Tantadel

febrero 04, 2015

Ebrard: de héroe a mártir

Nunca hubo dos hombres fieles a Carlos Salinas como Manuel Camacho y Marcelo Ebrard. Sin embargo el presidente, en vista de la ruidosa actuación dentro del gabinete del primero, prefirió a Luis Donaldo Colosio como nuevo habitante de Los Pinos y eso desató las furias de ambos. Salieron a buscar un rumbo nuevo hacia la presidencia de México. Primero hurgaron entre los vericuetos del poder salinista, luego optaron por salir del PRI y formar un partido de centro. Nada sirvió hasta que se encontraron ante las puertas de un organismo que se había hecho con ex priistas resentidos. Listo, no había mejor sitio para sus aspiraciones de vivir en el poder político y económico.

El maestro era Camacho y el discípulo Ebrard. La política es incierta y movediza, así que de pronto, López Obrador, maravillado por un hombre que tenía una aceptable educación formal, elegancia de actor televisivo y facilidad para mentir, decidió que sería el siguiente jefe de gobierno del DF. Allí estuvo seis años eternos, haciendo lo que le venía en gana y utilizando sus perversiones priistas para reunir dinero siempre indispensable en la actividad política.

Siguiendo su caprichoso carácter, su necesidad de mando, Andrés Manuel se fue del PRD convertido en un cascarón, en una ruina donde los que se han quedado pelean entre sí por un miserable hueso. Con Mancera llegó una nueva época para el PRD. Su estilo es menos brutal que los de sus antecesores, menos tosco y no encuentra razones para mantener la pugna con presidentes de la República de otros partidos. Conserva su distancia de manera discreta, sobria.

Pero los excesos de Marcelo Ebrard, en su desesperada carrera presidencial, lo hicieron cometer desatinos, manipular grandes cifras y por último mostrarse como lo que nunca ha sido: una persona de izquierda. Entre otros, está la Línea 12 del Metro, algo que ha sido un escándalo y ha servido para conocer el verdadero rostro de Marcelo y de sus más cercanos compinches, como Mario Delgado, ahora senador. Descubiertos los autores del fraude, los medios hurgaron y el gobierno y los partidos se vieron obligados a denunciarlo, unos por buenas razones, otros por venganza. Una Comisión Legislativa, pese a los gritos y protestas de Ebrard y compañía, mientras que Manuel Camacho era festejado por la cúpula perredista como un político de firmes ideas (ah, carajos), estudió los turbios manejos de la construcción de la obra que parecía el éxito de Marcelo y decidió que se trataba de un asunto criminal.

Lejos de los aplausos y los abrazos de admiración que le rendían a su paso en tanto jefe de gobierno, Ebrard, seguido de Mario Delgado, asaltó, en el mejor estilo perredista, los salones donde analizaban la situación del Metro y a gritos y empellones negó las acusaciones, dijo que era una conspiración, que era inocente y una víctima de una conspiración urdida en las oficinas de mayor poder político del país. Marcelo como pudo, luchando contra la vigilancia, haciendo una escena patética, logró gritar, pero nada consiguió. El caso irá a la PGR y a otras instancias judiciales. Si bien le va, así es México, podrá librar la cárcel, pero es difícil que rehaga su carrera política y como antes, soñar con la presidencia. No es fácil suponer que Morena lo acepte. Andrés Manuel se ha rodeado de los peores elementos, pero tiene claro la clase de persona que es Ebrard y aquellos que están con él.

Recuerdo a Marcelo cuando era salinista, en efecto, parecía decente, atildado, arrogante y como todos los funcionarios capaz de utilizar en su beneficio el dinero de la sociedad. Resultó, como Manuel Camacho y tantos otros, un fraude. Claro, al parecer a pocos les importan los antecedentes de los políticos y quizás hasta podría ser senador, para obtener fuero, pero no el sueño que Camacho y él tuvieron cuando estaban tan cerca del presidente Salinas, llegar a Los Pinos, ésa es una obsesión que en la imaginaria izquierda le pertenece a López Obrador.

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