues su papel había sido fundamental. Volví a pensar en que la razón de la ruptura fue el choque de personalidades y no Yoko.
Hace tiempo escuché a Joan Baez, hablaba de esos años y obvio, tocó a Bob Dylan: dijo que había traicionado sus principios. Me pareció una tesis exagerada. Luego tuve la humorada de presenciar una estúpida entrega de premios Oscar, ceremonia de total tedio y la prueba de que el show business es ramplón por excelencia. El Oscar a la mejor canción fue para Dylan, quien estaba en algún lugar remoto. La cámara vía satélite lo enfocó y lo vimos nervioso, inquieto, retorciéndose las manos como cursi quinceañera antes de bailar el vals. Cuando escuchamos las palabras más anheladas del mundo: “And the winner is…” Bob Dylan, aquél que se preguntaba dónde estaba la respuesta, sonrió agradecido en la peor actuación comercial de su vida: la respuesta estaba no en el viento, sino en Hollywood, comoElvis la halló en Las Vegas.
No son más los tiempos de la década prodigiosa. Janis Joplin fue sustituida por Madonna y Lady Gaga. La tragedia suplantada por el espectáculo. Paul es noble, como el gordito amigo de Lady DiElton John, ambos van a Buckingham y la reina los recibe. Lejos quedó la ironía de Lennon: Aquellos que están en gayola, aplaudan, quienes están en los palcos y en primera fila, agiten sus joyas. En manos poderosas, todo se comercializó. La revolución se alejó huyendo del neoliberalismo y el show frívolo.
Los revolucionarios pocas veces llegan a viejos. Son siempre jóvenes, muertos en plenitud: en cine, James Dean; en la lucha social, Emiliano Zapata o Ernesto Guevara; en la música, John Lennon. Así se mantendrán, inalterablemente. No nos legaron la foto cobrando la pensión, ayudados por un bastón. A veces la muerte llega de manos asesinas, otras de las propias, como Kurt Cobain. No padecieron la decrepitud. Los seguiremos viendo vigorosos, esforzándose por hacernos distintos.
Fanático del rock, escucho a Pink Floyd, Led Zeppelin, Queen, Oasis, Radiohead, Green Day... Cada tanto vuelvo a la música de esa época, donde Lennon nos pidió imaginar un mundo sin religiones y sin violencia y demandó que fuéramos soñadores. Yo he seguido sus consejos, pero sin su genio, espero la jubilación y la silla de ruedas.

febrero 21, 2014

54 años de la especial prepa 7

Para mi entrañable amigo Rafael García Garza,

también eran sus tiempos, sólo que él

estaba en la prepa 5, en Coapa.
Con todo rigor, tendría yo que haberlo recordado, sin embargo fue gracias a un artículo de Humberto Musacchio que me percaté del hecho: la Escuela Nacional Preparatoria, plantel número 7, cumplió años. El festejo ocurrió evidentemente en su nueva y definitiva sede en La Viga. Pero fue fundada en el hermoso edificio que hoy alberga al Museo de la Autonomía, en Licenciado Verdad y Guatemala, entre los costados de Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana, en 1960.

Yo aspiraba a ingresar en el muy afamado plantel número 1, en San Ildefonso, pero había sido rebasada por la demanda estudiantil y abrieron la preparatoria 7 a unos cuantos metros. Hasta ese añoso edificio llegué sin saber con exactitud mi rumbo, sólo tenía claro que deseaba, como mi amigo José Agustín, ser escritor. Mi vida cambió radicalmente al contacto con los muros universitarios: sus tradiciones, sus notables maestros, los grandes mexicanos que habían pasado por esas aulas, todo sumado provocó un cambio profundo: no sólo deseaba ser autor de cuentos y novelas, quería ser un académico, un hombre preocupado por las ideas sociales más avanzadas. La lista de profesores que tuve fue notable: Uberto Zanolli (por cierto mi tío), Ramón Vargas, Alberto Híjar, Manuel Barrientos, Olga Harmony, Fausto Vega, Eduardo Pereira, Arturo Sotomayor, José Castillo Farrera, Moisés Hurtado… En esos salones y bajo severas tutelas intelectuales me adentré en el pensamiento de Marx o en la lectura de Joyce y Proust, en los interiores de la Revolución Mexicana y pude compararla con la Rusa encabezada por Lenin. Discutíamos ideologías y concursábamos en ensayo histórico, cuento y poesía. Algunos compañeros, para estimular más el desarrollo cultural, formaron el Liceo Alfonso Reyes; José Agustín y yo el Grupo Pablo Neruda y el Jacinto Canek.

Peleamos públicamente por la devoción hacia figuras notables como Samuel Ramos, José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán. Comenzaba el prestigio de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Carlos Fuentes. La beca del Centro Mexicano de Escritores era consagratoria.

Pensé que en esos años mi pasión política de joven izquierdista, admirador de Fidel Castro y Ernesto Guevara, se desarrollaría plenamente y triunfaría sobre la literatura. No fue así, me inscribí en la Juventud Comunista, ciertamente, pero también fue consolidándose lo que poco después, alrededor de 1965, mi generación literaria, la que Margo Glantz denominaría como “La Onda”, término que a muy pocos de nosotros nos gustó. Éramos, pienso, bastante más que jóvenes orientados por modas de supuesta rebeldía, unidos por el rock y con cercanía con las drogas. Sólo pensemos que hace dos años, uno de nosotros, justo José Agustín, obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Mi camarada y yo nos hicimos novios de dos encantadoras jovencitas, menores que nosotros y muy rápido contrajimos matrimonio. Con Margarita él y yo con Rosario. Con ellas seguimos luego de 54 años de conocerlas en la prepa 7.

Como nos gustaba la política estudiantil, hicimos una planilla y me correspondió ser el presidente de la generación fundadora de ese plantel. Agustín, por cierto, fue mi secretario de cultura. Era magnífico hacer tareas para los estudiantes, nuestros compañeros. Con muchos polemizamos porque los veíamos como derechistas o priistas, a los de origen panista los hacíamos padecer. Apoyados en el liberalismo del siglo XIX y en las ideas de las revoluciones rusa y cubana, los molíamos a palos. Salvador López Mata, quien luego sería un destacado abogado dedicado a la docencia en derecho, excelente orador y con cualidades de actor (había estudiado teatro con Ignacio López Tarso), los tenía aterrorizados. Cuando EU propició la invasión a Cuba, salimos a las calles a protestar y cerramos las puertas del plantel en señal de protesta.

Los mejores años de mi vida los pasé en la prepa 7. Recuerdo mis primeros discursos, mis conferencias iniciales. Mi romance con Rosario. Mis primeros pasos como militante marxista, el baile de fin de cursos en el salón Riviera. Casi estoy seguro, no lo he conversado con José Agustín a pesar de lo mucho que hacemos nostalgias del bachillerato, que allí está la cuna de nosotros como literatos y como generación, aunque nuestra amistad era anterior. Así lo escribí en mi libro Antigua grandeza mexicana, memorias del ombligo del mundo y así lo he dicho en diversas entrevistas. En los patios del viejo palacio escribíamos y leíamos las novelas que aparecían desconcertándonos como Lolita de Nabokov o los producidos por la Beat Generation.

Inolvidable época. Fracasé en oratoria, entonces todavía de moda, pero gané en cuento y ensayo histórico. Invitamos, según las costumbres de esos años, al general Lázaro Cárdenas a apadrinar la generación. No podía por compromisos previos de alta política. En su lugar estuvo su hijo, Cuauhtémoc Cárdenas y la ceremonia fue en el hermoso Auditorio Simón Bolívar de la prepa 1.

La primera vez que José Agustín y yo recibimos juntos un homenaje, fue en la prepa 7, en su actual sede de La Viga. Fue emotivo. De un lado pusieron su foto y del otro la mía, debajo de cada una de ellas estaban nuestras respectivas bibliografías y un auditorio pleno, muy emocionado porque dos de sus egresados habían, eso imaginaban, llegado lejos.

Quizás un buen día, escriba una novela sobre esos años que me conformaron absolutamente y que parecen ocurridos ayer.

febrero 19, 2014

Yo, como doctor Honoris Causa

Cuando a principios de 1969, todavía golpeados por la represión draconiana del 2 de octubre, Rosario me anticipó que estaba lista para hacer sus estudios de doctorado en la Universidad de París, yo no tenía contemplado tal escenario, estaba por escribir mi novela El gran solitario de Palacio, señalando al sistema político mexicano, y no sólo a Díaz Ordaz, como responsables de la masacre. ¿Y qué hago yo?, dije desconcertado. Apresurarte, respondió impasible.

Carecía de interés para ser doctor en ciencias políticas, la especialidad que había estudiado en la UNAM, en la ahora Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Ante la decisión tomada, decidí acelerar mis posibilidades de sumarme a Rosario, le pedí ayuda a don Agustín Yáñez e hice los trámites adecuados. Ya en París, y luego de varias clases en las que descubrí más lugares comunes que novedades, opté por escribir únicamente cuentos y novelas. En ocasiones iba a clases y pagaba algunas materias para no perder la beca.

París, lo dijo Hemingway, era una fiesta. Como estudiante, la Sorbona daba posibilidades para viajar a bajo costo, comprar libros, entrar gratis o a muy bajo costo a museos, salas de concierto y teatros. Rosario concluyó su complejo doctorado de tercer ciclo, según la terminología de aquellos tiempos y regresamos a México luego de intentar quedarnos a vivir definitivamente en Francia. No era fácil obtener empleo allá y el nivel de vida se nos anticipaba difícil y muy cuesta arriba.

Rosario llegó a México convertida en doctora en Economía y yo con varios libros bajo el brazo. En París escribí por lo menos tres y los publiqué en Argentina y Cuba. Mi carrera académica ha ido de la mano de la literatura y el periodismo, lo saben mis escasos lectores. Así que mejor armado que otros, me concentré primero en la UNAM y enseguida en la UAM, donde llevo cuarenta años como docente. Fue en esta última institución que aparecieron los primeros grandes homenajes a mi trabajo. Más adelante, el Colegio Académico me hizo Profesor Distinguido, un alto honor.

En estas mismas páginas he relatado en distintos momentos los honores y reconocimientos que les debo a las universidades públicas, son muchos y muy altos. Me considero, pues, obra suya. Tanto la UNAM como la UAM y, asimismo, las de Colima, Nuevo León, Puebla, Hidalgo y Tabasco me han otorgado palmas inmerecidas. Pero ahora, luego de que en la UJAT me dieron el Premio Malinalli, la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, la UPAV, me concederá el Doctorado Honoris Causa dentro de unos días, el sábado 22 en Xalapa. El rector, doctor Guillermo Héctor Zúñiga Martínez, me lo hizo saber. Me acompañarán en dicha ceremonia solemne, María Luisa Mendoza y el doctor Javier Aranda Luna, quienes hablarán sobre mi trabajo literario, periodístico y académico. Cincuenta años en esas tres tareas o vocaciones. Entre los invitados de honor se encuentran rectores de universidades públicas e intelectuales solidarios con mi trabajo.

Realmente me siento emocionado, conmovido. Jamás me imaginé obtener tal grado simbólico. Sin duda trataré de externar mis sentimientos encontrados en la entrega, cuando me corresponda el uso de la palabra. Para redondear el acto, la UPAV ha llevado a cabo la edición conmemorativa de mi novela sobre el 68, El gran solitario de Palacio, prologada por el distinguido académico, cientista político, Ricardo Yocelevsky y con epílogo del escritor Mario Saavedra.

Imagino que si antes me esmeré en las clases que impartí, luego de esta distinción, deberé poner mayor esfuerzo, pese a que nuevas tareas me han alejado un tanto de la docencia, no de la UAM. La rectora, doctora Patricia Alfaro, me ha designado titular de Extensión Universitaria de la UAM-Xochimilco y en ello debo concentrarme. La joven institución cumple 40 años de edad y es un modelo alternativo, una manera importante de investigar y una más de esparcir la cultura.

No acabo de digerir lo que significa ser doctor Honoris Causa. ¿Mayor seriedad, más amor a la academia y a las letras, un más alto esfuerzo en el periodismo y en serle útil a la sociedad? Lo ignoro o tal vez mi nueva obligación es esforzarme más en todas las tareas que llevo a cabo. Lo pensaré detenidamente. Por ahora estoy satisfecho, llegué a ser doctor sin tanto estudio como Rosario mi esposa, que se esforzó más de tres años en París y tuvo que redactar una voluminosa tesis de unas 300 páginas en francés y defenderla ante un severo jurado de profesores de altísimo rango siendo una joven mujer.

Me limitaré a escuchar a mis colegas, a explicar lo que supongo son mis méritos literarios, periodísticos y académicos y a gozar de un grado que no obtuve en las aulas, sino en gabinetes de trabajo, en soledad, escribiendo libros, novelas, cuentos, multitud de artículos que me fueron útiles para impartir clases a jóvenes llenos de sueños personales y sociales. Como yo lo fui y como sigo siéndolo.

Desde estas páginas de La Crónica, que me han dado oportunidad de escribir sobre los más diversos temas, le agradezco sinceramente a la comunidad que conforma la UPAV, a su rector Guillermo Héctor Zúñiga Martínez, la alta distinción que me han conferido. Gracias.

febrero 17, 2014

Mi maestro Juan José Arreola

Juan José Arreola, lo escribió Emmanuel Carballo y lo confirmó Luis Leal: “Nació adulto para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos —fábulas—, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento...”.  Esto nos explica su perfección. En Juan José no hay inicios. En Carlos Fuentes se notan. No es lo mismo Los días enmascarados que Cristóbal Nonato. En cambio, hay la misma intensa calidad, belleza y perfección extrema en todos y cada uno de los cuentos de Arreola. ¿Qué ocurre entonces, por qué Arreola no fue la mejor carta nacional, lógico aspirante a los más altos reconocimientos del orbe? Una de las explicaciones podría ser por sus temas carentes, excepción hecha de La feria y de alguno que otro texto, de “nacionalidad”. Lo universal es su reino y no todos lo comprenden en un mundo aún marcado por fronteras y peculiaridades exóticas. Además, Arreola se empeñó en vivir dentro de moldes clásicos, los que evidentemente renovó al construir cuentos en los que un lector atento puede descubrir ecos de Swift, Ronsard, Schwob, Borges y La Fontaine, bien sazonados con tratamientos innovadores cuya autoría sólo le corresponden a Juan José Arreola. (Algo semejante a lo que hizo en poesía, partiendo de los clásicos griegos y latinos, el admirable Rubén Bonifaz Nuño). Otra razón bien pueden ser las dificultades que a veces sus cuentos imponen al lector, obligándolo a adentrarse en otras literaturas y a buscar la doble o triple intención de la fábula o la parábola.

Arreola fue un maestro en todos los sentidos: sabía más de los demás que de sí mismo, ahora estoy seguro, he podido confirmarlo con las relecturas y el recuerdo de sus largas conversaciones. Por tal razón se anticipó a sus críticos de aquella época y que hoy son sus más rendidos fanáticos. “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo”.

Los críticos pedantes y los escasos lectores, en México, sin saber nada sobre los misterios de la creación, le pidieron a él y a Juan Rulfo más de lo que podían o querían dar y así contribuyeron a su silencio literario. Arreola, en todo caso, se salvó debido a que también era un escritor oral. Todos los días algún “exigente” pedía otra novela de Rulfo o el nuevo libro de cuentos de Arreola, sin saber de las dificultades estéticas y de los problemas sicológicos que los rodeaban. No todos son torrentes o ríos interminables. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó una obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada. Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo, sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Beethoven o Wagner, sino Chopin, List o el Paganini de los Caprichos, no el de los conciertos. Ambicionó escribir cuentos irrepetibles, textos de un virtuosismo maravilloso y lo consiguió. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les deslumbra. Fue desde sus orígenes a la precisión, a la economía verbal, a las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente fue un poeta perfecto. Lo sabemos porque sus citas más recurrentes son versos, a veces dichos en español, otras en francés y otras más en inglés o en italiano. Él dijo: “Tal vez mi obra sea escasa, pero es escasa porque constantemente la estoy podando. Prefiero los gérmenes a los desarrollos voluminosos, agotados por su propio exceso verbal.” Adelante precisó: “He escrito poco porque me limito a extender la mano para cortar frutos más o menos redondos. Sólo en casos muy contados he hostigado una idea. Los cuentos se me plantean como oleajes, ritmo, marea. Me gusta reflexionar en la necesidad de que las abstracciones se vuelvan concreciones, porque es una especie de nostalgia de belleza y de forma”.

Fue un espíritu original. Al contrario de lo que sus críticos afirman, no anticipó a Julio Torri ni fue epígono de Jorge Luis Borges o Kafka. Era un escritor perfecto al que las palabras le permitieron, como a otros los colores o los sonidos, hacer arte sublime.

Hoy nadie critica a Arreola. Ha entrado por méritos propios en la consagración, aunque sigue siendo un escritor de élites, de minorías. En el pasado fue acusado de extranjerizante, de no ser un espíritu nacional. Juan José respondió: “Yo me apoyo aparentemente en mi índole de mexicano, por eso mi lucha ha sido desesperada y algunas veces incomprendida. Incomprendida, porque es de buen gusto tacharme de extranjerizante; desesperada, porque me muevo dentro de un tipo de literatura en el que abundan escritores notables”.

febrero 16, 2014

Rock antisistema 1/2

Los Beatles, sobre todo John Lennon, amaron a Elvis.

Vi un filme con imágenes de las figuras del rock de los años cincuenta del siglo XX y llega a los setenta. Destacan Elvis Presley, Beatles, Rolling Stones, Bob DylanJanis Joplin, Procol Harum, Jimi Hendrix, Who y a quienes, a mi modo de apreciar la época, la concluyeron: Sex Pistols. Con el paso del tiempo, los veloces avances tecnológicos, el surgimiento de figuras extravagantes de nuevo estilo comercial, como la insufrible Madonna, la gente ha olvidado el talento del grupo inglés Procol Harum, que estuvo alguna vez, ya mermado, de visita en México, autor de discos célebres: A salty dog y A whiter shade of pale.
Los roqueros aparecen con otras fotografías y algunas ideas breves que ubicaban el contexto de una etapa formidable. La recién iniciada Revolución Cubana, el Che Guevara todavía vivo, la heroica defensa de Vietnam, los diversos movimientos estudiantiles que iniciaron en mayo 68 en París, el hippismo, la revuelta sexual, las drogas, el amor entre flores e ideas comunitarias, las manifestaciones por la paz, las acciones revolucionarias de los negros en EU como Black Panther, Black Power o la encabezada por Malcom X. En África se agitaban pueblos árabes y negros, amparados por ideas de no alineación política con ninguna de las dos superpotencias: EU y la URSS. Se acababa el colonialismo, surgían nuevas naciones y proyectos socialistas armados o pacíficos. En América Latina teníamos dos tipos de lucha en perspectiva: la vía armada y la ruta electoral como en Chile. Es lo que muchos llamaron los años prodigiosos, un periodo de activismo político, rebeldía y amor libre al amparo del rock. Las nostalgias de hoy se centran en ese periodo que es amplio. Imposible hacer precisiones, de allí que sea Elvis (1955) quien arranque la etapa que cierran grupos de los setenta. Históricamente los datos fijos no existen, siempre hay antecedentes que permiten cambios y otros que toleraron su extensión antes de morir. Los Beatles, sobre todo John Lennon, amaron a Elvis, luego, al encontrarse con él en Graceland, el rey los descontroló: no era más el rebelde que sacudió al mundo anquilosado y absorto ante las canciones cursis de Bing Crosby o Doris DayFrank Sinatra se cocina aparte: supo convertirse en leyenda sin modificar un ápice su estilo y el fraseo genial que lo hizo un fenómeno artístico y le permitió morir rodeado del éxito humeante de los cigarrillos que fumó y la cantidad de whisky ingerido incluso en los escenarios. Todavía en pleno auge de Beatles y Rolling Stones, de Dylan y Jim Morrison, metió canciones al Hit Parade. A su vez, el cantante de Jail House Rock se sintió molesto con los Beatles. Lennon cantó más de una rola de PresleyGene Vincent o Budy Holly, en homenaje a los pioneros de mayor talento.
Salí del marasmo musical mexicano, harto de mariachis, tríos, boleros y canciones rancheras, con la inaudita aparición de Elvis. Cuando fastidiaba con filmes tediosos, era estrella de Las Vegas y había quedado casi al nivel de Pat Boone, su voz seguía impresionando, no importaba que ahora la destinara a baladas cursis o canciones hermosas del tipo de aquellas que escribió Paul Anka, hasta el final mantuvo una poderosa voz.
Casi enseguida de los pioneros estadunidenses, hace 50 años comenzó la famosa invasión inglesa. De ellos, los Beatles ocuparon el primer lugar. Para mí no hubo amor instantáneo como con Presley, fue gradual, al principio verlos uniformados, con el mismo corte de pelo, propios y agradecidos con el público que comenzaba a idolatrarlos. Brillaba Lennon, a pesar de la belleza masculina de Paul, la simpatía de Ringo y la seriedad de Harrison. Alguna vez le preguntaron a Keith Richard si era mejor guitarrista que su compañero Ron Wood (quien sustituyó a Mick Taylor en 1974), no lo sé, repuso el extravagante roquero, ídolo de Johnny Depp, pero juntos somos insuperables. Ésa era la clave de los Beatles: juntos eran geniales y muy peculiares.
Sentí, como hasta hoy, devoción por los Stones, tuve la suerte de presenciar el concierto de despedida de Brian Jones en Londres y los he visto en EU y en el DF, me fascina su música, los movimientos singulares y  juveniles de Jagger, su sentido de la amistad, se quieren a pesar de sus diferencias, pero los Beatles fascinaban. Pronto fueron más famosos que Jesucristo y desde luego más gozosos. Tengo sus discos, incluido el asombroso Álbum blanco en primera edición. Me acompañaron hasta que anunciaron su dolorosa separación. ¿Tan rápido un grupo genial rompía la amistad y trabajo colectivo, luego de una profunda e imborrable huella? Muchos responsabilizaron a Yoko Ono, otros vieron la ruptura como parte del enfrentamiento entre los dos mayores talentos de la banda: John y Paul.

febrero 14, 2014

La vida y el amor entre lo viejo y lo nuevo

Los futuristas exaltaron la modernidad, las máquinas y la velocidad. Le cantaron a los automóviles y a los aviones sin darse cuenta que habían llegado para deteriorar más aún la ecología del planeta. Un “automóvil de carreras —afirmaban con seguridad poetas y pintores de esta escuela— es más bello que la Victoria de Samotracia”. Como tantos otros movimientos modernos, el futurismo se proponía borrar el pasado, exaltaba el rechazo a lo tradicional y miraba esperanzado el futuro. Detestaban, por obsoletos, a los museos, las bibliotecas, la moral y las tradiciones. Sin embargo, lograron expresar inteligentemente la simultaneidad de las sensaciones: “Un autobús se abalanza sobre las casas junto a las cuales pasa, mientras las casas, a su vez, se precipitan sobre el autobús y se confunden con él.” El fundador de dicho movimiento artístico fue Filippo Tommaso Marinetti, quien en 1909 publica el Manifiesto Futurista que tuvo adeptos en Italia, Francia, Rusia, y España. En esta última nación, Ramón Gómez de la Serna lo dio a conocer en 1910 mediante La proclama futurista a los españoles. En Rusia, Maiakovski lo impulsó desde la izquierda con una proclama más original aún: Bofetada al gusto del público, algo que derivó en una orientación estético-política que llamó futurismo comunista. Su admiración por el pensamiento de Marx y Lenin lo condujo a apoyar a los bolcheviques. A pesar de muchos de sus errores como movimiento (la adhesión, por ejemplo, de Marinetti a la guerra y al hecho de creer que era una medida social higiénica) consiguieron derrotar al academicismo y transformar la lírica. Yo diría que en especial Maiakovski quien obtuvo metáforas sorprendentes en obras como “La nube en pantalones”, “Vladimir Illich, Lenin” y “¡Bien!” Los soviéticos lo aclamaron como el poeta de la Revolución, pero las desviaciones de ese gran movimiento social lo condujeron al suicidio en 1930.

Poco después de los futuristas —que terminaron sus días afiliados a distintas causas políticas, al fascismo por ejemplo— apareció un personaje singular en el mundo del arte: David Herbert Lawrence: no perteneció jamás a grupo alguno ni a ninguna causa que no fuera la literatura, su propia literatura. Nacido inglés en 1885, muerto realmente joven a los cuarenta y cuatro años, en 1930 en Francia y enterrado en Nuevo México, nunca se sintió cómodo en las grandes capitales, prefería vagabundear en busca de estímulos más acordes con la naturaleza que amaba. El mundo industrial, la modernidad, le parecían chocantes y un freno aterrador a los instintos vitales del ser humano, particularmente en materia amorosa, donde hay todo tipo de candados y obstáculos. Padecía, para su desgracia, una profunda nostalgia por épocas remotas, cuando la vida silvestre reinaba. Pensaba, y así lo hizo notar en sus novelas, que el continente americano y Australia hubieran sido mejores sitios sin la presencia europea. Insistía: “No quiero  vivir más en esta época. La conozco y la rechazo. En cuanto me sea posible, quiero permanecer fuera de este tiempo…” Por ello redactó sin cesar novelas y ensayos sobre el amor y el sexo, exigiendo libertad para el placer y con la firme idea de que uno mismo debe crear su moral. Al respecto escribió: “Mi gran religión es una fe en la sangre, en la carne como más inteligente que el intelecto. Podemos errar en nuestras mentes, pero lo que la sangre siente y cree y dice es siempre cierto.”

Como respuesta, Lawrence encontró la censura a sus mejores libros y una absurda persecución que no lo abandonó ni siquiera muerto: sus libros siguieron siendo obstaculizados a pesar de los esfuerzos de admiradores como Aldous Huxley, mientras que sus críticos y detractores, algunos de la talla de T. S. Eliot, negaban de manera implacable sus méritos artísticos. Ignoro lo que pensaron los futuristas de la obra de D. H. Lawrence, quizá ni siquiera la leyeron (las luchas generacionales suelen ser torpes). Pero no me cabe la menor duda de que era la antítesis a sus conceptos, a su pasional enamoramiento de los avances de la técnica y la ciencia. En la frecuente pugna entre civilización y barbarie, el autor de la memorable novela El amante de lady Chatterly tomaba sin titubeos partido por la segunda, pues allí es donde está la energía de la vida y los mejores momentos de las pasiones, todas en estado natural, lejos del sometimiento civilizador. Es posible que el vagabundo inglés que no encontraba acomodo en ningún sitio a no ser en despobladas regiones, no haya creído en la belleza singular de un automóvil de carreras, pero tampoco en la de la célebre Victoria de Samotracia. Recuerdo una fotografía suya, tomada en un mercado de Oaxaca, alrededor de 1923, cuando escribía La serpiente emplumada, donde Lawrence observa maravillado primitivas vasijas de barro hechas por los indígenas de esa zona.

Lawrence miraba con suma agudeza el interior de los cuerpos humanos, algo que los futuristas parecían haber dejado de lado. Para él “la verdadera tragedia es la guerra interior que se libra entre los que se aman.” Tenía razón, la guerra entre hombres armados por una causa generalmente idiota, nunca llegará a ser tan dramática ni tan frecuente como aquélla que se libra en el espíritu de los amantes. Esto es algo maravilloso y antiguo; lo demás es por desgracia reciente y detestable.

febrero 12, 2014

Recuerdos de Andrés Henestrosa

Andrés Henestrosa fue afortunado: pudo llegar a los cien años con buena salud y con sus talentos literarios intactos, rodeado de cariño y admiración. De principio a fin fue un hombre dedicado a las letras: agudo lector; en el cuento y el periodismo fue excepcional. Amante empeñoso de la brevedad, sustituyó el exceso de trabajo con distinguida calidad. No olvidaré la impresión que me produjo leer sus primeros textos: Los hombres que dispersó la danza y Retrato de mi madre. Más adelante, ya acostumbrado a leer sus artículos periodísticos, tuve la fortuna de conocerlo personalmente. Fue entonces que supe de un hecho asombroso: Andrés había bebido con mi abuelo, con mi padre y luego lo hizo conmigo. Alguna vez publicó en un artículo el dato con toda precisión y alarde de memoria.

En uno de los muchos homenajes que le dieron a lo largo de su vida, recordé que mi maestro Henrique González Casanova contó que Andrés había aprendido el castellano en plena adolescencia, después del zapoteco y el huave y que por tal razón lo manejaba con cuidado, delicadeza y originalidad. Pero si tanto nos impresionaba su forma de escribir, de depositar cuidadosamente las palabras en la hoja blanca, no podemos dejar de lado su parte oral, la manera en que hablaba, con asombrosa elegancia y pulcritud, poniendo invisible puntuación al final de cada frase. Recuerdo una larga intervención suya en la UAM-X para destacar la obra plástica de Raúl Anguiano. No traía siquiera apuntes; apoyado en su prodigiosa memoria, Andrés fue construyendo una pieza oratoria magistral que bien pudo ser un texto literario una y otra vez corregido.

Henestrosa supo rescatar el género epistolar para dejar testimonios de amigos y personajes admirados. Sus cartas a Griselda Álvarez o a su esposa o a Martha Chapa son pruebas inmejorables del dominio de un autor por un género complejo si se trata de dejar huella. De inmediato se convirtieron en páginas memorables de nuestra literatura y lo mismo ocurre con su periodismo: literatura rápida, inquietante, muy pensada y mejor escrita.

En una ocasión, Andrés Henestrosa, ante un grupo de amigos que lo reconocíamos como un maestro de la literatura, nos dijo: “Sólo soy un indio de Ixhuatán que vino a la capital, si algún mérito tengo está en el periodismo y en algunas páginas de relatos…”. Desconcertante modestia, falta de arrogancia y vanidad del escritor juchiteco, un literato y periodista que obtuvo la beca Guggenheim, el Premio Internacional Alfonso Reyes, la Medalla Belisario Domínguez y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre muchos otros, que tuvo el privilegio de vivir en la calle que lleva su propio nombre, su forma afable y sincera de saludar a pequeños comerciantes, indígenas, campesinos sin tierra o a escritores afamados, siempre en un mismo estilo afable, sencillo y juguetón, ocultando con inteligencia su inmensa sabiduría, algo imposible en el campo del arte.

Las últimas fotos suyas que vi, de Joaquín Ávila, muestran al hombre lleno de vitalidad, juguetón, sonriente, mirando sus papeles, escribiendo, tomando una copa (o dos), con sus más cercanos amigos como Alí Chumacero, José Luis Martínez y Carlos Illescas, o en su biblioteca con jóvenes oaxaqueños de talento literario o plástico, en la calle, en una hamaca, semidesnudo en un río oaxaqueño, rodeado de bellas juchitecas. Es el muestrario de un hombre al que no le pesó el siglo de intensa vida. Andrés le cantó a la alegría, a la amistad, a las letras y a su tiempo, a las mujeres que conoció y amó, a los amigos que quiso. No deja de asombrarme el respeto conquistado por una larga y fructífera existencia de creaciones sin par. Lo veo aún fuerte, bien plantado, reconocido como un gran escritor aún por sus enemigos.

Releo sus libros: no cabe duda, su talento literario lo hizo acreedor a eso y a más. Andrés está en la historia, no únicamente de la literatura, pues no olvidemos que ha sido un hombre con una marcada preferencia política, que fue diputado y senador.

El mundo de Andrés, el literario y el político, prácticamente ha dejado de existir, se desvanece gradualmente ante el paso de nuevas voces y otras presencias. Sin embargo, es posible anticipar que el Andrés Henestrosa, el hombre que recogió los sentimientos de su tierra para ponerlos ante nosotros utilizando un lenguaje aprendido tardíamente, ya tiene un sitio asegurado en sus mejores páginas. No sólo sus contemporáneos lo auguraron, las siguientes generaciones lo han confirmado. Andrés Henestrosa estará en nuestro arte y nuestra cultura, tan vivo y talentoso como lo estuvo más de cien años, desde que comenzó en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca, en 1906 una vida portentosa, llena de logros y buena fortuna.