Tantadel

marzo 31, 2014

Palabras sobre Helena Paz*

No es fácil hablar de Helena Paz. No al menos para mí, absorto como estuve mirando siempre a su madre y de reojo a su padre. Lo primero que supe de ella fue lo que leí en 1968: una carta dirigida a Octavio Paz en una bella y perversa edición que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz llevó a cabo para desprestigiar al poeta que había solicitado ser puesto en disponibilidad luego de los crímenes del 2 de octubre en Tlatelolco. No sé si hubo una edición en español, el ejemplar que yo recibí estaba en francés y parecía una edición de Siglo XXI. Es decir, se trataba de una falsificación. La carta de Helena a su padre comenzaba por una broma maligna de los “editores”: “Le poète Octavio Paz, postulé par lui même pour le Prix Nobel de Litérature, et nommé par lui même au ‘Comissariat de la cultura de l’inminent Gouvérnement Etudiant-Ovrier de Méxique’ (¡¡!!) a reçu cette lettre de sa fille Helena. 23 Octobre, 1968.” Luego, el texto desconcertante de su hija, más bien un reproche.

Luego, en 1991, la conocí personalmente al buscar a su madre Elena Garro en París. La recuerdo muy bien, era de tarde y las visité con Rosario, mi esposa. Helena, no se trata de hablar de la mamá, estaba radiante y muy bella, esbelta y de rostro fino, delicado, de una belleza distinta a la de la Garro. Platicamos largamente y más tarde salimos a cenar. Yo esperaba escuchar más a la mayor de las dos Elenas, pero fue la hija la que lo hizo. La amistad se acrecentó y siempre ha sido cordial.

Ya en México comencé a recibir los poemas de Helena Paz y sus quejas. Los primeros los publiqué, muy destacados, en las páginas del suplemento cultural de Excélsior, El Búho. Dos me llamaron la atención y con alguna mala leche los edité juntos en primera plana: eran los dedicados a sus padres. El que era para Elena Garro decía “a mi madre”, el otro simplemente estaba dedicado a Octavio Paz. El primero reflejaba amor, el segundo era un no muy velado reproche acerca de un encuentro en Londres. Muchos años después, la revista Proceso hizo lo mismo, imitó la idea que siempre será atractiva periodísticamente.

La poesía de Helena es excelente, fina, sutil, de imágenes distinguidas. No son las deslumbrantes del padre, pero son eficaces y eso es lo que cuenta. Su hasta hoy único libro autobiográfico, Memorias, es sin duda el mejor de los testimonios que se han dado en las letras latinoamericanas. Es un libro duro, no es complaciente en sus recuerdos, hay palabras severas para el padre y velados reproches a su madre. Básicamente hay una verdad que asombra. Escrito con elegancia, con una prosa trabajada, reconstruyendo una vida incierta, de vaivenes y pugnas para ella apenas justificadas y justificables, la escritora nos ofrece su vida, una asombrosa vida llena de claroscuros. Me parece que sólo los diarios de Anaïs Nin pueden comparársele a este libro. Mientras todos los que escriben memorias, diarios, autobiografías y recuerdos se ven como triunfadores, como centro del orbe, ella se muestra como un ser desprotegido y dependiente. Alguna vez me dijo tajante: No sabes lo que es ser hija de dos genios del arte. No, realmente no. Muy pocos lo saben y en general hablan con amargura de su infancia y juventud. Helena no es la excepción. En su vida no hay tantos éxitos y triunfos como fracasos y estorbos. A Octavio le resta credibilidad, a Elena la mira con amor, no en vano decidió compartir la ruta hacia el exilio doloroso con ella.

Más de una vez presencié discusiones entre ambas, entre madre e hija, no parecían graves, tal vez lo eran y uno se quedaba nada más en la superficie. Como sea, entre el enorme poeta y ensayista y la extraordinaria autora de novelas, cuentos y obras dramáticas, le estropearon la vida a la hija y al final le crearon tales dependencias que ahora todo le resulta difícil y es incapaz de defenderse con eficacia, por más que sea erudita y políglota. Se acostumbró a resolver sus problemas pidiendo ayuda. Una vez, ella en París y yo en México, tuvo problemas con su jefe inmediato, un novelista mexicano connotado. Me habló para quejarse y yo tuve que hablarle telefónicamente a Javier Barros Valero, entonces subsecretario de Relaciones Exteriores para que interviniera en su favor.

Finalmente, el Fondo de Cultura Económica ha editado sus poemas con prólogo de Ernest Jünger. Allí está la poeta de cuerpo completo. Si la vemos con su propia luz, es una escritora de mérito, de talento, que refleja sus muchas lecturas, una profunda cultura y desde luego, un instinto literario notable.

Sé que tiene mucho más escrito, he publicado algunos de sus nuevos poemas en la revista El Búho. Algunos son admirables, pero no veo que se dedique de lleno a la literatura, a trabajar en el segundo tomo de memorias. Es más bien autora de chispazos, de poco trabajo, suele pasar el tiempo quejándose de sus males y del abandono en que la tiene la sociedad en su conjunto. Esto la atora y le impide mostrar sus espléndidas cualidades literarias con las que nació.

Está visto que no es fácil ser hija de genios, los nombres de sus padres la oprimen y no le dejan respirar para hacer su propia obra. No puede seguir jugando a ser la abandonada y triste hija de Paz y Garro, ojalá se empeñara en buscar salir de la esfera de sus padres y ser ella misma la escritora genial que muchos vimos en sus primeros trabajos.
*Artículo publicado hace cuatro años, cuando Helena Paz Garro, presentó un libro suyo de poesía.

marzo 30, 2014

De Quincey, Poe y Baudelaire

os tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno fue incomprendi-do en su propio país.

Siempre me han llamado la atención los espíritus afines o vidas paralelas, según la terminología de Plutarco. No es frecuente encontrarlas. Podrían ser algunos casos de amistad entrañable y semejanza cultural como los de Kafka Max BrodBorges y Bioy CasaresMarx y Engels, donde las similitudes espirituales e intelectuales eran muy parecidas. Notable es el caso de Edgar Allan PoeThomas de Quincey y Charles Baudelaire. Son vidas paralelas. Todos de gran hondura poética, de complejo, rico pensamiento y de trágicas historias amparadas por las drogas y el alcohol. Pareciera que el centro de esa relación distante en lo físico, cercana en lo espiritual, fuera Baudelaire. Tradujo a Poe y escribió un sentido libro sobre la muerte de Thomas de Quincey.
Baudelaire nació en 1821 y murió paralítico y afásico en 1866. Su vida, como la de Poe y De Quincey, no fue la mejor. Las deudas lo agobiaron buena parte de su vida. Su prodigiosa obra literaria, Les fleurs du malParadis artificielsPoèmes en prose le acarrearon persecuciones y escándalos. Poe fallece joven en 1849, igualmente acosado por la pobreza y el alcohol, mientras que De Quincey, el más enigmático de los tres, se extingue en 1859, dejando tras de sí deudas. Es decir, Baudelaire los sobrevive y de hecho es quien escribe sus epitafios. Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno de ellos fue incomprendido en su propio país.
   De Quincey escribió, entre otros, dos libros memorables:Confesiones de un comedor de opio inglés y El asesinato considerado como una de las bellas artes. El primero, publicado en 1821, es una dramática autobiografía, el minucioso y doloroso relato de una vida atormentada. En esta obra su novedoso sentido del humor, su capacidad para la sátira refinada, desaparece para dar paso a una serie de reflexiones duras e inteligentes sobre su tiempo.
Al saber de su muerte, un adolorido Baudelaire escribió Confesiones de un comedor de opio inglés para explicar la dimensión de la pérdida, tal como en su momento lo hizo con Poe: “Así que Poe se fue a Richmond; pero al ponerse en camino se quejó de escalofríos y de debilidad. Al llegar a Baltimore seguía encontrándose bastante mal, y tomó algo de alcohol para reanimarse.
Era la primera vez desde hacía meses que ese maldito alcohol mojaba sus labios; pero eso bastó para despertar al demonio que dormía en él. Una jornada de excesos le llevó a un nuevo ataque de delirium tremens, su viejo conocido. Por la mañana, unos policías le recogieron del suelo en estado de estupor. Como no le encontraron ni dinero ni amigos ni domicilio, le llevaron al hospital; y en una de esas camas fue donde murió…”  Si en Confesiones de un comedor de opio inglésDe Quincey relata los sorprendentes efectos de la droga en materia musical, el texto del poeta francés resalta esa cualidad del opio: no sólo es capaz de prolongar los sueños más allá del reposo, sino que estimula su llegada y los embellece; son las flores del mal.
De Quincey elogia al opio, le concede cualidades como la exaltación del espíritu y la agudización de los sentidos, algo semejante a las producidos por drogas modernas como el ácido lisérgico que tanto éxito tuvo en la llamada década prodigiosa, cuando el rock and roll llegó a sus más altos niveles de importancia.
Su uso, en manos de jóvenes talentosos para este tipo de música, produjo resultados excepcionales y tragedias terribles, depresiones que condujeron al suicidio o al derrumbe. Baudelaire no juzga al opio (que él mismo consumió), más bien señala sus posibilidades para desarrollar facultades poco utilizadas. Adelante, Aldous Huxley llamaría a este fenómeno Las puertas de la percepción y señalaría sus efectos en los ojos, en los matices y luminosidad de los colores.
La admiración de Baudelaire por Poe fue al extremo de escribir mucho sobre su persona y su literatura. En esos trabajos señaló que Poe, como Balzac, llevaba en la frente un extraño tatuaje: mala suerte. Todo en su vida fue sombrío. Para Edgar, Estados Unidos era una enorme cárcel, un país con “hedor a almacén, satisfecho de su potencia industrial y algo envidioso del viejo continente. ¿Apiadarse de un poeta a quien el sufrimiento y la soledad podían llevar a la locura? Para eso no tiene tiempo. Siente tanto orgullo de su joven grandeza, tiene una fe tan ingenua en la omnipotencia de la industria, la cual, en su convicción, acabará por comerse al diablo, que siente una cierta conmiseración ante todas esas extravagancias.”

marzo 28, 2014

Otro distinguido miembro de la generación Taller: Rafael Solana

La muy festejada generación Taller no estaba sólo formada por José Revueltas, Efraín Huerta y Octavio Paz, faltan otros, Alberto Quintero Álvarez, por ejemplo. Y alguien más que fue un famoso hombre de letras: dramaturgo, poeta, cuentista, novelista y periodista: Rafael Solana. El problema es que éste nació en 1915. De tal suerte que no ha estado presente con sus compañeros que nacieron un año antes. Unos meses y la fama se asusta. Esperemos que el año entrante, Rafael Solana reciba los justos homenajes que su trabajo exige. Imposible olvidar que él fue el eje de la revista Taller, que aglutinó a esa generación.

Rafael Solana nació veracruzano e hijo de un experimentado y famoso crítico taurino: Verduguillo. De allí, supongo de modo fácil, su afecto por la llamada fiesta brava. Él se dedicó a todo aquello que está vinculado a las letras: el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y el periodismo. Ocasionalmente fue un eficaz funcionario, en donde destaca su desempeño como secretario particular de don Jaime Torres Bodet, cuando don Jaime era, por segunda ocasión, secretario de Educación Pública y trabajaba en grandes conquistas nacionales como la edificación de museos portentosos y en el libro de texto gratuito, una figura muy alta de la literatura y la función pública en México.

Solana escribió novelas espléndidas como El sol de octubre y La casa de la Santísima, pero fue un cuentista de excepción. Justamente como tal comencé a leer su faceta literaria que va más allá de relatos y novelas al incluir ensayos y poesía. A don Rafael le conocía por su amistad con mi padre. Ignoro cómo, cuándo y dónde se conocieron, pero entre ambos existía un cierto respeto. El de mi padre lo conozco y se debía a su estrecha relación con Torres Bodet, quien lo había apoyado durante la larga estancia del primero en París, a donde llegó, me parece, en 1951 ó 52, cuando don Jaime era secretario general de la UNESCO. Es decir, desde muy joven o tal vez desde muy niño, yo había escuchado el nombre de Rafael Solana. Lo primero que de él leí fue El sol de octubre, un libro que fue importante (lo dijo Gustavo Sáinz y lo han repetido muchas veces críticos serios) debido a su trabajo de prosa y a su estructura, pero fundamentalmente a que era una novela por completo urbana. Junto con La región más transparente de Carlos Fuentes y Casi el paraíso de Luis Spota, forman un trío de obras claves para que la literatura mexicana deje atrás su época rural. Ya estamos en una ciudad de México que velozmente se convierte en una megalópolis y sus problemas ya son otros y muy diferentes a los del campo.

Alrededor de 1967, quizá un poco antes, leí un libro suyo de historias breves: El oficleido y otros cuentos, y sobre este libro redacté mi primer trabajo dedicado a Rafael Solana. Debo añadir que en él exaltaba su prosa narrativa y me pronunciaba de modo contundente por su faceta de novelista y cuentista. Don Rafael se dignó a enviarme una generosa carta donde con humildad me agradecía el artículo (publicado en El Día de Enrique Ramírez y Ramírez, mi primera escuela periodística), pero con cordialidad me aclaraba que él era básicamente un hombre de teatro. En efecto, don Rafael amó al teatro con enorme pasión, igual que otro querido amigo suyo y mío, Luis G. Basurto quien se veía a sí mismo como “un soldado del teatro”. Solana le dio a la dramaturgia un acento muy especial y para ello escribió dramas y comedias de alta calidad tales como Debiera haber obispas, Los lunes salchichas y Pudo haber sucedido en Verona (premio Juan Ruiz de Alarcón, 1985). No le respondí, pero ése fue el pretexto para iniciar una cálida amistad que duró toda la vida.

Rafael Solana fue un periodista destacado que prefirió los espectáculos sobre la crítica política. No parecía interesarle o cuando se adentraba en los terrenos espinosos de la lucha política, era cauteloso como lo mostraba en sus artículos publicados en la legendaria revista Siempre! En esta publicación tuvo una sección, punto de referencia, como las columnas de otro estimable amigo,  Antonio Magaña Esquivel, en las que uno podía saber cuáles obras de teatro valían la pena o si un concierto había estado a la altura del prestigio del director de orquesta. Habrá que añadir que Solana fue un hombre parco en las condenas o críticas destructivas. Alguna vez le pregunté por qué solía ser generoso y me respondió con una historia atroz donde alguien se había suicidado debido a  la dureza de las críticas recibidas. Solana es la prueba de que Taller era una generación distinta, compleja, rica: Unos eran marxistas, otros anticomunistas y unos más estaban de acuerdo con el sistema imperante. Era pues una generación plural, un cordial grupo de amigos que al inicio tenía más afinidades que diferencias. Habría que estudiarlos bien y saber qué los separó tanto, aunque nunca dejaron de quererse y respetarse. Conservo el poema de Paz: “No pasaran”, editado en plena Guerra Civil de España, dedicado a Rafael Solana con afecto fraternal.

marzo 26, 2014

Los partidos y la cultura

En 1975, el Fondo de Cultura Económica publicó un libro significativo, sobre todo si se considera que lo editaba una empresa estatal y que la represión y persecución de la izquierda mexicana, particularmente de los grupos guerrilleros, en ese periodo sexenal, el de Luis Echeverría, había sido intensa. El libro se titula Los partidos políticos de México y, junto al PRI y al PAN, estaban presentes el Partido Comunista Mexicano y el Partido Popular Socialista. Por el PC hablaba Arnoldo Martínez Verdugo. En su participación hacía un recorrido por la larga y difícil historia del comunismo mexicano. Entre sus páginas se encontraba un capítulo en el que vale la pena detenerse: “Por una educación democrática y socialista. Acceso de las masas a la cultura y al arte”. Es probable que el texto hoy parezca simple. No obstante, refleja el esfuerzo de la izquierda comunista por darle al país un amplio proyecto cultural. La revolución socialista (se supone) resolvería la crisis de la educación y los problemas del arte y la cultura. Se hablaba de un Estado revolucionario que nunca llegó y por el que cientos y cientos, miles, sufrieron persecuciones, cárceles y aun la muerte.

La obra precisaba lo siguiente:

“El acceso de los trabajadores y el pueblo a la cultura y el arte es una necesidad del desarrollo social. El Estado revolucionario tiene el deber de poner los medios principales de difusión al servicio de los trabajadores para ese fin, impidiendo que sigan siendo, como lo son hoy, medios de manipulación ideológica y degeneración cultural y social en manos de la oligarquía y del capital financiero internacional. Una medida indispensable en este sentido es la nacionalización de la radio y la televisión.

“La nacionalización de la radio y la TV y las tres formaciones en la educación, abrirán un amplio campo a las actividades culturales, a las manifestaciones artísticas en general. Los intelectuales y artistas, hoy sometidos al mercado de elites, encontrarán múltiples canales para relacionarse con las masas. Serán éstas el mejor sostén de la creación, la ciencia, las artes y las letras. De esta relación nacerá un sistema de cultura popular ?centros destinados a la formación y difusión cultural y artística? que será impulsado y desarrollado con todos los medios de que disponga el Estado.”

Subyace en el texto de Arnoldo la idea de darle a las masas trabajadoras un arte y una cultura de alto rango, sin caer en las formas elementales contrarias, como es, por ejemplo, que el arte baje su nivel para que sea comprensible a la mayoría. Tampoco se encuentra allí, aunque fue siempre objeto de polémica, la intentona de darle al arte un contenido político y una dependencia total de los intereses del partido y del Estado. Los escritos marxistas como los de Adolfo Sánchez Vázquez y de personajes de la talla de Trotski siempre impidieron que esa atrasada postura se llevara a cabo. Finalmente, no deja de ser interesante que cuando Ediciones de Cultura Popular, empresa del PCM, publicó una antología de autores comunistas militantes, muchos de ellos seleccionaron textos de literatura fantástica, la que a nivel de la Unión Soviética no era bien vista. Recordemos la obra de autores como Kafka, Joyce y Proust, todas consideradas decadentes, o al menos contrarias a los intereses de la clase obrera. Estas posiciones encontraron su peor momento cuando en la Casa de las Américas, en sus años más radicales, decidieron excomulgar a Jorge Luis Borges por su conducta política, olvidando sus altos méritos literarios, por el hecho de que su literatura constituye una auténtica revolución artística.

Las palabras de Martínez Verdugo, de muchas maneras, encierran una larga historia: la de un partido que se preocupó por las artes y la cultura porque en su formación en 1919 participaron numerosos intelectuales y artistas. Para desgracia del PCM, lo que nunca tuvo fueron masas obreras. El balance final fue anticipado por José Revueltas en un libro doloroso editado en 1962, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Sin embargo, en la parte estética, el viejo PC mostró mayor coherencia que otros organismos similares. Siempre existió la idea de definir políticamente la línea cultural, darle un amplio sentido social y poner las mayores expresiones artísticas al servicio del pueblo, de las masas trabajadoras. Entre los recuerdos personales de mis casi veinte años de militancia en dicho organismo, las tareas que el Comité Central nos asignaba en mi célula eran las de diseñar una política cultural. En este trabajo estuve cerca de personajes como Juan de la Cabada y Raquel Tibol. Lamentablemente las células de intelectuales y artistas eran inestables, el propio Comité contribuía a crear cierto desorden al cambiarnos de responsabilidades con rapidez y ligereza. Por ejemplo, de la célula de intelectuales y escritores me pasaron a una de periodistas centrada en el naciente diario Unomásuno y al poco tiempo me reubicaron en otra que nacía junto con la UAM-Xochimilco. De allí, por recomendación de Enrique Semo, pasé a formar parte del cuerpo directivo de la legendaria revista de análisis marxista del Partido Comunista, Historia y Sociedad, la que al final dirigí con Sergio de la Peña. Pese al caos de aquella época, el viejo PC no se limitó a albergar a grandes figuras como Rivera, Siqueiros, Revueltas y Juan de la Cabada, sino que realmente intentó ser un partido con un proyecto cultural distinto, acorde a las ideas marxistas que pregonaba.

marzo 24, 2014

El Evangelio y Noé según yo

Buena parte de mis cuentos fantásticos está basada en textos escritos hace más de dos milenios e incluidos selectivamente en la Biblia. Estos relatos finalmente encontraron acomodo en El Evangelio según René Avilés Fabila, editado por la UAM, donde incluí muchos más inspirados en los Apócrifos y en obras como La Divina Comedia de Dante y El Paraíso perdido de Milton. Los tiempos bíblicos fueron desde mi niñez una notable inspiración. Al leer la Biblia como literatura según recomendación de Borges, y no como mi abuelo paterno me dijo, como historia sagrada, de fe, produje una catarata de versiones paralelas a las Escrituras.

Recupero alguna página ahora que acaban de estrenar el tonto filme Noé, donde actúan Russell Crowe y Anthony Hopkins, uno como el constructor de la celebérrima arca, el otro como Matusalén. Desde mi primera lectura, entendí que la Biblia era un memorable libro fantasioso, imposible de tomar en serio algo de lo narrado: es truculenta, sangrienta, injusta, anticientífica, exagerada… y escribí una obra menos brutal que sus portentosas historias originales. Noé aparece desde las primeras páginas, se remarca su edad, cercana a la de Matusalén, sus debilidades, y la completa imposibilidad de meter en un Titanic de madera a todas las especies animales del planeta sin moverse más allá de un radio de unos diez kilómetros. Obvio, es un milagro. Darren Aronofsky pudo hacer algo más que presentarnos una descabellada historia fílmica, donde merced a los trucos tecnológicos todo es posible.

Así vi a Noé en mi libro El Evangelio…, en Fragmentos de la Bitácora de Noé. Al vigésimo día: “…los elefantes barritaban, los patos graznaban, los leones y los tigres rugían, los perros ladraban, los gatos maullaban, las vacas mugían, los becerros balaban y ninguno de los animales dejó de mostrar su desesperación. La pareja de conejos se ha reproducido (imagino que venía predispuesta a ello) y a pesar de que sólo metí dos hormigas y dos cucarachas, ahora abundan y recorren el arca de principio a fin provocando molestias. Mi familia no se da abasto para atender las necesidades de los animales. Por la tarde de ayer un lobo atacó a una ardilla y el gato no resistió los deseos de perseguir a un ratón. Espero que la ardilla sane, de lo contrario su compañero se quedará solo y no podrá reproducirse. Afuera sigue lloviendo, tal como me lo advirtió el Señor”.

Al día siguiente: “Otra jornada terrible. Uno de los elefantes se escapó de su sitio y destruyó los destinados a otros animales. Fue difícil obligarlo a regresar a su lugar… La tripulación, digo, mi familia, está histérica. Me recrimina haber construido un arca de modestas proporciones para la empresa titánica que acometemos; pero seguí las instrucciones del Señor. Me dijo: “Haz para ti un arca de maderas bien acepilladas: en el arca dispondrás celditas y las calafatearás con brea por dentro y por fuera. ¿Habrá calculado con exactitud el número de sus creaciones? Él jamás se equivoca. Todos estamos acatarrados por la fría humedad”.

El trigésimo día: “Anoche, quién sabe de dónde surgieron vientos terribles y el oleaje sacudía violentamente nuestra arca. Por fortuna, resistió las embestidas… Apenas controlamos a los tigres y una serpiente atacó a mi hijo Cam. Los poderosos rinocerontes son una amenaza: están nerviosos y no toleran que alguien se les acerque. No es posible limpiar la suciedad que se acumula impunemente a nuestro alrededor”.

De esta manera continúa la bitácora de Noé: batallando con toros en brama, leones irritados. En medio de un caos total, a punto de perder la fe, al fin cesa el diluvio y Noé escribe: “Quiera Dios que esta bitácora no sea extraviada. De lo contrario, no habrá forma de reconstruir el Diluvio ni los actos heroicos que llevé a cabo para cumplir con el mandato del Señor. Sé que un grupo de hombres sabios y justos, educados en el temor y respeto a Dios, profetas, trabajará en un libro llamado Antiguo Testamento, que será parte de un esfuerzo monumental para producir una historia sagrada fidedigna. Si mal no recuerdo mi visión, la llamarán Biblia, el libro por excelencia. A ellos les entregaré mis apuntes en espera de que los conserven y utilicen. Son el único testimonio de la proeza histórica que dividirá la historia de la humanidad en antes y después del Diluvio. Allí está la manera en que salvé a los animales (bueno, excepto las especies que olvidé meter en el arca). Sólo los peces estuvieron en su elemento, podrían ser el símbolo de la verdadera religión. ¿Y por qué no vender la bitácora? Después de todo es un documento histórico inapreciable y yo invertí demasiado tiempo de mi vida en esta ardua empresa”.

Ahora, ¿cuál era el objeto del diluvio universal? Castigar a los humanos, pecadores irredimibles. Una brutal sanción de un dios cruel. El Génesis (capítulo VI) precisa: “Y he aquí que voy a inundar la tierra con un diluvio de aguas, para hacer morir toda carne”. No obstante, hoy, 2014, millones y millones de humanos han hecho del Paraíso una inmundicia y extinguido criaturas de Dios. ¿Para qué esa sanción nimia si los resultados fueron peores? Quién lo sabe: los caminos del Señor son misteriosos.

marzo 23, 2014

El amor perfecto: Orfeo y Eurídice

Dicen las historias que cada vez que cantaba, los humanos se embelesaban

Orfeo sumaba habilidades: teólogo, filósofo, maestro, historiador, reformador de la moral y las costumbres, poeta, héroe civilizador y, desde luego, la más importante: músico notable. Sus padres fueron Calíope y Apolo. Otras versiones le conceden diferentes progenitores. Sin embargo, según datos fidedignos, era hijo del dios y la musa citados.
De Apolo, Orfeo recibió la lira; de Calíope, la vocación para tocarla con excepcionales melodías. Señalemos su capacidad inventiva: dotó al instrumento musical de dos cuerdas más. Dicen las historias que cada vez que cantaba, acompañándose de la lira, los humanos se embelesaban, las fieras se amansaban y en general unos y otras se detenían para admirarlo, mientras que las piedras y los vegetales se acercaban para escucharlo mejor.
Probablemente algo sea más significativo y un mejor retrato: cuando Orfeo cantaba, los ríos frenaban su curso y se convertían en lagos.
Su vida fue prodigiosa, plena de aventuras fantásticas: acompañó a los argonautas, a quienes les fue de gran utilidad al separar dos islas errantes que impedían el paso de los héroes, salvarlos de las sirenas y dormir con su voz encantadora al feroz dragón que protegía el vellocino de oro. Nunca evitó las aventuras ni los viajes: fue a Fenicia y a Samotracia y en Egipto se detuvo largo tiempo para conocer la enigmática religión de los faraones.
A su regreso de Asia Menor, en Grecia, se dedicó a la enseñanza y desde la cátedra habló de sus experiencias y recorridos. Creó la disciplina llamada orfismo, que implicaba un sistema filosófico relativo al pecado, la purificación y la vida después de la muerte. Ello lo hizo un ser exitoso, rodeado de multitudes, admirado por reyes, sacerdotes y héroes.
Pero no era feliz. Le faltaba el amor. A pesar de las muchas mujeres y ninfas que lo asediaban, ninguna lograba atraer su pasión. Cuando apareció Eurídice, mujer encantadora, bella e igualmente sensible a la música, rápidamente se casaron y pasaron algún tiempo felices. Pero aquéllas eran épocas difíciles: los dioses se entrometían, los héroes cometían errores y los malvados siempre estaban al acoso de quienes vivían con dignidad y decoro.
En ausencia de Orfeo, el detestable Aristeo (simple cazador y productor de olivo) se apasionó por Eurídice y quiso tomarla por la fuerza. La mujer, ágil e inteligente, logró escaparse, mas en la huida fue mordida por una serpiente venenosa. Su muerte fue inmediata y en tanto Orfeo clamaba por el retorno de su amada, Aristeo emprendía una serie de sacrificios para que los dioses lo perdonaran. Al final, la fortuna fue generosa con el miserable: dispensado, contrajo matrimonio con Autónoe, hija de Cadmo, con quien procreó dos hijos, lejos del sufrimiento eterno de Orfeo y Eurídice, una prueba más de las injusticias celestiales.
Orfeo, desolado, imploraba el regreso de su mujer. Los dioses permanecieron sordos a sus ruegos. Pero él no era un hombre que se diera por vencido y, sin más, descendió a los Infiernos. En aquel pavoroso sitio, cantó su infinito dolor, su profunda tristeza. Hades se conmovió y le brindó ayuda. Su esposa le sería devuelta con una condición: durante el regreso al mundo de la luz, no debería mirar hacia atrás.
Orfeo inició el retorno. Lo inquietaba la debilidad de Eurídice, que hacía lento el camino escarpado. No resistió la ansiedad y volteó la cara buscando a su esposa: en ese mismo instante la mujer se desvaneció para siempre y su espíritu quedó en el mundo de los muertos. Nunca hubo un amor como el de Orfeo por Eurídice y pudo probarlo largamente rechazando mujeres y cantando una y otra vez, lleno de dolor, su tragedia.
El final de la historia no puede ser más triste. Mujeres vengativas, rechazadas por él, lo asesinaron, destrozaron su cuerpo y esparcieron los pedazos de aquél que se arriesgó a descender al submundo infernal. La cabeza fue arrojada al río Ebro; al llegar el despojo a las costas de Lesbos, las musas, dolidas por la terrible muerte de Orfeo, lo sepultaron.
Su voz hermosa seguía llamando a Eurídice. Los dioses del Olimpo, arrepentidos del duro proceder contra la pareja de enamorados, decidieron mitigarlo con un homenaje: su lira fue transformada en constelación, donde una estrella, Vega, resplandece con insólito fulgor. Posiblemente sea el lamento de Orfeo llamando, inconsolable, a Eurídice, como en la ópera de Gluck.

marzo 21, 2014

Yolanda Montes, Tongolele

La cultura popular mexicana ha seleccionado un puñado de grandes figuras para rendirles culto. Pertenecen a la mitología de un México perdido, de una ciudad masificada e insegura, terrible, que ha destruido sus palacios y jardines, cuyo pasado es ahora preservado por algunos con la nostalgia del paraíso perdido. Los mitos y las leyendas son un puñado entre los que destacan Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Cantinflas, María Félix, Agustín Lara y Tintán. Sólidas personalidades que subsisten en la memoria popular.

No todas han fallecido. Muchos de los mitos y leyendas viven. Señalemos a una mujer legendaria: Yolanda Montes, Tongolele, quien llegó a México en el sexenio de Miguel Alemán y lo conquistó con su enorme belleza, su rostro enigmático y su conducta más bien reservada. Sus bailes podían ser provocativos, sólo que sus movimientos cadenciosos (exóticos) y la ausencia de aires de coquetería y risas provocativas que caracterizaron a las llamadas rumberas, la protegían del escándalo.

Yolanda Montes comenzó en el Tívoli, según cuentan los historiadores de lo popular y en particular de una época maravillosa del México desaparecido. Mientras que las mujeres devotas y los hombres santurrones protestaban en nombre de la decencia a causa de sus bailes, ella entraba al cine. Han matado a Tongolele, Mátame porque me muero, El rey del barrio, Amor de locura y El misterio del carro exprés, entre muchas otras, pusieron a esta bailarina al alcance de los grandes públicos. Su fama creció y comenzó el mito. Yolanda Montes ha inspirado a intelectuales y poetas un gran número de historias y poemas. Efraín Huerta, Bonifaz Nuño y Salvador Novo fueron algunos.

Tampoco falta la cita de los críticos de cine. Emilio García Riera y Fernando Macotela, en su obra La guía del cine mexicano, se refieren a la primera película que filmara Yolanda Montes: Han matado a Tongolele, filme de 1948, de Roberto Gavaldón, con David Silva, Seki Sano y Lilia Prado. Dicen los críticos citados: “Comedia musical de ambiente teatral e intriga policiaca. Tiene el interés de mostrar en un papel principal a la bailarina exótica Yolanda Montes, Tongolele, que hizo furor (con toda razón) en el teatro frívolo.” Y refiriéndose al filme clásico de Tintán, El rey del barrio, explican lo siguiente: “Entre las muchas escenas graciosas de la película, cabe recordar una en la que Tintán baila un tango con la suculenta exótica Tongolele.”

La verdad es que Tongolele no le debe al cine su reputación, la deuda es con sus propios bailes y, desde luego, con su belleza excepcional: ojos verdes dentro de un rostro perfecto y un célebre mechón blanco. Su cara era y es enigmática y ello contribuía a desatar la imaginación de su público. Sin embargo, el cine sí contribuyó a ampliar su fama. La entonces pujante cinematografía mexicana recorría todos los países de habla hispana. Ello permitió que muchos actores y actrices, cantantes y bailarinas consolidaran su prestigio y de tal manera pasaran a la calidad de mitos, leyendas.

A Yolanda Montes la conocí en mi propia casa. Llegó a una comida acompañando a José Luis Cuevas y Bertha. Se trataba de una reunión en la que estaban pintores, músicos y escritores. La atención fue para Yolanda Montes. En algún momento, desconcertado por su inesperada presencia, no supe cómo referirme a la mujer leyenda y le dije Tongolele, con suavidad me corrigió, Yolanda, por favor. Establecido el acuerdo, tuvimos una espléndida reunión donde ella habló de algunos de sus secretos, de la manera en qué llegó a México y las diferencias entre las afamadas bailarinas como Lilia Prado, Ninón Sevilla, Amalia Aguilar, Rosita Fornés, Rosa Carmina, y ella.

Algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre Yolanda están dentro del libro del periodista Arturo García Hernández, No han matado a Tongolele, prologado por Carlos Monsiváis, obra que llena un vacío y se adentra en la vida de la legendaria bailarina. La clave del éxito de la artista radica en lo siguiente, según yo: ha bailado fuera de lo común, no ha inventado cierto tipo de danza sino que ha rescatado los bailes folklóricos de todos los tiempos para entrar en contacto con la naturaleza y con dioses distantes. Eso explica la índole de su danza, ha retomado los antiguos (quizá primigenios) movimientos, sensuales y eróticos, valores supremos que vienen de lo más hondo de la historia y eso no es inmoral ni moral, es simplemente arte. La leyenda no se forma con simplemente mover el cuerpo. Otras mujeres, hermosas y talentosas como Tongolele lo hicieron y han sido olvidadas. Buscaban el erotismo, la excitación popular, mientras que Yolanda bailaba para complacer espíritus más complejos.

Yolanda Montes no estudió baile, es puro instinto. Sus pasos y movimientos los inventó o, mejor dicho, los tomó de milenarios ritos paganos, ritos de lejana sensualidad a la que hoy tal vez llamaríamos cachondería. No hay lujuria sino exaltación, la música es natural, proviene de elementos primitivos. Sirve a religiones más libres y deidades múltiples al servicio de comunidades que viven en permanente comunicación con la naturaleza.

Su belleza prosigue inalterable y sigue bailando ahora de modo ocasional. No lo hace para entretener sino para continuar esa comunicación que la hizo famosa entre los grandes públicos y mantener vivo su diálogo con millones de personas que han visto en ella la representación sublime del amor, del erotismo más puro y misterioso.

marzo 19, 2014

Carta abierta a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

A Ricardo Cartas, a mis jóvenes amigos poblanos
Queridos amigos de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla: Como mis pocos lectores saben, nací entre maestros y escritores. Mis padres fueron normalistas. El mundo era de libros impresos y los medios electrónicos estaban en etapas rudimentarias. Estuve siempre en escuelas públicas, las disfruté y de ellas aprendí mucho más de los conocimientos escolares que suelen ofrecer. Pronto quise ser escritor de literatura y utilicé como primer paso a los amigos de mi padre, quien había alcanzado alguna notoriedad merced a una novela conmovedora y de prosa poética: Leonora. Recurrí en busca de consejos a escritores mayores y de talento: José Revueltas, Juan de la Cabada, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Edmundo Valadés, Ermilo Abreu Gómez, Juan Rejano… Ninguno me escatimó el consejo, la revelación de alguno de sus secretos literarios, recomendaciones. El autor de Canek, incluso me hizo una larga lista de clásicos españoles, que de inmediato leí.

No hubo uno que dejara de ser generoso conmigo. Ricardo Garibay, a quien recuerdo osado, talentoso y arrogante, me dijo: No busque maestros, cada libro es uno de ellos. Tenía razón, pero en esos años me gustaba preguntarles sus secretos a los escritores. Lo hice con Alejo Carpentier, con Borges, Torres Bodet y Rafael Solana, entre muchos otros.

Simultáneamente, y desde hace más de cincuenta años, no dejé de escribir, multitud de libros y miles y miles de artículos salieron como resultado de una vocación prematuramente surgida. No quise ser político o científico, sólo he sido literato y periodista. Sin duda ambas tareas me condujeron a pasar de profesor universitario de ciencia política a maestro de la carrera de Comunicación, primero en la UNAM y enseguida en la naciente UAM, donde he alcanzado el honor de verme convertido en “Profesor Distinguido”.

Todo ello reunido me puso a la disposición de los jóvenes o de aquellos que, no siéndolo, tienen la voluntad de hacer poemas, cuentos o intentar ser autores de novelas. Pago mis deudas morales, le dije a un periodista que me preguntó el porqué de mi Fundación o la necesidad de impulsar un complejo proyecto: el Museo del Escritor, qué me obliga a mantener desde hace muchos años una revista, El Búho, antes impresa, ahora digital, o aceptar cargos universitarios como director de cultura. Retribuir a los que arrancan, retribuir lo que muchos grandes maestros me dieron cuando yo despegaba.

No sé hasta dónde he llegado, México es un país difícil, con mafias culturales y enemigos gratuitos, pero la magna recompensa la he encontrado en las universidades públicas. Comenzaron a reconocerme en la UAM-X, luego siguieron en la UNAM, en el IPN, en la de Colima, en la de Nuevo León, en la de Sinaloa, en la de Tabasco, la querida UJAT, en la de Hidalgo… Nunca dejé de tener el respaldo del Conaculta y del INBA por una razón, porque independientemente de los atroces gobiernos panistas, sus funcionarios profesionales, sus trabajadores, no me dejaron al garete. En los tiempos de Sari Bermúdez o de la inaudita Consuelo Sáizar, las mayores instituciones culturales del país hallaron la forma de reconocer mi trabajo literario en Bellas Artes. Gracias.

Pero la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla juega un lugar muy especial. Fue allí donde, luego de la mía, la UAM, decidieron festejar el aniversario cuarenta de mi primera novela Los juegos, una obra agresiva y contracultural que pese a las enemistades, se ha sostenido. La emblemática Prepa Zapata hizo un sólido reconocimiento. El resto es una magnífica historia. La BUAP ha publicado libros míos, hermosamente trabajados, y al hacerme un cálido homenaje por mis cincuenta años de académico, narrador y periodista, por disposición de sus autoridades, el rector, maestro Alfonso Esparza Ortiz; el vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura, doctor Flavio Sánchez Guzmán, y la doctora Ana María Huerta Jaramillo, directora de Fomento Editorial, informaron públicamente que la BUAP creaba una colección para jóvenes escritores llamada “René Avilés Fabila”. Honrosa distinción que, lo digo con plena sinceridad, me conmovió profundamente.

Cuando la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, en el colmo de la generosidad, me homenajeó poniéndole mi nombre a su Feria del Libro el pasado año, me entregó su más elevado premio, el Mallinali, y como coronación me hizo Presidente del Premio Nacional de Periodismo, lo que me llenó de entusiasmo. Había en la explicación que la UJAT dio para justificar festejos de tal magnitud, palabras que llamaron mi atención: me daban esos reconocimientos debido a que tenía décadas trabajando sí las vocaciones citadas, pero por una razón más: mi capacidad para relacionarme con los jóvenes. Algo semejante ocurrió cuando la Universidad Popular Autónoma de Veracruz me concedió el Doctorado Honoris Causa en medio de una ceremonia académica, rodeado de académicos de talla, escritores afamados y con la representación del presidente de la República, los actores principales, los más solidarios, muchos que llegaron a Xalapa desde Puebla o ciudades vecinas o del DF, le dieron su propio sello.

Ahora la BUAP me da un enorme y magnífico regalo: una colección literaria para jóvenes con mi nombre. No sé cómo agradecerlo. A tal honor, que me llena de orgullo, correspondo diciéndoles estas palabras surgidas del corazón: Gracias, amigos de la BUAP.

marzo 17, 2014

Huberto Batis en la UAM-X

Bernardo Ruiz, Andrés de Luna, Jorge Meléndez, José Sobrevilla y yo estuvimos festejando los 80 años de intensa vida del maestro de escritores y críticos literarios, Huberto Batis. Cincuenta de ellos dedicados a la docencia en la UNAM y siempre en el periodismo cultural.

La mesa fue sui géneris, como ha sido Huberto Batis. Comencé hablando de los encuentros iniciales entre él y yo en 1964 o 65, cuando ambos trabajábamos en el Fondo de Cultura Económica. Bajo su severa atención estuvo mi primer libro de cuentos, publicado por esa casa editorial en 1969, Hacia el fin del mundo, que había sido aceptado merced a un doble dictamen: del doctor Francisco Monterde y de Raymundo Ramos. Enseguida le di la palabra a Jorge Meléndez y él antes de hablar le hizo una pregunta a Huberto. Allí arrancó el más divertido, contracultural e inusitado homenaje a escritor alguno. Batis desgranó con fina ironía multitud de anécdotas de su quehacer literario y periodístico y habló de su generación: de Juan García Ponce, Juan José Gurrola, Juan Vicente Melo, José de la Colina, Inés Arredondo, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Cristina Pacheco. Fue realmente un testimonio demoledor e irónico, el que por fortuna la UAM-X grabó íntegramente. Habló, asimismo, de Fernando Benítez, Carlos Fuentes, Gastón García Cantú, Julio Scherer, Luis Spota, Héctor Aguilar Camín, Octavio Paz, Elena Poniatowska, de la relación de Carlos Salinas con intelectuales, de las que tuvo Luis Echeverría con los mismos… Historiador de su época, Batis dio datos y repartió juicios. Fue un recordatorio irónico y agudo de la mitad del siglo XX. La mitad del público se reía de las anécdotas de Batis y la otra mitad de plano se carcajeaba.

Andrés de Luna, en su turno, habló del erotismo en Huberto Batis y de cómo alguna vez, siendo él joven, estuvo en una fiesta donde un afamado fotógrafo nos entregó, a Batis y a mí, un reconocimiento por nuestra reputación como expertos en relaciones amorosas. Fue muy graciosa la historia, sazonada con comentarios míos y del propio Huberto. Mientras hablábamos en una pantalla pasaban imágenes de la agitada vida del escritor y periodista.

José Sobrevilla y Jorge Meléndez comentaron las largas entrevistas que tuvieron con Batis para documentar su vida. El segundo precisó que esas mismas entrevistas fueron enviadas al Concurso Nacional de Periodismo y que no obtuvieron ningún premio, lo que prueba que vivimos bajo el desdén de los medios por la cultura. Tiene razón.

Pero no acababa de hablar alguno de sus amigos y alumnos cuando Batis retomaba la palabra y al fin se adueñó por completo de la mesa, desplazándome de mi papel de organizador y moderador. Él daba la palabra, la quitaba y volvía a hacer bromas memorables y a narrar encuentros y desencuentros con las glorias de su época. Nunca perdió la inteligencia, la excelente memoria y menos el perverso sentido del humor que muchos le apreciamos. Ridiculizó las grandes pugnas de los últimos años del siglo XX y puso en la guillotina a los santones, a los más glorificados por los medios de comunicación y al sistema político nacional. Sin temor a equivocaciones o exageraciones, en la UAM-X escuchamos la voz de un hombre poco común, fuerte y lúcido a pesar de una dolorosa enfermedad. Derribó mitos y se burló de las vacas sagradas. Si hay que decirlo en lenguaje popular: no dejó títere con cabeza. Batis fue más allá de la historia del mundillo intelectual mexicano, precisó las complicidades entre los escritores y los políticos. Todo con un fantástico y malvado sentido del humor.

La nota “seria” la dio Bernardo Ruiz, alumno de Batis en la UNAM, ahora director de publicaciones de la UAM, al leer un bello texto en el que narró cómo era Huberto en sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Lo señaló como un erudito y severo profesor universitario, que le abrió las puertas para llegar a docenas de escritores memorables, y dejó constancia del rigor de su trabajo como editor, como divertido periodista y como feroz crítico literario.

Estoy seguro que pocas veces en México ha habido una mesa así, un homenaje a un escritor donde campea el buen humor y una perversa ironía, un evento memorable y ajeno a la solemnidad que suele rodear a este tipo de festejos culturales. Lo calificaría no como algo informal, sino como un homenaje irreverente a un personaje fuera de serie. Un acto contracultural que rompe moldes. El homenajeado fue el dueño del escenario y nos dio lecciones de vida y cultura, de excelente ingenio. Fue como siempre, duro, a veces brutal, pero eso debemos agradecerlo en un país que ha hecho de la hipocresía una obligación, una manera de conducirse. Entre mafias culturales y grupúsculos de literatos que buscan el poder y más ventajosas posiciones, Huberto Batis hizo su vida al margen, burlándose de las glorias nacionales y de los elegidos por el sistema para hacerlos espantosamente celebrados.

Sería espléndido recoger la obra completa de este periodista cultural, investigador y académico distinguido y admirable.

marzo 16, 2014

Milton y el espíritu perdido

John Milton le daba especial importancia a su Tratado de doctrina cristiana.

John Milton se hizo célebre por El Paraíso perdido, sin embargo, él le daba especial importancia a otro trabajo suyo: Tratado de doctrina cristiana, cuyo objetivo era exponer un sistema teológico derivado directamente de laBiblia (ese desordenado y desmesurado conjunto de fantasías y mitos). En tal libro están las contradicciones entre el pensador racional y el dogmático religioso. Pensaba que, ontológicamente hay, en efecto, un espíritu infinito, creador del universo y de todo lo que hay en éste. Pero cosmológicamente, su sistema es materialista panteísta, pues concibe al universo como algo formado por diversas modificaciones de una materia prima que es emanación de la sustancia divina. Basado en tales conjeturas, supuso que no hay distinción entre materia y espíritu. En consecuencia, el alma no puede separarse del cuerpo. Al morir este último, el alma se extingue. Lo que no pareció quedar claro fue el sitio donde habita el alma. ¿En el corazón, en la mente, en las manos del pianista o en el vientre, donde con cada padecimiento espiritual hay un sobresalto?
De cualquier forma, sus ideas resultaban demasiado avanzadas para la época (1608-1674). Si la magnífica obra El Paraíso perdido estaba basada en el Génesis (Adán y Eva), era evidente que Milton consideraba a la Biblia como revelación divina. No podía, en otros libros, contradecir sus principios. De tal suerte, con algún oportunismo filosófico, acomodó mejor sus ideas: la inmortalidad sí existe, luego de la muerte, que es un sueño, viene la resurrección. Muerto el cuerpo, y luego de un tiempo no precisado, el alma se recupera y se dirige hacia su último destino: el paraíso, el infierno o bien el purgatorio.
Por ello, las siguientes generaciones han puesto toda su atención en su inmenso poema El Paraíso perdido, dejando de lado sus disquisiciones místicas.
Oscar Wilde,
el conversador luminoso, el cuentista oral
Para muchos, el mejor Oscar Wilde era el oral; por relatos de quienes lo conocieron, sabemos que su conversación era brillante, aguda e imaginativa. Cuentan que solía deslumbrar a sus escuchas. Entre nosotros, habrá que recordar a Juan José Arreola y antes a Salvador Novo.Wilde gustaba de exponer historias, fábulas y cuentos, con frecuencia variaciones de temas conocidos y de relatos que transformaba o invertía. André Gide, en un libro memorable, Oscar Wilde, cuya traducción al castellano y prólogo se deben al poeta Marco Antonio Campos, relata algunas de sus conversaciones, las que, con rigor, eran monólogos donde el escritor irlandés iluminaba a sus amigos y admiradores. Con algo de esfuerzo, se podrían recuperar algunos de estos “textos” y de tal forma aumentar su bibliografía. Quedaría, sin embargo, la duda de algo fundamental: ¿Qué tanto los herederos de aquellas conversaciones prodigiosas nos darían la esencia del Wildeoral? “Wilde, dice el novelista francés luego de conocerlo en París, no conversaba: contaba. Durante casi toda la cena, no paró de contar. Contaba dulce, lentamente; su voz era maravillosa”. Hubiera sido magnífico tener una grabadora y conservar su voz educada y sus portentosas historias. Por lo pronto, a reserva de alguna vez volver al tema con mayor intensidad, me permito transcribir una de esas historias (El discípulo) conservada por la memoria de Gide en la versión de Campos.
“Terminada la cena, salimos. Al ver que mis dos amigos caminaban juntos, Wilde me llevó aparte:
“—Usted escucha con los ojos —dijo de pronto—; por eso le voy a contar una historia.
“Cuando Narciso murió, las flores de los campos estaban desoladas y pidieron al río unas gotas de agua para llorar. —¡Oh!, respondió el río, aun si todas mis gotas de agua fueran lágrimas, no tendría suficientes para llorar a Narciso. Cómo lo amaba. —¡Oh!, retomaron las flores de los campos, ¿cómo no podrías haberlo amado? Era hermoso. —¿Hermoso?, preguntó el río. —¿Y quién mejor que tú lo sabes?, dijeron las flores. Cada vez que se inclinaba en la orilla, miraba en tus aguas su belleza...
“Wilde se detuvo un instante.
“—Si yo lo amaba, respondió el río, era porque cuando se inclinaba sobre mis aguas veía el reflejo de mis aguas en sus ojos.”   

marzo 14, 2014

El DF como escaparate político

La capital fue escenario de apabullantes derrotas propinadas por las tropas norteamericanas en 1847: quedan tristes recuerdos en Churubusco y Chapultepec. De los grandes combates revolucionarios, ninguno se llevó a cabo en la ciudad de México, el éxito de las tropas villistas, zapatistas, carrancistas u obregonistas, se dio en distantes campos de batalla. La formidable escritora Elena Garro tiene una página memorable donde recuerda su llegada a esta ciudad, era una niña que veía un pueblo hermoso con “gente buena”. Pero la capital creció, se hizo desmesurada y agotó sus bellezas, hoy, como bien dice la investigadora de la UNAM, Martha Fernández, pasó de ciudad de los palacios a mancha urbana. Sí, pero esa mancha horrenda y conflictiva alberga los poderes políticos, es la casa presidencial, para colmo tiene unos diez millones de habitantes y está conurbada con el Estado de México que aporta otros tantos que van y vienen y que en consecuencia le conceden un poder político tremendo.

Las reglas del juego presidencial han sufrido modificaciones por tal razón: el que gobierna el DF tiene en sus manos recursos económicos de sobra y la permanente atención de los medios como no los tiene ningún gobernador por eficaz que sea. En Puebla se agita Moreno Valle, trata de llamar la atención para mostrarse como un buen candidato presidencial panista (acaso aliado con el PRD) para enfrentar al PRI redivivo. Pocos lo notan. Si hay atención en el país es a lo que ocurre en la ciudad capital. Además, los mayores medios de comunicación, así como las más importantes universidades mexicanas, la UNAM y la UAM, están en el DF.

Si antes el candidato presidencial ganador salía del gabinete en una prueba de autoritarismo supremo, hoy puede salir de diversos sitios. Para la oposición perredista, el DF se ha convertido en su gran bastión, es la joya de la corona. Una vez que lo conquistó de manera contundente el ingeniero Cárdenas, el resto ha sido fácil porque la capital de México es progresista y ha sido agraviada una y otra vez por el PRI anterior a Fox y Calderón.

Los jefes de gobierno, si las condiciones lo permiten, son candidatos presidenciales natos. Lo fue Cárdenas, asimismo lo fue López Obrador. Como están las cosas, y en vista del creciente y normal desprestigio de Marcelo Ebrard, el DF puede ser la plataforma para que Miguel Ángel Mancera compita por Los Pinos. Dentro del PRD no hay otro aspirante de esa magnitud. Ahora, ¿lo es por su peso “ciudadano”, por su valiente defensa de los capitalinos ante las agresiones de la CNTE y otras fuerzas retardatarias? No. Lo es por el peso de la capital. Porque su nombre es muy conocido tanto aquí como en el resto de la República, un hecho significativo que pocos políticos tienen. Sin embargo es probable que la correlación de fuerzas sufra modificaciones debido a la visible decadencia de la oposición.

Pocos analistas (y algo semejante ocurre en la percepción de los capitalinos) le ven gran estatura a Mancera. Se ha empequeñecido, no ha estado a la altura que pensamos tendría. Es frívolo, poco creativo, no ha sido capaz de responderle satisfactoriamente a los habitantes de esta atribulada ciudad que masivamente votaron por él y ahora hay que añadirle los problemas que a su principal soporte, el PRD, le producen López Obrador con su propio partido en formación y Marcelo Ebrard que se agita nadando en el lodo acostumbrado. No acaban de decirle en el PRD que no lo quieren como presidente del organismo, cuando aparece que una de sus obras espectaculares y en exceso publicitadas, la Línea 12, es poco más que un fraude. Por lo pronto, ya 11 estaciones han sido cerradas por inseguras. Independientemente de la pérdida de millones de pesos (lo que en castellano se llama corrupción), el hecho le provocará graves trastornos a casi medio millón de personas durante seis meses de reparaciones sin contar los enormes recursos que se requieren para su reparación.

Las diferencias políticas afloran. Miguel Ángel Mancera denuncia el hecho y ofrece disculpas a los usuarios del Metro, mientras que Marcelo Ebrard se califica de “limpio y orgulloso”. Los capitalinos empiezan a mostrar aquello que le permitió al PRD sacar del GDF a los priistas: hartazgo. Entre los altos niveles de corrupción y la utilización de la ciudad como enclave o fuerte político, los capitalinos ya no ven grandes ventajas en un partido que se deshace en luchas intestinas y que ha entrado en el juego pragmático del PRI.

El arrogante Distrito Federal, con su enorme masa de habitantes y sus millones de vehículos abrumando las calles, seguirá siendo un lugar ideal para que los políticos se luzcan y presuman habilidades que no tienen, pero los hombres y mujeres cambiarán. Por ahora no se ve a nadie capaz de saltar de la capital a la nación en su conjunto. No dudo que Mancera pueda ser candidato presidencial del PRD (su no partido), pero no tendrá la fuerza de sus antecesores y carecerá de ella por los errores cometidos, por ello y porque se ha dejado asimilar por los valores del viejo partido dueño nuevamente de Los Pinos. Mal hizo el perredismo en abandonar la ideología que de la izquierda histórica recibió. Seguiremos siendo vitrina nacional, pero con diferentes actores.