Tantadel

julio 30, 2014

Literatura revolucionaria y literatura de la revolución

Es fácil confundirse. Pero hay una gran diferencia entre literatura revolucionaria y literatura de la revolución. Es obvio que estéticamente importa más la primera, la segunda es tan sólo una crónica, documentos históricos de un amplio fenómeno social. En la Unión Soviética, por ejemplo, se impuso una corriente literaria de carácter testimonial y de precarios valores formales: A no ser, claro está, en ciertos casos, en los referentes a escritores de genio que supieron sustraerse al llamado realismo socialista. Citemos los casos de Alexei Tolstoi (pese a sus pecadillos de última hora), de Eherenburg a Shólojov, a Pasternak y sin duda a Esenin y al legendario Mayakovsky. Naturalmente que hay más autores, pero no se trata de hacer un directorio.

Entre los soviéticos que brillan más alto está Isaac Babel, el autor de solamente tres obras: Caballería roja, Cuentos de Odesa y Debes saberlo todo, que son libros de cuentos. Babel desapareció en las prisiones estalinistas sin haber concluido ninguna novela. Pero con sus relatos obtuvo un primerísimo lugar dentro de la gran literatura universal. Babel nació en Odesa en 1897, detenido en 1937 y al parecer fue ejecutado en 1941 en un campo de concentración de Siberia. Sus papeles se perdieron y fue muy difícil rescatar algunos de .sus textos que aparecieron de manera póstuma. Desde 1917 y hasta alrededor de 1924, Babel peleó con la caballería roja que comandaba Budiony. De esta lucha nació su primera gran obra: Caballería roja, publicada por vez primera en 1924 y que de inmediato le valió el reconocimiento de talentos como Gorki y el odio de muchos burócratas metidos a intelectuales.

Isaac Babel supo narrar de modo magistral toda una serie de interesantes relatos vistos o vividos durante los años en que los soviéticos peleaban por arrojar de su patria a los invasores y por consolidar la revolución. Esta obra puso de manifiesto que Babel utilizaba materiales del gran movimiento social que afectó a Rusia; pero simultáneamente se descubrió que se trataba de un autor que revolucionaba la literatura, que le daba una nueva dimensión al relato. Es decir, Babel era un escritor producto de la Revolución. Durante las purgas estalinistas fue acusado de trotskista y es muy posible que simpatizara con el creador del Ejército Rojo. Por muchos años sus obras estuvieron prohibidas en la Unión Soviética y en el resto del mundo apenas fueron editadas. En 1954, a causa del XX Congreso, Babel fue rehabilitado y Eherenburg solicitó emotivamente que sus libros volvieran a la circulación. Gracias a ellos, hoy sabemos que Babel pudo combinar arte y política, que fue un combatiente y al mismo tiempo un estupendo narrador. Algo que muy pocos han alcanzado. Pero si fue un combatiente imbatible en el campo de batalla, su obra literaria renovó la prosa de su tiempo que basó su éxito en una severa economía de medios expresivos.

México más bien conoció la literatura de la Revolución. Una pléyade de grandes narradores que participaron en el movimiento o que supieron de primera mano de la gesta, la conformaron. Fue la crónica literaria de la Revolución, cuyo mejor compilador y analista la tuvo en la figura del crítico y ensayista Antonio Castro Leal. Un autor verdaderamente revolucionario en el sentido artístico fue Martín Luis Guzmán. El creador de la mejor novela del siglo XX mexicano: La sombra del caudillo.

julio 28, 2014

Tribulaciones de un tlalpense

Desde que el PRD se adueñó del DF, mi zona, vivo desde hace cuarenta años en Tlalpan, no ha dejado de ver la escalada de problemas sociales. Sé, puesto que me muevo por toda la capital como profesor universitario y periodista, que mi delegación no tiene la exclusividad. Pero con dosis de egoísmo, me preocupo por el sitio donde pensé que pasaría los mejores y últimos años de mi vida.

Si alguien ha tenido el mal tino de leerme con frecuencia, sabe que con regularidad trato el tema. Tanto así que diversos vecinos míos me solicitan ayuda para al menos intentar atraer la atención de las autoridades capitalinas y esperar el milagro de una solución, de una simple cortesía de los delegados o del propio Miguel Ángel Mancera, ocupado en una vida frívola, superficial y de magros resultados, en espera de que la ciudadanía del país lo seleccione candidato “ciudadano” a la presidencia de México. Me parece que no será así. Los comentarios sobre su pésima gestión se hacen más severos. Acabo de leer un artículo que circula en las redes sociales, (Ciudadanos en red) titulado “Por qué Mancera debe renunciar al DF”. Las razones enumeradas y bien pensadas son 13 y francamente el autor se quedó corto.

Al leerlo pensé que al menos cuatro de ellas las haría propias. La basura en las calles de Zacatépetl y Santa Teresa, sitio donde los ambulantes se han adueñado y así lo he denunciado mil veces. Los baches, las luminarias, la falta de seguridad y el mal uso del Bosque de Tlalpan que avanza aceleradamente hacia su destrucción, como le ocurre a toda área vegetal capitalina. Falta la corrupción.

Mi calle está copada realmente por automóviles de usuarios del Bosque y por los que trabajan en la zona. Hay desde luego franeleros y lavacoches. Como los puestos de comida son un  éxito total, envidiable, en ambos extremos de las dos largas calles de Zacatépel, de Periférico a Santa Teresa, zona de Tlalpan, la afluencia de coches es intensa y no se detiene de las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. Los que vivimos allí, no tenemos dónde dejar el auto propio. O se arriesga a estacionarlo lejos. El viernes lo dejé frente a mi casa. Muy ocasionalmente, sobre todo en las mañanas, pasan las grúas y amenazan a los que comen tacos de canasta o tortas o a quienes se hacen bolear plácidamente los zapatos o compra golosinas, tirando la basura en calles donde nunca pasa un barrendero.

El pobre y anticuado Neón me esperó. Conozco de sobra la manera que los grulleros operan, buscan autos para cumplir una cuota y pagarles a los mandos altos y quedarse con algo. De tal forma que la tarea no es cotidiana sino selectiva. Cuando salí, ya no estaba, un vecino me dijo acaban de llevárselo al corralón, llamé telefónicamente y sí, pase por él y traiga tanto dinero y los papeles equis. Pero el sábado el coche no circula y entonces fui por él ayer domingo.

Al salir temprano de mi casa para rescatar mi coche, la calle estaba, como ocurre diario, con autos de aquellos que hacen ejercicio en el Bosque y por los oficinistas que se arreglan con los franeleros. La odisea puedo completarla si a los baches le añado que los autos que se estaciona allí ya han destruido varias luminarias de pequeño tamaño, una cinco por lo menos y nada ha ocurrido, las derriban conductores descuidados o se funden y allí quedan como mudos testigos del descuido y la corrupción en la capital.

No falta mucho para las elecciones delegacionales, por favor, vea el estado de la ciudad y piense cuidadosamente por quién votar y en qué clase de chiquero quiere vivir pagando altos impuestos por servicios inexistentes y en medio de una escandalosa podredumbre.

julio 27, 2014

Las glorias del gran Garibay 4/4

Jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito.

Garibay, como persona, se le tomaba o se le dejaba de inmediato. Sus amigos se contaban con pocos dedos, sus lectores crecen. Tal vez por eso, algunos escritores más jóvenes tuvieron frases severas para él luego de su desaparición física o algunos periodistas morbosos “indagaron” sobre la “leyenda negra” del inmenso escritor, es decir, sus relaciones con el poder, al que, dicho sea de paso, veía con desprecio.
Lo adecuado es conocer sus ideas sobre literatura y sociedad. Concluyo con la segunda parte de la entrevista hecha en 1969:
RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?
RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o 15 años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables, que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con “los nuevos valores” y con los viejos. Me refiero, claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los “enojados” escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.
RAF: Un escritor, ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?
RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir no se es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra “para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación”, es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.
RAF: ¿Es útil y, sobre todo, válida la publicidad y aún la autopublicidad?
RG: Es útil, válida, necesaria, urgente. ¿Por qué lo es, sin discusión, a propósito de un actor de cine, de un lápiz labial, de un programa de gobierno? Sí es de desearse que no adopte maneras ruines o cirqueras, y que obedezca a la línea madre de la buena publicidad: “no mentir jamás, el producto deberá ser de calidad probada, no adulterada ni venenosa”.
RAF: ¿Cree que es fácil, en México, publicar en revistas o editar libros?
RG: Creo que es fácil, puniblemente fácil.
RAF: ¿Puede marginarse el escritor y no participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país?
RG: Pregunta fuerte. Pongamos dos ejemplos. Durante el Ateneo, José Vasconcelos y Alfonso Reyes tenían preocupaciones diferentes. Aquél la política, éste la literatura; aquél las ideas, éste las imágenes; aquél el porqué y el hacia dónde: éste el cómo. Entre oleajes de discusiones y proclamas, Reyes llegó a decir: “A mí que me den mi palmera, y arriba comiendo cocos me pondré a hacer poemas”. Según corrientes de modaReyes era un acomodaticio, un no comprometido, un manso, un despreciable. Veámoslo a 70 años de distancia: la obra de Reyes es desembocadura de una necedad genial, de una vocación inapelable: “Empecé haciendo versos, sigo haciendo versos, moriré haciendo versos”, y es nuestra puerta de entrada a la gran literatura del siglo XX; las páginas de Vasconcelos que no morirán son literatura, literatura puramente, tantísimo quehacer político, como tuvo, se le diluyó en los días que ya casi nadie quiere recordar.
¿Que el escritor pretende participar en “la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país”? Magnífico, adelante, el campo es todo tuyo; ¿que no?, lo mismo, bienvenida su aparente inutilidad actual, sus frutos se darán, y nunca serán tardados.
He aquí, pues, a Ricardo Garibay de cuerpo completo. Dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y cuando hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado, a veces destilando una justa amargura. Pero ésta es la historia de México, de su cultura.
Josefina Estrada, conocedora profunda del tema, en una antología del narrador hidalguense, precisa: “Para amar a Ricardo Garibay hay que leerlo”. Es correcto, hagamos de lado al hombre rudo y agresivo, “gruñón”, como decía
Vicente Leñero, y dejémonos orientar por la belleza de su arte literario.

julio 25, 2014

Ebrard, el hombre de los mil rostros

De aventajado alumno de Manuel Camacho y admirador de Carlos Salinas, parte del grupo que contribuyó a su encumbramiento político y cambiaron de rostro cuando el presidente designó a Luis Donaldo Colosio sucesor, Marcelo Ebrard pasó a llevar la batuta, al menos formalmente, de un grupo ambicioso y perverso. Luego de probar fortuna en un partido de “centro”, él y sus camaradas se disfrazaron de “izquierdistas” y se sumaron al PRD. No les fue mal. Marcelo llegó a ser jefe de Gobierno del DF. El siguiente paso era la Presidencia de la República. Pero los problemas comenzaron y el camino se pobló de obstáculos. Los llamados Chuchos y otras tendencias descubrieron que los ex priistas eran realmente incómodos y en exceso ávidos de poder y decidieron ponerles un alto.

En la era de Ebrard, las diferencias y la corrupción comenzaron a ser más visibles, ya no sólo eran fenómenos de tal o cual delegación, eran (son) males generalizados. La Línea 12 del Metro lo puso en evidencia junto con sus más cercanos colaboradores.

El actual PRD busca al parecer su propia identidad ya sin caudillos venidos del PRI. Jesús Zambrano y el viejo compañero del delfín de Salinas, Manuel Camacho, se confrontaron. El asunto era banal: quién defiende con mayor entusiasmo el petróleo. El perredista recordó los orígenes de Ebrard. Una historia zigzagueante que hasta hace unas semanas parecía exitosa. Hoy el político, que tiene en casa multitud de ropajes políticos, parece no poder mantener su permanencia en los altos mandos del PRD. Zambrano se preguntaba: “¿Qué es lo que verdaderamente quiere Marcelo? ¿Cuál es el objetivo que persigue…?”.

No parece haber duda. Marcelo sabe que su poder en el PRD se agotó y busca nuevo acomodo en otra fuerza política que jura ser asimismo de “izquierda”: Movimiento Ciudadano, cuyo dueño es Dante Delgado, otro venido del PRI, donde llegó a gobernador de Veracruz. Allí se podrá rehacer y de nuevo moverse en los altos cargos que él y Manuel Camacho siempre han disfrutado. El analista político Adrián Rueda dio datos interesantes para ver la solidez política de Manuel y Marcelo. Han estado en cuatro partidos y van al quinto. Eso promedia una militancia distinta cada cuatro años al menos. Todas sus luchas desde que estaban en la cúpula del PRI hasta hoy que se tambalean en el PRD y acaso también en Morena, las han dado juntos y con ellos un grupo cada vez más pequeño, pero de una asombrosa lealtad a la deslealtad política. Todos han buscado de manera enfermiza el poder y en particular la presidencia del país.

Estamos en presencia de su fin, sólo un milagro los haría recuperar peso y seguir en las grandes batallas. Para mantenerse en primera línea, no han tenido escrúpulos. Lo interesante es ver qué hace Miguel Ángel Mancera cuando despierte de su enorme frivolidad política, deje de correr maratones, promover espectáculos enajenantes, no pierda el tiempo en fiestas de estrellas del jet-set y sepa que su futuro ya no es tan promisorio como lo fue en el momento en que se llevó todo el DF a su molino. Ebrard y su grupo son una barda incómoda: o la salta o la demuele.

Lo que les queda de vida a Manuel Camacho, a Marcelo Ebrard y a sus cinco o seis leales, bien podría ser un digno retiro. Pero para el político mexicano no hay retiro, lo he escuchado de personajes que llegaron muy alto, cayeron y se mostraron dispuestos a seguir dentro del presupuesto, aunque sea de policías. Un ex gobernador priista impresentable me respondió furioso cuando le pregunté con ingenuidad cómo le iba en el retiro: Un político jamás deja de serlo, siempre está en activo. Ah.

julio 23, 2014

Guillermo Ceniceros, un grande en la UAM-X

…Mi vida artística ha sido como una línea que cambia dirección al llegar a diferentes puntos. Hay líneas derechas, curveadas y líneas rotas… Vivir es aprender a no temerle a la curiosidad…

Guillermo Ceniceros
Desde que Guillermo Ceniceros comenzó su carrera ha tenido críticas y comentarios muy favorables a su arte, sea de caballete o sobre muros como los de: Margarita Nelken, Antonio Rodríguez, Jorge J. Crespo de la Serna, Bertha Taracena, Raquel Tibol, Alaíde Fopa, Julio Solórzano, Elías Nandino, Armando Torres Michúa, Evodio Escalante, Santiago Genovés, José Ángel Leyva, entre otros más. Ceniceros tiene su propio museo.

Nacido en El Salto, Durango, en 1939, estudió en Monterrey y se formó en el taller de Artes Plásticas de la Universidad de Nuevo León. Ya en la ciudad de México, Guillermo Ceniceros tuvo la oportunidad de trabajar junto al notable artista plástico David Alfaro Siqueiros, quien ejerció una influencia que es posible notar más en la obra muralista que en los cuadros de formato pequeño. Es posible decir que, a pesar de tener una edad semejante a la de varios de los integrantes de la Generación de la Ruptura, Guillermo optó por conservar un pie en la Escuela Nacional de Pintura y otro entre aquellos que consideraban un freno a la frase “No hay más ruta que la nuestra”. Esto significa que el mundo del artista duranguense es rico en matices y que lo mismo produce fantasías abstractas que reproduce pasajes de la historia mexicana. En ambos terrenos es seguro y original. A veces, en sus grabados se nota una revitalización de un tipo de arte que fue resultado de la intensa Revolución Mexicana, mientras que en obras de caballete hay una imaginación dedicada a jugar con formas y colores que surgen de sus pinceles con notable armonía. Una prueba de esta capacidad podemos hallarla en el Metro Copilco, más que en murales como el que se encuentra en la Cámara de Diputados.

Para Ceniceros, la experimentación es una constante que le ha permitido multitud de exposiciones individuales y conquistar un amplio prestigio que rebasa las fronteras de un país como el nuestro, gran productor de pintores y grabadores. Podríamos decir, un tanto a manera de metáfora, que el estilo de Guillermo es un resultado memorable de dos amplias corrientes que parecieron chocar de modo irremediable: La Escuela Mexicana de Pintura con sus más representativas figuras, Rivera, Orozco y Siqueiros, con las nuevas voces plásticas que exploraron rutas diferentes. Dos ortodoxias al parecer irreconciliables que en Ceniceros hacen una mezcla interesante y sumamente original.

En tal sentido, el propio Siqueiros escribió sobre Ceniceros en 1967: “Un creador que sabe dar a luz con los dolores de los partos valiosos en la marcha de la creación artística…”. Tales palabras se anticipan a un hombre que da con su propio estilo estético utilizando lo más valioso del arte universal y que crea una escuela de corte muy personal. En una entrevista que le hizo al pintor, María de Luz Hoyos, a la pregunta ¿qué realidad pintas tú?, Guillermo responde: “Soy un fotógrafo frustrado porque no puedo pintar una realidad fotográfica, sólo puedo pintar la realidad que imagino…”.

Como todo gran artista, Ceniceros no retrata la realidad, la recrea, juega con ella. Y esto fue posible apreciarlo en sus trabajos recientes como los que la UAM-X presentó. La realidad, parece decir Ceniceros, es con frecuencia menos real de lo que podemos imaginar. Es, como todo artista de genio, un hombre que explora y busca lo mismo en el México prehispánico que en las manifestaciones de vanguardia del mundo. Ajeno al ruido publicitario, es sin duda uno de los grandes artistas plásticos del país.

julio 21, 2014

Zapata y Villa: de malvados a héroes

Cuando asistía a la secundaría 1, situada en Regina, todavía estaban presentes los grandes revolucionarios. No era difícil hablar de ellos. Nunca faltaba un nieto de alguno de los combatientes de la gesta de 1910 y tuvimos profesores, ya mayores, que resultaban hijos de alguien que peleó con Villa, Zapata, Carranza o Álvaro Obregón. Discutíamos sobre ellos como hoy los jóvenes platican de estrellas de cine y de rock. Mi caso era semejante: mi abuelo paterno fue mayor bajo el mando de Carranza. Muchos habíamos leído algún libro de la soberbia antología de Antonio Castro Leal: La novela de la Revolución Mexicana. Los jóvenes veíamos a Lázaro Cárdenas como el último revolucionario, aunque ya vivíamos en tiempos de Adolfo López Mateos. Haber pasado por las gestiones de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Ruiz Cortines dejaban ver que la Revolución agonizaba. Yo la vi morir el 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco.

Aquellos niños y jóvenes que detestaban el movimiento se ensañaban en Zapata y Villa. Traían a las incipientes y simples discusiones las acusaciones que se les hacía en las postrimerías de Porfirio Díaz y desde luego en la fugaz y violenta tiranía de Victoriano Huerta. Robavacas, ladrones, criminales. Sin embargo, con el paso del tiempo y mediante el apoyo de libros serios, investigaciones responsables, fue quedando claro que si hubo héroes revolucionarios fueron justamente ellos dos. Si en vida habían creado sus propias y notables leyendas, ya asesinados a traición pasaron al imaginario colectivo a través de corridos, obras de teatro, novelas y libros de incuestionable seriedad científica como los de John Womack y Martín Luis Guzmán, por sólo citar dos. El cine los llevó a la pantalla. Ninguno de los filmes que los mexicanos hicieron pudo impresionarme. Ni siquiera le creí a Pedro Armendáriz interpretando a Villa. En cambio Marlon Brando fue, dentro de la visión de un norteamericano, Elia Kazan, un personaje verosímil y poético. Entre Guzmán, Rafael F. Muñoz y un investigador de la talla de Friedrich Katz, surgió un Villa imponente. A su vez, John Womack consiguió un Zapata de carne y hueso maravilloso.

Por fortuna los Casasola y otros fotógrafos lograron imprimir placas que nos dejaron honda huella. A esas fotos habrá que señalar, por ejemplo, a Diego Rivera en el célebre mural de Cuernavaca, donde aparece Zapata de blanco tomando de la brida a un caballo asimismo blanco.

La modernidad los ha modificado. Ahora sus fotografías ilustran cantinas o bares para niños de medio pelo. Dudo que algún jovencito sueñe con aquellas cabalgatas de cientos de kilómetros en busca del enemigo de la Revolución ni se vean dentro de una afamada carga comandada por algún general villista o zapatista. Villa y Zapata eran opuestos por completo. El norte y el sur. Pero en materia de ideales tenían afinidades profundas. No soportaban las injusticias ni la pobreza y la explotación, el despojo y la tiranía, la guerra los llevó a tomar Palacio Nacional y allí, cortésmente, el segundo le cedió la perversa silla presidencial al primero. No fue difícil que ambos entraran en combate con Carranza y Obregón. Para vencerlos, los mataron a traición.

El México actual poco tiene ya que ver con la vida de esos grandes combatientes que supieron aprovechar a grandes intelectuales para redactar manifiestos de enorme envergadura. El Plan de Ayala firmado por Zapata ha cumplido 100 años con apenas algunas menciones en los medios. Es triste. Pero sin duda normal en un país cuyas condiciones actuales de vida, toda proporción guardada, son muy semejantes a la miseria y explotación de 1910.

julio 20, 2014

Las glorias del gran Garibay 3/4

“Si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio.”

Cierro mis comentarios sobre Ricardo Garibay y, ante la indiferencia casi generalizada y los ruidosos homenajes a otros escritores fallecidos, reproduzco una entrevista que le hice en 1969, publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El NacionalRevista Mexicana de Cultura, el primero de julio de ese año. Vale la pena: lo refleja con precisión matemática. Fue coherente consigo mismo. Lo que no es fácil.
   RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?
   RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.
   RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?
  RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.
   RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?
   RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor, podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en  oficio de y con exclusión de todo y contra todos.
Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas?  Recuerdo que Bataillondecía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.
Ahora, si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.                            
RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?
RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes —racimo de terrores— se pierden en las honduras del suburbio.
   Probablemente en esta escena esté el sentido de la “perdida gente” que tanto le gustaba señalar a Alfonso Reyes.
   RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?
   RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.

julio 18, 2014

México, DF, en deuda con Salvador Novo

Muchos lectores recuerdan a Novo como dramaturgo, otros como poeta, acaso los más como cronista y, en general, pese a su extraordinario talento, cultura y agudeza, es una figura que se ha ido diluyendo en el imaginario colectivo del país, al que le preocupan las modas y las figuras, muchas realmente superficiales, que entre una pésima función mediática y un Estado sin memoria han sobrevivido. Buena parte de ellos sin mayores méritos ni obra significativa. Los mejores han sido arrumbados. Hace poco escuché en una mesa redonda de corte académico, donde se supone está la inteligencia suprema del país, elogios sin medida a un escritor cuya fama le viene de excelentes relaciones con el poder. Entre otras cosas, ha sabido dejar paso preciso de sus vinculaciones económicas con presidentes y empresarios, aunque en este campo la lista es larga. Tres aduladores profesionales o acaso amigos sinceros del intelectual homenajeado, principiaron comparándolo con Martín Luis Guzmán, y era superior a Hemingway y Truman Capote.

Éste es oficialmente el año de Octavio Paz y merced a la generación a la que perteneció: Taller, se consiguió (seamos sinceros) que dos grandes más, olvidados por años, Revueltas y Huerta, fueran asimismo recordados. Pero nuestro nacionalismo literario no tiene remedio. También este año el inmenso Julio Cortázar cumpliría cien años, Neruda, un poeta sin par, ciento diez años, y Bioy Casares, un prosista perfecto, dueño de una cultura excepcional, el mejor amigo que tuvo Borges, asimismo nació en 1914. ¿El presidente, los legisladores y en general la clase política nacional tendrán nociones de alguno de ellos? Lo dudo.

Salvador Novo perteneció a la célebre generación Contemporáneos, un grupo sin grupo que estaba lleno de talento y creatividad: Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta, José Gorostiza y otros más. Nacidos alrededor de 1904, se lanzaron a la aventura de renovar al país que se había estancado en un nacionalismo, como todos, barato y buscaron en Europa las vanguardias que revolucionaban las artes. Torres Bodet mezcló su sensibilidad literaria con la más seria administración pública. Dos veces titular de la SEP, una de Relaciones Exteriores y director de la UNESCO, dejó pruebas de su amor por la educación y la poesía. Novo, en cambio, dirigió sus pasos a una fina poesía irónica, la dramaturgia y la crónica. Escribió  libros memorables como Breve historia de Coyoacán, Nueva grandeza mexicana y, como nadie, fue el narrador tenaz de los vicios y virtudes del DF. Lo que era simple periodismo de sociales, en sus manos se hizo historia de impecable prosa y fino sentido del humor. Díaz Ordaz lo nombró en 1965 cronista de la ciudad de México. Hubo otros, ninguno como él.

Su ironía encontró víctimas formidables, Diego Rivera, Frida Kahlo, Eulalia Guzmán y Luis Spota. Nació capitalino y pasó su infancia en Coahuila. Fue, diría yo, el iniciador entre nosotros del Nuevo Periodismo. Sus crónicas y artículos, ya reunidos por José Emilio Pacheco y editados por Emmanuel Carballo y Rafael Giménez Siles, son historia del México de la segunda mitad del siglo XX. Vivió, como dice una canción famosa de Paul Anka, convertida en icónica por Frank Sinatra y cantada hasta en japonés, a su manera. No ocultó su homosexualismo ni tampoco dejó de utilizar su arma más temible: la mordacidad y la utilizó en brillantes versos y prosas.

Lo traté apenas, por mi amistad con Rafael Solana, pero fui su devoto lector, a su elegante humor me acercó Carlos Pellicer, a su poesía, Alberto Dallal. Nueva grandeza mexicana, segunda declaración de amor por la capital, me hizo escribir mi propia visión de la casona en que nací y vivo: el DF, al que veo cada día más ruinoso, en un libro llamado Antigua grandeza mexicana.

julio 16, 2014

Muchos partidos no significan mayor democracia

Desde hace unos días, México cuenta con tres partidos más: dos de ellos desconocidos, extraños, el otro de sobra conocido a causa de quien le dio vida. ¿Ello significa que la democracia peculiar de México ha madurado? No. Simplemente serán mayores gastos para la sociedad mexicana, al menos para aquellos que no evaden impuestos. Nuestro sistema político, que tanto enorgullece a los políticos, ha engordado sensiblemente, lo cual no quiere decir que se haya perfeccionado. México no es una nación, es un botín para políticos y funcionarios, para la iniciativa privada: todos ven cómo obtener provecho de ello, incluidos sectores que a primera vista parecieran ajenos al lodazal como los intelectuales. No olvidemos que es el gobierno, el Estado si se prefiere la amplitud, quien los hace famosos y les concede premios sin fin, aunque como algunos muy célebres, carezcan realmente de méritos y sean más producto de la versión nacional de Gramsci: el intelectual orgánico, al servicio de una causa, en nuestro caso, con seguridad patética.

El ingreso de nuevos partidos nada aporta, confunde y divide. Morena se convierte en formal enemigo del PRD y de otros partidos que aseguran ser de “izquierda”. En consecuencia, el siguiente proceso electoral lo achicará y hará menos visibles a Movimiento Ciudadano y Partido del Trabajo. Tanto el Partido Encuentro Social como el Partido Humanista son inventos indefinibles. Sus siglas nada dicen. Sus proyectos son vagos e imprecisos deliberadamente. Es posible que no pretendan ser negocios familiares como el Verde Ecologista, pero no parecen ser organizaciones con un hondo y serio compromiso social. El primero fue un modesto partido local y el segundo dice buscar un Estado que haga énfasis en los aspectos sociales. En ambos casos, cuentan con dirigentes y vinculaciones políticas de mala reputación. Consiguieron dinero y lograron con esos recursos atraer a los ciudadanos indispensables para obtener su registro. Les falta pasar algunas pruebas y, de aprobarlas, tendremos más barrotes en la prisión que algunos llaman sistema político mexicano, cuyas formas de obtener recursos provienen del gobierno y de alianzas con poderosos empresarios que requieren cabilderos en las cámaras.

De alguna forma, acaso de muchas, los tres nuevos partidos dicen ser de izquierda. No cabe duda, son el resultado de una moda. Si ex priistas como Marcelo Ebrard y Manuel Camacho, en un momento decididos amigos de Carlos Salinas y del PRI, se ven como “izquierdistas, si el PRD y aun Morena, los cuentan por docenas y el PRD tiene a ex panistas como la señora Carpinteyro, cada vez más enfangada, por qué pensar que “humanistas” y “moralistas” tienen intenciones sanas. La política es un negocio y vale la pena invertir. Las ganancias son altas.

Estados Unidos y Gran Bretaña no tienen más que dos partidos, así han funcionado desde casi siempre. En el primero hubo un tímido y acosado Partido Comunista que el macartismo ahuyentó para siempre. No les va mal. Mi maestro de Historia en la UNAM solía decir que era una lucha entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola, sus envases son distintos y el contenido muy parecido, los dos poco saludables. La tradición latina es la del pluripartidismo, luego de la caída de Porfirio Díaz surgieron como hongos y así estuvo el país, hasta que Plutarco Elías Calles inventó una institución “magnífica” que hoy conocemos como PRI.

La “transición” trajo competencia política, sólo que no vemos diferencias notables entre los muchos partidos salvo el afán de obtener buenos trozos del pastel espléndido llamado México. No es grave, la sociedad es la pagadora.

julio 14, 2014

¿Viviremos sin izquierda?

Nada más complejo en estos tiempos de aplastante capitalismo que definir o precisar la izquierda. Al derrumbe del bloque socialista encabezado por la URSS, siguió un dominio absoluto de la economía de mercado, el neoliberalismo, para que suene menos agresivo. En los países comunistas que restan, lo que prevalece es una suerte de economía mixta (usemos la terminología del presidente Adolfo López Mateos), donde coexisten ambos sistemas. En esas naciones, encabezadas por China, el comunismo es desplazado lenta y seguramente por su contraparte. Marx, Engels y Lenin desaparecen.

Pero hay izquierda hasta en la derecha, de tal modo que seguimos hablando de esa tendencia que antes vimos como amenaza a la propiedad privada, a la estructura económica y a la superestructura social. Sin embargo, la izquierda ha perdido sus aires revolucionarios de cambios violentos y se adapta con dosis de oportunismo charlatán a la nueva época. Una brillante ex alumna mía, militante comunista hasta que la ideología desapareció, me dijo que la solución para la izquierda es el Estado de Bienestar. No más la toma violenta del poder, no a la dictadura del proletariado, tan enajenado casi siempre; hay que considerar a la ecología como un valor destacado… Luego leí sus tesis en una revista que por tiempo pregonó la guerra de guerrillas en América Latina y en general en los países pobres como única solución política, económica y cultural. Ya en palabras impresas, bien escritas, me pasmaron: pudo haberlas redactado la madre Teresa de Calcuta o una persona experta en autoestima. La terminología usada por unos dos siglos, más si pensamos en el anarquismo, se había dulcificado. Todo es problema educativo, ético y cultural. Si cambiamos es posible edificar países justos, democráticos, en los que no existan graves diferencias de clases. En los famosos y envidiables países que disfrutan del llamado Estado de Bienestar, como Finlandia, Dinamarca, Holanda o Suiza, apreciamos el fenómeno. Pero el Estado subsiste y siempre es un elemento represivo, para colmo, muchos de esos países son gobernados por monarquías hereditarias, lo que implica una elegante contradicción. Un plebeyo, pobre por añadidura, jamás será un príncipe, a menos que se case con alguien que posea título nobiliario. Al parecer el Estado, puedo apreciarlo en el ensayo de mi ex alumna, nació para ser inmortal, pese a que sea siempre represivo, en mayor o menor medida. Sepultó el trabajo de Engels y Marx sobre el surgimiento del Estado cuyo objetivo es defender la propiedad privada.

Su alegato, bien sustentado en muchas páginas, suena convincente dentro del contexto que vivimos. No obstante, no parece ser la mejor definición de izquierda. Sin duda como la conocemos, proveniente de épocas complejas, las rutas violentas y las propuestas incendiarias no funcionan más, lo que indica que es necesario darnos a la búsqueda de nuevas tesis y una praxis novedosa, estudiar a fondo la realidad política y social y hacer una mejor propuesta y no confundirla con los argumentos de autoestima, que hablan de bondad y de cómo superarse individualmente, comenzando por uno mismo. Marx dio con las contradicciones y buscó la ruta científica para eliminarlas. Es seguro que los paradigmas revolucionarios por ahora hayan muerto en la mitad de la humanidad, ¿y en la otra? ¿Dónde están los palestinos, los iraquíes o los haitianos? ¿Para ellos se avecina el Estado de Bienestar? ¿Es más fácil llegar a esa situación privilegiada a través de doctrinas que invitan al amor al prójimo y el respeto a la propiedad? En México podría llamarse Sedesol. Repartir caridad y no justicia social y trabajo.

No lo sé, será una tarea para las nuevas generaciones.

julio 13, 2014

Las glorias del gran Garibay 2/4

Share on facebookShare on twitterShare on google_plusone_shareShare on emailMore Sharing Services

Con él no era posible sustraerse a la vida, sus conversaciones no eran de gabinete.


Garibay conversaba acerca de las mujeres con un sexismo admirable para mí, pero en sus libros hacía imágenes sublimes de aquéllas que se cruzaron en su vida. He contado algunas historias que juntos vivimos en mis librosRecordanzas y Nuevas recordanzas y he leído una extensa entrevista de Josefina EstradaSignos vitales, de Iris Limón, hace un retrato con las voces de los cercanos aRicardo.
Con todo ello lo veo de cuerpo entero. Sus amigos y conocidos hablan de él con admiración. Algunas opiniones son francamente memorables, como las de su gran amigo y maestro mío Fausto Vega o la de Rubén Bonifaz, porque fueron camaradas entrañables desde la juventud y supieron continuar el afecto hasta el final. Mientras otros encontraban el desprecio de RicardoFausto y Rubén eran blanco de su enorme capacidad amorosa.
La entrevista de Limón con Gastón García Cantú es valiosa, porque se trata de alguien con quien tuvo intensa relación durante sus últimos años y porque era un hombre sabio que observó con cuidado a los seres que lo rodeaban; un historiador que tampoco dio con facilidad su afecto.
Son enriquecedoras asimismo las de personas que lo trataron de cerca como Froylán López NarváezLa ChinaMendoza y Federico Ortiz Quesada: poseen una gran sinceridad y redondean los bocetos para una futura biografía de uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX mexicano. Incomprendido e iracundo que supo aceptar el precio de su carácter severo y lo hizo con dignidad y sin lamentos, con una hombría a toda prueba.
No hubo ni los merecimientos y premios que debieron darse en su caso ni los homenajes obligados que una muerte dolorosa exigía. La burocracia prefiere velar en Bellas Artes aLola Beltrán antes que a José RevueltasJuan de la Cabada o a Ricardo Garibay.
Con Ricardo no era posible sustraerse a la vida, sus conversaciones no eran de gabinete, eran del lector culto que convertía el arte en enseñanzas de vida, de humanidad. Le aburrían los escritores nacionales y solía poner en entredicho a las grandes figuras universales, como Flaubert.
Era, en pocas palabras, diferente, y así vuelvo a percatarme de su complejidad al leer las opiniones que sobre su obra y persona han vertido amigos y colegas.
Para mí no está muerto, permanece dentro de sus libros y comentarios radiofónicos que fueron transmitidos en el IMER, luego de fallecido. No estaba de acuerdo con mis gustos sobre sus libros que ponían a Bellísima Bahía y Beber un cáliz en primer lugar. A él le gustaba más La casa que arde de noche, pero aceptaba mis alegatos con benevolencia, porque sabía que no me los dictaba el juicio literario sino el sentimentalismo y una gran subjetividad.
En el libro de Iris LimónRicardo dice de modo espontáneo: Mira lo que dice este pendejo, o ése es un idiota, yo jamás declaré eso o aquello. Eternamente furibundo, descomunal. Lo echo de menos, los encuentros con él y La ChinaMendoza, quien no deja de llorarlo; extraño sus telefonemas para decirme a veces una simpleza que para mí era importante, porque venía de un hombre admirable, un gran escritor que combatió con palabras, las hizo suyas, entrañablemente suyas y que como amigo, a unos cuantos afortunados, nos llenó de su pasión por las letras.
He escrito mucho sobre Garibay y cuando murió varios diarios me hicieron preguntas no sobre su obra sino por lo que una reportera lerda llamó la “leyenda negra de Ricardo”. Me gustaría precisar la entrevista de Reforma: —Maestro, qué opina de la leyenda negra de Garibay. —No conozco esa novela. —No, me refiero a su estrecha vinculación con el poder político. —Desconozco esa relación, señorita. A cambio puedo hablarle de su maestría novelística.
Al día siguiente, entre mis elogios a la obra de Ricardo, estaban los comentarios destructivos de un escritor de mi generación. Después nos encontramos y le pregunté el porqué de su opinión: —Garibay ofendía a todos, nos minimizaba, nos veía como escritores menores.
Hace unos 18 años, Ricardo Garibay me dijo que quería regresar a Excélsior y publicar en primera plana una serie de hermosos retratos femeninos. Nada tengo contra Regino Díaz Redondo, añadió, apenas lo recuerdo. Le comuniqué la petición al entonces director y con escasa inteligencia dijo que no podía pagar la suma requerida, que en verdad era ridícula. Con frecuencia, el editor agrede sus intereses.Garibay está en la historia.