Tantadel

enero 07, 2015

La decadente izquierda mexicana (Primera de dos partes)

Curiosamente, Marx hizo periodismo para sobrevivir y para difundir sus ideas producto de profundos estudios y largas reflexiones filosóficas, sociales, culturales y políticas, acompañado por Federico Engels, su eterno amigo. No practicó la entrevista, ella nació como el objetivo de periodistas serios que descubrían la entrevista como un género productor de ideas e información para públicos que crecían. En una de ellas, realizada por el norteamericano R. Landor para The World, publicada el 18 de julio de 1871, el poderoso filósofo tiene frases reveladoras para el grueso público, refiriéndose a los trabajadores, su principal interés, a quienes les veía potencial para transformar el mundo: “Nuestros principales centros de actividad están por el momento entre las viejas sociedades europeas. Son muchas las circunstancias que han tendido a impedir hasta hoy que el problema del trabajo asuma una importancia dominante en Estados Unidos, pero dichas circunstancias están ya en proceso de desaparición. Al igual que en Europa, el trabajo empieza a ganar importancia a grandes pasos gracias al crecimiento de una clase trabajadora distinta del resto de la comunidad y disociada del capital”.

Lo que Marx contemplaba era el desarrollo social y político del proletariado, su expansión merced a la industrialización principalmente de Inglaterra, Francia y Alemania. Vio, además, la explosión de la Comuna de París en 1871, el primer gran intento de los trabajadores por llevar a cabo una toma del poder que terminó de manera brutal con una masacre.

Más adelante, Lenin y sus camaradas lograron llevar a la práctica una revolución en nombre del marxismo. Para ello, tuvo que darle a sus teorías una adecuación y crear, en función de las experiencias adquiridas en la Comuna y en la intentona revolucionaria rusa de 1905, y dentro de otras cosas, supo que era definitivo darle a la clase obrera una cabeza, es decir, un partido político que lo condujera a la victoria. Los resultados son bien conocidos, desde el triunfo de los soviets hasta el derrumbe del llamado socialismo real hace unas tres décadas. Son años intensos, de grandes debates y tormentosas guerras. Hoy el comunismo histórico es una pieza de museo, una reliquia difícil de resucitar al menos en el mediano plazo. Las condiciones, debido al fracaso de quienes intentaron llevar a la práctica el marxismo, son más complejas y, para colmo, el proletariado jamás cumplió con el inmenso destino que Marx le vio. En China y en Cuba, por ejemplo, los comunistas llegaron al poder sin el proletariado a su lado. Las luchas las dieron pensadores de clase media, maestros, estudiantes y campesinos, ciertamente explotados, pero imbuidos de un sentimiento de propiedad privada del que el obrero carece, limitado como está a ver pasar el producto de su trabajo ante sus ojos y no poseerlo jamás. Es el trabajo enajenado.

México tiene otra historia. La gran Revolución de 1910-1917 es una lucha sin ideología, sólo orientada por la explotación y la miseria, una dictadura de tres décadas, que realmente careció de una ideología ambiciosa y de un proyecto renovador. Su final ha sido dramático: de aquellas legendarias escenas de valor y dignidad que llevaron a cabo principalmente zapatistas y villistas, no quedan sino recuerdos plasmados en fotografías y excelentes obras literarias como las de Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz y Mariano Azuela y, desde luego, en los murales de Orozco, Rivera y Siqueiros. No más. La oratoria oficial la ha convertido de una pésima broma a una parodia de una parodia. Marx lo dijo de una manera contundente en una de sus más fascinantes obras, El 18 Brumario: La historia se repite, una vez es tragedia, la segunda farsa.

La izquierda puede hoy en día ser vista de formas múltiples, está sujeta a las interpretaciones que un mundo nuevo, globalizado por el capitalismo y con un mal recuerdo de los vencidos, los comunistas, quienes suelen aparecer, sobre todo en la banal cinematografía norteamericana, tan perversos como los nazis. Isaac Deutscher, filósofo marxista de orientación trotsquista, en su libro Biografía política de Stalin, habla de las diferencias y deja en claro lo que fue Stalin y lo que hizo Hitler. Pero los directores de Hollywood son poco afectos a las lecturas serias, se orientan por recuerdos infantiles.

Como sea, aquello que nos decían Marx y Engels de que un fantasma recorre el mundo, el fantasma del comunismo (o del anarquismo, si se prefiere), hoy es un simple espantajo que sólo sorprende a los medios de comunicación ingenuos.

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