Tantadel

febrero 25, 2015

En busca del autoritarismo perdido

México, quién lo duda, es un país de caudillos. Basta ver su historia. Los tenemos en la política, desde luego, y también en la vida cultural. Ellos indican el rumbo. Hay una amplia bibliografía sobre el tema. Esto es delicado y muy peligroso para la salud pública. Existen ejemplos dramáticos. La solución nacional ha sido buscar una lucha armada de grandes y graves repercusiones. Para quitarse de encima la brutalidad española, hubo que realizar una larga guerra, de 1810 a 1821. Eliminado el yugo, vino un primer imperio, el de Iturbide, y enseguida una lucha eterna por buscar, no un sistema equilibrado, sino una figura salvadora que al fin los conservadores encontraron en diversos líderes, hasta llegar al extremo de un noble austriaco: Maximiliano, a quien hicieron emperador de México.

Muerto Juárez, vino la dureza de un héroe: Porfirio Díaz. Treinta años de paz brutal, de los sepulcros, dijo un historiador. Echarlo costó una revolución que cobró un millón de muertos. Los vencedores fueron caudillos que se mataron entre sí, dejando una larga cadena de asesinatos brutales. El resultado fue un caudillo llamado el Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, quien llegó a la conclusión aguda de que no era tan necesaria una figura dura sino un partido dictatorial. Así nació el viejo PRI, modelo de todo el sistema que ahora nos agobia. Para eliminarlo, ha sido indispensable el surgimiento de nuevos caudillos, de izquierda y de derecha. Los más destacados han sido Cárdenas, como un proyecto progresista, y Fox en la derecha. Al amparo del primero, llegó al poder, y vaya que lo tiene, un joven formado en el PRI del populista Luis Echeverría, Andrés Manuel López Obrador.

Andrés Manuel, quienes saben analizar con frialdad la historia reciente —pocos por cierto— tienen una idea clara de su verdadero perfil, anticipado con lucidez por la distinguida y aguerrida escritora Ikran Antaki, en varios artículos publicados en El Universal. Se trata de un hombre audaz, decidido, de ocurrencias audaces, todas fijas, y cuya base es un punto de partida: él es el único salvador de México. Lo ha mostrado a lo largo de su gestión como jefe del DF y en tanto dos veces candidato presidencial. Desde hace tiempo no hemos padecido un líder violento y autoritario, para colmo carismático por su discurso fácil, sin complicaciones, entendible.

Su paso por dos partidos, PRI y PRD lo llevó a una conclusión: hacer un partido donde sólo él decida, los demás son súbditos: Morena. Allí finalmente está cómodo, seguro, sus balandronadas son escuchadas con reverencia, no tiene partidarios sino vasallos y oportunistas que suponen que si triunfa llegarán muy lejos en sus afanes de poder. Tiene una ventaja sobre sus enemigos de los demás partidos: independencia. Los otros están sujetos a reglas pesadas que les impiden los movimientos políticos. En tal sentido, PRI y PAN son antiguallas, incapaces de dictar la agenda política del país.

Hace un par de días, Andrés Manuel declaró a gritos que va a ser candidato presidencial por tercera vez, que es la vencida, añadió. Pero eso es normal. Cárdenas lo fue en tres ocasiones. Lo anormal y preocupante es el tono y las amenazas que profirió sobre el mal de males que le impide a México moverse: la corrupción. Yo mismo, dijo exaltado, diré quiénes son los culpables y los sancionaré, concluyó ante ovaciones.

Su conducta actual no es simple megalomanía sino una feroz ambición de ser presidente, lo que tampoco es una locura. Cualquier político tiene tal deseo. Aquí el asunto es su personalidad. Tiene sin duda el perfil de hombres y mujeres que condujeron a sus respectivas naciones de manera brutal. En la izquierda Stalin, en la derecha Hitler y Mussolini.

No es fácil que obtenga el triunfo, pero posibilidades tiene, entre la incapacidad del priismo tradicional y la miseria del PAN y del PRD (anulado de hecho por el propio López Obrador), no hay nadie en este momento sin la capacidad de movimiento del líder tabasqueño. Su llegada a Los Pinos significaría el arribo de Jesucristo redivivo arrojando a fuerza de latigazos a los mercaderes del templo. Es posible señalar la incapacidad del presidente o la de Madero o la de cualquier dirigente perredista, pero es el conjunto de reglas y conductas ancestrales lo que permite que el país sea movido por la dictadura, no de una persona, sino de un sistema atrapado en sus propias trampas. Por ello, acaba de entrar en un juego perverso y desgastante: el que desea López Obrador.

Es imposible que el pesado y torpe sistema encuentre una solución inteligente y aguda para combatir el advenimiento de un dictador. Ya lo anunció. ¿Quién puede responderle con eficacia política? Nadie por desgracia. Seguimos siendo un país con tendencias a buscar un líder todopoderoso y carismático y en manos de un sistema desprestigiado, opresor e inútil.

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