Tantadel

enero 02, 2015

Rafael Solana, ¿un escritor olvidado por el régimen?

Rafael Solana nació en Veracruz en 1915 y fue un escritor precoz, junto con los compañeros de su generación, Taller, Octavio Paz, José Revueltas y Efraín Huerta, entre otros, cometió diversas hazañas que fueron dándole un rostro personal a la literatura mexicana. Fue hijo de un famoso crítico taurino: Verduguillo. De allí su afecto por la llamada fiesta brava. Se dedicó a todo aquello que está vinculado a las letras: el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y el periodismo. Ocasionalmente fue un eficaz funcionario, en donde destaca su desempeño como secretario particular de don Jaime Torres Bodet, cuando éste era, por segunda ocasión, secretario de Educación Pública y trabajaba en grandes conquistas nacionales como la edificación de museos portentosos y en el libro de texto gratuito, una figura muy alta de la literatura y la función pública en México.

Solana escribió novelas espléndidas como El sol de octubre y La casa de la Santísima, pero fue un cuentista de excepción. Justamente como tal comencé a leer su faceta literaria integrada asimismo por cuentos, poemas, obras de teatro, periodismo, ensayo, crítica literaria. A don Rafael le conocía por su amistad con mi padre. Ignoro cómo, cuándo y dónde se hicieron amigos, pero entre ambos existía un cierto respeto. El de mi padre lo conozco y se debía a su estrecha relación con Torres Bodet, quien lo había apoyado durante la larga estancia del primero en París, a donde llegó, me parece, en 1951 o 52, cuando don Jaime era secretario general de la Unesco. Es decir, desde muy joven o tal vez desde niño, yo había escuchado el nombre de Rafael Solana. Lo primero que de él leí fue El sol de octubre, un libro que fue importante (lo ha dicho Gustavo Sáinz y la cita ha encontrado eco) debido a su trabajo de prosa y a su estructura innovadora, pero fundamentalmente a que era una novela por completo urbana. Junto con La región más transparente de Carlos Fuentes y Casi el paraíso de Luis Spota, forman un trío de obras claves para que la literatura mexicana dejara atrás su época rural. Ya estábamos en una ciudad de México que velozmente se convirtió en una megalópolis con problemas que ya son otros y muy diferentes a los del campo.

Alrededor de 1967, quizá un poco antes, leí un libro suyo de historias cortas: El oficleido y otros cuentos, y sobre este libro redacté mi primer trabajo dedicado a Rafael Solana. Debo añadir que en él exaltaba su prosa narrativa y me pronunciaba de modo contundente por su faceta de novelista y cuentista. Don Rafael se dignó a enviarme una generosa carta donde con humildad me agradecía el artículo (publicado en El Día de Enrique Ramírez y Ramírez, mi primera escuela periodística), pero me aclaraba que él era básicamente un hombre de teatro. En efecto, don Rafael amó al teatro con enorme pasión, igual que otro querido amigo suyo y mío, Luis G. Basurto quien se veía a sí mismo como “un soldado del teatro”. Solana le dio a la dramaturgia un acento muy especial, para ello escribió dramas y comedias de alta calidad tales como Debiera haber obispas, Los lunes salchichas y Pudo haber sucedido en Verona (premio Juan Ruiz de Alarcón, 1985). No le respondí, pero ése fue el pretexto para iniciar una cálida amistad que duró toda la vida y hasta leer los originales de un libro suyo editado por el Fondo de Cultura Económica: Musas latinas, integrado por tres ensayos memorables: sobre Lotti, Verdi y Queiroz. Obtuvo muchos reconocimientos, entre ellos destacan el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Nacional de Periodismo.

Solana alcanzó una gran notoriedad, especialmente entre la gente de teatro. Fue pieza clave en la revista Taller, pero ahora la historia y la burocracia política lo alejaron de sus tres grandes amigos iniciales: Paz, Revueltas y Huerta, a quien el año de nacimiento estrechó más. ¿Qué hará el gobierno de Peña Nieto con la pieza faltante en el pequeño grupo que fue esa revista? ¿Habrá espacio para el hombre que no estuvo en los festejos del 14 por haber nacido en el 15? ¿O de plano todo se limitará a un festejo de quinto orden en algún sitio veracruzano? Esta última posibilidad sería una injusticia plena: Solana fue el motor de Taller y dejó muchas páginas memorables y recuerdos sobre su fina sensibilidad y una amplia generosidad poco común entre los intelectuales mexicanos.

No hay comentarios.: