Tantadel

febrero 08, 2015

La novela de la Revolución Mexicana, una épica

A la obra inicial, Los de abajo, le siguen otras basadas en la realidad inmediata.

Merced a la Revolución Mexicana, el país sufrió cambios políticos y económicos. En literatura, música y pintura dejó huellas profundas de su intensidad. Carlos Chávez, Silvestre Revueltas y Pablo Moncayo plasman musicalmente la transformación nacional. En pintura, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros le dan al país prestigio internacional y exaltan los valores revolucionarios. En literatura, los nombres de Mariano Azuela, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, Rafael F. Muñoz, Mauricio Magdaleno, Gregorio López y Fuentes y Francisco L. Urquizo le conceden una fisonomía distinta a las letras nacionales. Si a finales del siglo XIX e inicios del XX prevalecía el espíritu afrancesado, con el movimiento armado de inmediato comienzan las repercusiones culturales. Los mexicanos dejan de ver como modelo al continente europeo y comienzan la búsqueda de temas y tratamientos mexicanos. Muy pronto arranca la literatura de la Revolución con Los de abajo (1915), de Mariano Azuela. Obra fundamental que supera los valores del siglo XIX: es una propuesta con características nacionales. Su personaje principal, Demetrio Macías, quedará dentro de la literatura mexicana como una metáfora del futuro fracaso del movimiento, de su parálisis y muerte: “Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil...”. El ciclo parece cerrarse cuando surgen no sólo las parodias como la de Jorge Ibargüengoitia, Los relámpagos de agosto, sino también las críticas a los resultados del movimiento revolucionario de 1910, ya en manos de una burguesía ávida de riquezas y con un partido dictatorial: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes.
A la novela inicial, Los de abajo, obra de gran empuje, le siguen otras basadas en la realidad inmediata. Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz y José Vasconcelos escriben obras memorables. Los narradores son protagonistas, hombres y mujeres que participan del movimiento armado. Son, pues, autobiográficas. Para estudiar la literatura de la Revolución Mexicana debemos acudir a la edición de Aguilar La novela de la Revolución Mexicana, en dos volúmenes, realizada por Antonio Castro Leal, y seguramente continuar con Los protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, de Emmanuel Carballo, independientemente de hurgar en otras fuentes. Castro Leal es quien primero estudia, agrupa y ordena a los autores de la Revolución. Lo hace de forma que no haya equívocos: en principio están aquellos que fueron testigos directos, quienes, como Azuela, médico de las tropas villistas, y Martín Luis Guzmán cercano a Villa, toman las escenas y los personajes de primera mano. Ellos son parte del movimiento armado, igual que José Vasconcelos, quien narra en libros formidables, como elUlises criollo, su propia memoria de los días de la soberbia gesta revolucionaria.
No es un arte nacido de forma espontánea. “La novela de la Revolución —explica José Luis Martínez— tuvo sus antecedentes en algunas obras aparecidas a fines del siglo XIX o a principios del actual. Se incluyen al respecto La bola (1887), de Emilio Rabasa; Tomóchic (1892), de Heriberto Frías; La parcela (1898), de José López Portillo y Rojas, y una pieza de teatro de Federico Gamboa, La venganza de la gleba (1905). Pero si tales son las obras precursoras, otras muy curiosas fueron, además de la base histórica, las causas de la aparición del género. Mariano Azuela había publicado desde 1915 su novela Los de abajo en un oscuro folletón de El Paso, Texas, y nadie había advertido con suficiente publicidad su significación y su importancia hasta que en 1924 y en el curso de una polémica relacionada con el asunto, Francisco Monterde, notable hombre de letras, señaló la existencia de aquella obra que recurría por primera vez al tema de la Revolución. Años más tarde, interesados nuestros novelistas en la veta tan rica que se les proponía, comenzaron a publicar, casi ininterrumpidamente desde 1928 hasta una década más tarde, una abundante serie de obras narrativas a las que vino a denominarse ‘novelas de la Revolución’”.
Entre mis primeras lecturas estuvieron multitud de novelas y cuentos cuyo tema era la Revolución. Imposible olvidar la emoción que me produjeron. Curiosamente, a los dos momentos de la novela revolucionaria, hoy le sigue un tercero con libros como Gringo viejo, del mismo Fuentes y El rey viejo, de Fernando Benítez. La gesta en literatura es inagotable, aunque haya sido fulminada en 1968. Acaso antes.

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