Tantadel

enero 11, 2015

Un cisne lujurioso y Leda

Las alas la envuelven con ferocidad amorosa y resulta fácil imaginar la excitación de ambos seres.

Las obras plásticas donde aparece Diana, maravillosa mujer mítica, con frecuencia ideal para desatar la lujuria, no son gran cosa comparadas con la sobresaliente escena donde Leda es poseída por un cisne. En un afortunado viaje a Venecia, en la Biblioteca Nazionale Marciana, inalterablemente sorpresiva, me topé con dos salas contiguas: en la primera estaba un mármol de poco más de un metro de altura, donde el cisne disfrutaba a Leda con furia y dulzura. La primera reacción está en la violencia erótica con la que las patas, parecidas a garras, se aferran al cuerpo desnudo de la hermosa mujer. Las alas la envuelven con ferocidad amorosa y es fácil imaginar la excitación de ambos seres. Sin embargo, el cisne deposita su pico dulcemente en los labios femeninos, cálida prueba del más delicado sentimiento.
La ficha habla vagamente de una réplica del siglo II a. C. A nadie le importa una pésima nota museográfica: tanto los cisnes como los humanos, especialmente las mujeres, se imaginan parte de aquel portentoso encuentro amoroso. No interesa que algún presumido con afanes de sicoanalista diga que se trata de una sesión de zoofilia. Recordé la elegante serie gráfica, hecha al amparo del mismo tema, de Raúl Anguiano.
A un lado, en una pared oscurecida por los siglos y la humedad veneciana, hay una tela de amplias proporciones: la escena es duplicada por un pintor en apariencia contemporáneo de Miguel Ángel. La entrega de Leda rompe los cánones de la época y su rostro y manos muestran su extrema sensibilidad sexual: un ligero gesto de excitación provoca placenteramente al espectador sensible, en tanto que las alas del ave se aferran de modo preciso al cuerpo perfecto de la voluptuosa fémina.
Pero si ambas obras producen un total deseo amoroso, al imaginar la sublime y extraña penetración, a sólo tres breves callejuelas de San Marcos, a dos puentes sobre las aguas venecianas, la Galería Martelli ofrecía en venta una colección de obras de Botero. Una escultura que a distancia parecía un Diego Rivera fuera de contexto y con las peculiaridades del mercantilismo imperante, al acercarse es en efecto del colombiano. La efigie es negra y trata el mismo tema: Leda y el cisne. Ella está acostada y el ave la posee con cierta violencia. La mujer tiene el rostro de perfil negándose a ver el placer que ofrecen los ojos exaltados de la magnífica ave. No están al borde del orgasmo sino a medio camino del desahogo pleno. Entre algunos amantes de arte, morbosos o apasionados debe producirse un orgasmo estético ante la obra de arte. Silencioso y discreto, no menos intenso que aquellos que producen las relaciones carnales.
En Florencia, en los Uffizi, es imposible no toparse con parecida escena: Leda con un cisne bebé: tiene que ser su hijo. A un lado la ficha sólo indica: “Il Neolo, 239 d. C. Mármol itálico e pario”. Pertenece a la galería desde 1584. En la Sala de la Tribuna habita una escultura en mármol de dimensiones naturales: la Venus de los Médici, una de las más famosas. Perteneció a la citada familia, fue adquirida a principios del siglo XVII y comprada por el duque Cosme III. No es una venus, ha señalado más de un experto, es Leda con un cisne en crecimiento, producto de su pasión amorosa. Venus cazaba, Leda hacía el amor.
Resplandece en esa galería, en la sala Veronese, una tímida variante de El Tintoretto. La lánguida mujer desnuda, sensual, con caricias atrae al cisne. En la tela aparece una sirvienta y un par de animales domésticos, ¿son decorativos o voyeristas?
En la Tribuna Octogonal, primorosamente cubierta por una bóveda de incrustaciones de concha nácar, construida por Bernardo Buontalenti en 1584, vemos un Joven con pato, mármol itálico del siglo I d. C. Si de pensar mal se trata, es un cisne de pocas semanas y el apuesto doncel, apenas cubierto por una túnica, lo conduce. Van probablemente al amor. Los gustos sexuales de esas aves, en este caso, anticiparon en siglos una discusión inútil: la diversidad de preferencias sexuales.
También en los largos corredores de Uffizi, es fácil dar con una copia romana del mismo siglo, atribuida a
Timotheos. En esta pequeña escultura aparece una beldad griega cargando un pato. Si consideramos la encantadora historia del Patito feo, sabremos que pronto se convertirá, como su padre, en un hermoso y esplendente cisne, acaso también lascivo.

Es notable la persistencia de la escena mitológica en tiempos del cristianismo, cuya distancia con lo sensual es evidente e hipócrita. Tampoco es posible ignorar el irresistible deseo de ser cisne.

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